Cuadro de Zurbarán en el que aparece representado Fernando Girón, gobernador de Cádiz, dando instrucciones a sus subordinados para organizar la defensa de la ciudad, amenazada por la escuadra inglesa que aparece al fondo, en 1625
Cuadro de Zurbarán en el que aparece representado Fernando Girón, gobernador de Cádiz, dando instrucciones a sus subordinados para organizar la defensa de la ciudad, amenazada por la escuadra inglesa que aparece al fondo, en 1625 - MUSEO DEL PRADO

¿El abuso de alcohol fue la causa de la humillante derrota de Inglaterra al intentar invadir Cádiz?

Cuando la invencible armada británica se lanzó a la conquista de la bahía en 1625, la desorganización, el caos y la falta de un mando competente provocaron una de los desastres más grandes de la historia naval de Gran Bretaña

MadridActualizado:

Cuando el vizconde de Wimbledon, Edward Cecil, partió hacia Cádiz desde los puertos de Plymouth y Falmouth, en Gran Bretaña, durante la primera semana de octubre de 1625, estaba convencido de que la ciudad andaluza sucumbiría rápidamente con su ataque por sorpresa y le daría el control del estrecho de Gibraltar. Ya lo había visto en 1587 con el corsario Francis Drake, que hundió en la bahía a sesenta naves españolas y capturó otras cuatro llenas de provisiones, y en 1596, cuando el almirante Charles Howard tomó la ciudad con 150 embarcaciones y 15.000 hombres a bordo. Él no iba a ser menos…

La armada al mando de Cecil zarpó de Inglaterra con 90 barcos, de los cuales 30 eran navíos de guerra y el resto transportaban a las tropas para el asalto a tierra: 8.000 británicos y 2.000 veteranos holandeses procedentes de Flandes. Pero los problemas que llevaron al fracaso a Inglaterra frente a la armada española empezaron antes, incluso, de que estas llegaran a las costas de Cádiz, a causa de la rápida e improvisada preparación del viaje. Así lo cuenta el escritor e historiador Víctor San Juan en su último libro, «Veintidós derrotas navales de los británicos», que acaba de reeditar Renacimiento, en el que recoge este episodio y otros de la supuestamente todopoderosa Royal Navy.

Como confesaba el comandante del navío Saint George –una de las mejores unidades de la flota británica, con 44 cañones y 900 toneladas–, muchos de sus aparejos e instrumentos, incluidas las velas, eran de segunda o tercera mano. Además, el apresurado reclutamiento de marineros solo pudo garantizar unas dotaciones mediocres. La carne de las barricas estaba podrida y apenas se cargó agua para el consumo de las tropas, así como velas de sebo para alumbrarse en la oscuridad. Debido a todo esto, el buque tuvo unas 150 bajas, de las cuales un tercio fueron muertos, antes de entrar en combate.

Y por si no fuera suficiente, cuatro días después de partir desde Plymouth y Falmouth, a los ingleses les alcanzó un fuerte temporal que provocó la dispersión de sus barcos en el océano. Eso les obligó a congregarse en el cabo de San Vicente el 17 de octubre de 1625. Y allí tuvieron que esperar hasta que llegaran los últimos navíos perdidos el día 20, para celebrar las pertinentes reuniones y fijar el 22 de octubre como fecha definitiva para realizar el que creían que sería un ataque devastador sobre la bahía de Cádiz.

España, frente al mundo

Carlos I de Inglaterra –que había comenzado su reinado tan solo siete meses antes, rompiendo el breve periodo de paz que había instaurado su padre, Jacobo I– estaba convencido de que no había momento más propicio que aquella operación contra España. La razón: a comienzos de 1625, el reino de Felipe IV y el conde-duque de Olivares combatían prácticamente en todos los frentes con sus soldados, tercios, galeones y marinos. En Flandes, contra el peligro protestante; en Francia, por la conquista de los territorios italianos; en África, por la contención de los piratas sarracenos de Salé, y en Brasil y Puerto Rico, persiguiendo a los holandeses. A estos objetivos se sumó ahora la defensa de Cádiz, frente a unos británicos ansiosos de arrebatarles uno de los enclaves geográficos más importantes del mundo, el Estrecho, punto de unión entre el Atlántico y el Mediterráneo y puerto principal de todos las rutas marítimas que surcaban este último.

