Recepción de embajadores de Bizancio en Medina Azahara, recibidos por Abderramán III (Dionisio Baixeras)
Recepción de embajadores de Bizancio en Medina Azahara, recibidos por Abderramán III (Dionisio Baixeras)

Abderramán III, el califa que enfurece a Vox: ¿héroe unificador o villano usurpador?

El nuevo equipo de gobierno de Cadrete (Zaragoza) ha retirado a petición de Vox un busto de Abderramán III de las calles del municipio

Vox argumenta esta decisión diciendo que es «un ejemplo histórico de desigualdad». «Queremos un pueblo unido, y pensamos que en la plaza deben colocarse símbolos con los que todos los vecinos nos sintamos identificados»

El califa omeya mandó construir el castillo de Cadrete para controlar el asedio a la ciudad en el año 935

MadridActualizado:

Abderramán III ha vuelto a la actualidad 1058 años después para convertirse en el centro del debate político. El nuevo equipo de gobierno de Cadrete (Zaragoza) ha retirado su estatua de la plaza principal de la localidad. El Ayuntamiento, gobernado en coalición por PP, Cs y Vox, asegura que «representaba una desigualdad histórica, porque existen otras muchas personalidades que forman parte de los orígenes del municipio y ninguna tiene un busto en la plaza». Una decisión que ha causado un gran revuelo mediático y ha puesto en duda quién era realmente esta figura y si contribuyó o no a agrandar la historia de España.

Este personaje histórico fue el último emir independiente (912-929) y el primer califa andalusí (929-961), responsable de la Constitución del Califato de Córdoba. Bajo su mandato, al-Ándalus alcanzó su máximo esplendor a nivel territorial y cultural, especialmente con la construcción de la ciudad palatina de Medina Azahara, declarada Patrimonio de la Humanidad en 2018.

Pese a pertenecer a una dinastía de origen árabe, Abderramán III no compartía los rasgos de sus descendientes, pues era un hombre de tez blanca y ojos azules. El motivo de esta peculiaridad es que su madre era una esclava concubina de origen cristiano y su abuela paterna era Oneca (hija del pamplonés Fortún Garcés), quien se había casado con un familiar de la dinastía Omeya. De esta manera, el califa también contaba con unos orígenes vascones.

Cuando heredó el titulo emiral, en el año 912, se encontró un al-Ándalus muy heterogéneo y al borde de la ruina. Sin embargo, en pocos años lo convirtió en uno de los estados más poderosos de Occidente. Sus dominios llegarían a expandirse a ambos lados del estrecho de Gibraltar.

Abderramán III consiguió el poder con tan solo 19 años y sin ninguna experiencia militar. Fue nombrado emir por su abuelo Abd Allah y su sucesión vino a romper la práctica hereditaria de padres a hijos que los Omeya respaldaban desde sus inicios en la Península. La razón de todo ello parece residir en el paralelismo que el emir estableció entre su nieto y Abderramán I (fundador de la dinastía en al-Ándalus), para transmitir que el nuevo Abderramán (III) refundaría la dinastía Omeya y aseguraría su supervivencia frente a la amenazadora situación por la que estaba pasando.

La reunificación de al-Ándalus

Cuando el joven Abderramán III subió al trono, el territorio andalusí se encontraba considerablemente reducido por las rebeliones árabes, muladíes y bereberes que habían logrado hacerse con el control de amplias zonas. Esta situación representaba una seria amenaza política, militar y religiosa para el emirato, sobre todo con la presión del califato fatimí en el norte de África. De esta manera, la primera medida que tomó como emir fue recuperar el terreno perdido en al-Ándalus.

Abderramán III al mando de su ejército
Abderramán III al mando de su ejército

Las primeras campañas fueron todo un éxito, al consagrar la victoria definitiva del poder cordobés sobre las zonas rebeldes que habían marcado la inestabilidad del emirato en los últimos decenios. Se recuperó el control de Málaga, Granada, Priego, Jaen, Pechina (Almería), Valencia, Tudimir o Niebla. Esto le permitió, además, conquistar numerosas fortalezas y nombrar gobernadores que le fuesen leales para atestiguar su sumisión al poder de Córdoba. Más complicado fue hacerse con el foco de rebelión de Bobastro, que se resistía a caer bajo el poder de los Omeya. Esta zona había sido la fortaleza del poder muladí desde el año 880, cuando Omar Ben Hafsun estableció sus dominios y se sublevó contra el emirato cordobés. Finalmente, tras sucesivas campañas, Abderramán III consiguió derribar la amenaza muladí en enero de 928.

Al mismo tiempo que se ocupaba de los asuntos internos, Abderramán III se vio obligado a ponerse al mando del ejército para recuperar las plazas perdidas por los reinos cristianos de León y de Pamplona, los cuales se habían aprovechado de la inestabilidad inicial del emirato.

La consolidación del califato

Con buena parte de al-Ándalus sometido, y tras las exitosas victorias hechas a los cristianos, Abderramán III dio un paso más, a fin de consolidar su posición. El emir se proclamó «Príncipe de los Creyentes» y adoptó el título califal de «al-Nasir li-din Allah» (el que trae la victoria a la religión de Dios). Hasta ese momento, los emires omeyas no se habían atrevido a denominarse como sus antepasados de Damasco.