La esperanza de los ingleses era, pues, que la formidable armada con la que contaba España en aquel momento estuviera dispersa por los diferentes frentes. No fueron conscientes de que, durante los días que habían perdido reagrupándose por el temporal, al gobernador de Cádiz, Fernando Girón, le había dado tiempo a preparar un poco la defensa. En ese momento, contaban con solo siete galeras entre Sancti Petri y el Puerto de Santa María y otros 14 galeones de Fadrique de Toledo en los caños de La Carraca, recién llegado de Brasil con un millón de libras en sus bodegas.

Sin embargo, cuando apareció la flota enemiga por el horizonte, los gaditanos la tomaron al principio por la de las Indias, a la que esperaban. Así, una dotación de 25 naos gruesas guiadas por Robert Devereux, conde de Essex, cuyo padre había sido el artífice del ataque a Cádiz de 1596, entró en el puerto de la ciudad sin apenas resistencia. Tanto él como Edward Cecil –nombrado vizconde de Wimbledon justo antes de este ataque para destacarlo como líder sobre el resto de oficiales– quizá no fueran las personas idóneas para dirigir la operación. Habían sido elegidos por el duque de Buckingham entre sus amistades, sin tener en cuenta que ninguno de los dos tenía experiencia naval.

El asalto al cuartel general

Tras hacerse dueños de la bahía, desembarcaron 1.500 soldados británicos y avanzaron hacia el puente de Suazo, el mismo que une San Fernando con Puerto Real y el resto de la provincia. Sin embargo, no pudieron superar el acceso a la ciudad debido a la resistencia de las tropas españolas, a las que se unieron después las galeras que habían salido de Sancti Petri y la artillería concentrada en los diferentes fuertes.

Al mismo tiempo, se fue apoderando de los soldados ingleses las más absoluta indisciplina, permitida por dos jefes como Cecil y Devereux que no parecían ser muy enérgicos ni gozaban de mucho prestigio entre sus tropas. El caos llegó hasta el punto de que la mayoría de los soldados, desesperados, empezaron a beberse el alcohol que habían interceptado en los primeros saqueos como si no hubiera mañana, tal y como cuenta San Juan en su libro. Esa fue, quizá, la forma en que se desahogaron tras los días de temporal del viaje y ante la aparente desorganización en la que los marinos y tropas estaban sumidos. Tan borrachos estaban que terminaron asaltando su propio cuartel general para mostrar su descontento a los mandos. A partir de entonces, todo fue caos.

Según las críticas vertidas por un soldado inglés y recogidas en un documento impreso en Sevilla en 1625 –también publicado por Adolfo de Castro en su « Historia de Cádiz» (1858)–, a esta situación de ebriedad y hartazgo se llegó porque él y sus compañero de batalla venían desde Gran Bretaña, supuestamente, engañados y en malas condiciones: «La gente no viene pagada. Les han dado solo un corto socorro, un vestido y armas para salir. Tampoco saben para cuánto tiempo traen provisiones, aunque ha oído decir que para tres meses [...]. Y dice que en Inglaterra, ni en todo el viaje, los soldado supieron a dónde iban, hasta que entraron en la bahía de Cádiz».

«Cien fanegas de pan»

Con este panorama, el mismo documento también se refería al desarrollo de la batalla, cada vez más favorable a los españoles: «A esta hora, Cádiz estaba muy falta de gente, pero el duque de Fernandina avisó a don Fernando Girón, que aquella misma noche metió en la ciudad a 700 hombres de las galeras, de los cuales 400 lo hicieron por tierra y otros 300 por la Bahía. Estos últimos desembarcaron en la caleta de Santa Catalina sin que el enemigo pudiese estorbar. Este mismo día entraron en Cádiz algunos caballeros, gente de Chiclana y de otras partes, por lo que la ciudad se animó. Los socorros de Religiones y particulares fueron muchos, particularmente de la Santa Iglesia de Sevilla, que dio cien fanegas de pan amasado cada día. Y el Consulado, con treinta mil ducados y una gran cantidad de bizcochos».

Los ingleses fueron poco a poco perdiendo la esperanza en su ataque, aunque siguieran intentando hacerse con Cádiz. Así lo detallaba el mismo testimonio contemporáneo: «El mismo domingo 2 de noviembre llegó al puente el corregidor de Jerez con su gente, que envió a Cádiz una parte de esta. Ese mismo día entraron de Medina Sidonia más de 1.500 hombres y de Vejer otra buena cantidad, por lo que al llegar la noche había en Cádiz más de 1.400 hombres. Por la tarde, el enemigo empezó a echar alguna gente a tierra, a media legua de la ciudad [...]. El lunes 3 entraron de Sanlúcar algunos barcos de trigo y muchas mujeres de Cádiz se fueron a Chiclana, Rota y otras partes. El mismo día, al ponerse el sol, vieron dirigirse hacia la isla de San Fernando a 1.500 ingleses y se temió que iban a quemar o derramar el vino de las haciendas. El martes 4 al amanecer, vieron a otro ejército de más de 3.000 hombres retirándose tarde hacía sus trincheras».

El Ejército español y el pueblo gaditano vio como sus posibilidades de expulsar a las huestes de Carlos I aumentaban día a día entre los excesos de los británicos y la falta de un mando con experiencia que les hiciera entrar en cintura. La situación llegó hasta el punto de que los británicos se negaron a iniciar el sitio de la ciudad, bajo el pretexto de que, entre otros factores, no sabían cómo contrarrestar el fuego de las galeras. A Cecil y Devereux no les quedó otra que conformarse con asaltar y saquear la flota de Indias que los gaditanos llevaban días esperando e iniciar, finalmente, la huida.

La huida

El reembarco se inició el día 5 de noviembre, un mes después de que los ingleses zarparan de Plymouth y Falmouth. Aprovecharon para arrasar con todo lo que se encontraron a su paso en los alrededores de Puntales, el únicos barrio gaditano que fueron capaces de conquistar. Pero el gobernador de Cádiz no se quedó quieto ante esta tropelía desesperada y salió de su refugio para encabezar las huestes y acometer al enemigo con todas las fuerzas que le quedaban. Un movimiento lo suficientemente intimidatorio como para acelerar la expulsión del invasor.

Al marcharse, se dejaron en Cádiz los víveres y los equipajes. Al pasar por la bahía con la cabeza baja, los humillados ingleses se cruzaron con varias naos mercantes contra las que ni siquiera se ordenaron atacar. Tuvieron que ir a San Vicente y permanecer allí durante 17 días para intentar proveerse de agua y alimentos. Y cuando por fin emprendieron el regreso a casa, fueron sorprendidos por otro temporal a la altura de las islas Sorlingas, en las que perdieron dos transportes con cuatro compañías de soldados a bordo. En esta desgraciada misión perdieron también cinco barcos ingleses y siete holandeses, teniendo finalmente que abandonar el bloqueo. Finalmente, de los 42 barcos que regresaron a los puertos británicos, solo ocho lo hicieron en condiciones de volver a navegar.

«El desastre fue absoluto, pues, fue completo, y no precisamente por lo difícil que lo puso el defensor, sino por la absoluta ineptitud y pusilanimidad de la flota invasora», defiende San Juan en «Veintidós derrotas navales de los británicos». Y añade: «Resulta fácil decir que se ha hecho todo lo posible, pero es difícil justificar que, no habiendo puesto el adversario apenas resistencia, en un puerto tradicionalmente abordable y mal defendido, y con una flota de Indias prácticamente indefensa y a punto de aparecer, no se ha hecho otra cosa que el difícil y costoso regreso a casa con las manos vacías y las calas de los buques llenas de famélicos enfermos. Cádiz en 1625 nos demuestra que los ingleses también han cocido habas e incurrido en graves equivocaciones a la hora de preparar una gran expedición. Por desgracia para ellos, no sería la última».