Si Abderramán III lo hizo fue porque logró el control de la mayor parte del territorio andalusí, que era un triunfo similar al logrado por su antepasado Abderramán I. Pero, sobre todo, se trató de un movimiento defensivo ante el peligro fatimí del norte de África y una forma de asentar una autoridad todavía cuestionada por muchos del interior. A partir de entonces trataría de centralizar su poder en todos los focos peninsulares de al-Ándalus para evitar una nueva inestabilidad.

Su proclamación como califa no caló entre los rebeldes, aún más recelosos por la intensificación del poder central de Córdoba

Sin embargo, la proclamación del califato no impresionó demasiado a los rebeldes, ya que ese mismo año hubo de emprender una nueva ofensiva contra la Marca Inferior (zona administrativa y militar del oeste de al-Ándalus que ocupaba la actual comunidad de Extremadura y parte de Portugal). Por suerte, consiguió extenderse durante los siguientes dos años por la parte occidental de al-Ándalus, tras las conquistas de Mérida, Santarén, Beja y Badajoz. Hacia el año 930 logró la presencia de gobernadores omeya en Calatrava, Madrid y Talavera. Al final consiguió la rendición de Toledo en 932, pese al largo y duro asedio de la ciudad.

A continuación, Abderramán III se concentró en la Frontera Superior (zona al nordeste de al-Ándalus, en el valle del Ebro). No obstante, la suerte volvía a correr en su contra). Al parecer, su proclamación como califa seguía sin calar entre los sublevados, aún más recelosos por la intensificación del poder central de Córdoba. De esta manera, los árabes Tuybíes de Zaragoza se rebelaron al mostrarse cada vez más independientes del califato, especialmente cuando Abderramán III les pidió participar en la Campaña de Osma contra los cristianos, en 934, y se negaron en rotundo.

Para controlar este desastre, el califa dirigió una campaña contra Zaragoza, poniendo bajo asedio la ciudad, que cayó tras ocho duros meses, el 21 de noviembre de 937. De aquí surge el castillo de Cadrete, que en su momento fue una fortaleza que el califa ordenó construir en las afueras de la urbe para acabar con la revuelta tuybíe.

El fracaso de Simancas

Una vez controlados los focos de rebelión musulmana, Abderramán III preparó, para el año 939, una campaña militar contra su principal enemigo: el rey cristiano Ramiro II de León. Esta fue bautizada como la «Campaña del Poder Supremo» y consistiría en atacar las fortalezas del Duero en el mismo corazón del Reino de leonés.

Tras la derrota de Simancas, Abderramán III ya no volvío a dirigir personalmente sus ejércitos en combate, y centró su atención en la construcción de Medina Azahara

El comienzo de la campaña fue favorable para el Califa, ya que se habían desbaratado las defensas cristianas al sur del Duero sin un coste significativo de perdidas, además de haber conseguido un buen botín. Sin embargo, al llegar a la altura de la localidad de Simancas, les esperaban las tropas de Ramiro II. Se sucedieron varios días de combates hasta que una emboscada cristiana consiguió la victoria sobre los musulmanes. El mismo califa temió por su vida.

Ramiro II (José María Rodrríguez Losada)
Ramiro II (José María Rodrríguez Losada)

La derrota de Simancas tuvo serias consecuencias para el califato. A partir de ese momento, Abderramán III ya no volvió a salir en expedición y decidió concentrarse en la construcción de Medina Azahara. Además, se limitó a imponer un control firme en las regiones fronterizas al sur del Sistema Central, dejando todo el norte libre para la posterior repoblación cristiana.

En el norte de África las cosas tampoco se desarrollarían mucho mejor. Aunque los omeyas ocuparon Tánger y Ceuta en 955, no llegaron a extenderse por el Magreb. La defensa fatimí solo le permitió ejercer el control a ambos lados del estrecho de Gibraltar.

Medina Azahara, «la ciudad brillante»

El califato de Abderramán III fue considerado como una época de unidad política y de esplendor cultural. El aumento de los ingresos, gracias a la fiscalización que estableció en al-Ándalus, permitió realizar obras de mejora urbana que la enriquecieron culturalmente. Pero fue, sin duda, la construcción de la ciudad palatina Medina Azahara, iniciada hacia 940, el fiel reflejo del desarrollo artístico de Córdoba.

La ciudad fue célebre en la época dada su belleza y ostentación de poder. Abderramán III escogió un lugar privilegiado en el valle del Guadalquivir y a los pies de Sierra Morena. De esta manera, la ciudad-palacio se consolidó como símbolo del poder de la dinastía de los Omeya, principal razón de su construcción. Tras la batalla de Simancas, el Califa trasladó su residencia allí, además de convertirla en el centro de decisiones políticas del Califato.

Puerta del Primer Ministro, perteneciente al conjunto arqueológico de Medina Azahara
Puerta del Primer Ministro, perteneciente al conjunto arqueológico de Medina Azahara