Leonor Tamayo - ABC / Vídeo: Cómo tener ocho hijos y vivir con sólo 2.000 euros
Leonor Tamayo

«Tener diez hijos ha hecho que las limitaciones humanas dejen de funcionar para nosotros»

Leonor Tamayo, autora de «Mi historia y once más», fue profesora de inglés, esta casada, es madre y, además, fiel defensora de los derechos humanos y de la promoción de la familia y la mujer

MadridActualizado:

«Como una gallina con sus polluelos», así define su día a día Leonor Tamayo, autora de «Mi historia y once más», donde habla de la vida de una mujer casada y madre de diez hijos —con edades de 16, 15, 14, 12, 11, 9, 8, 5, 4 y 5 meses—. Y, precisamente, al lado de todos ellos es donde se siente más feliz. Más plena. Más llena de vida. Dejó su trabajo como profesora de inglés en Secundaria para dedicarse, en exclusiva, a su familia.

Con motivo del lanzamiento de su libro, Tamayo charla con ABC sobre la valentía de tener tantos niños en un país con una de las menores tasas de natalidad del mundo. También cuenta cómo ha evolucionado la relación con su marido, afirmando que no volvería al amor de «recién casada».

¿Qué quería transmitir con este libro?

Que se trata de ser felices y que nuestros hijos lo sean. Organicemos nuestra vida para eso, tanto la vida familiar como la profesional. Rompamos los parámetros que haya que romper, dejemos de mirarnos en los demás, en lo que los demás hacen o en lo que se espera de nosotros. Que nos olvidemos de los estereotipos sociales y laborales. No hace falta tener una carrera profesional brillante, ni una casa de anuncio, ni un tipazo estupendo. Vayamos a la esencia, lo que de verdad nos hace felices, nos realiza y nos libera.

¿Qué le hizo dejar su profesión para dedicarse, en exclusiva, a su familia?

El punto de inflexión fue una situación laboral insostenible, un «mobbing maternal» en toda regla. No puedo decir que eligiese dejarlo; en realidad era lo yo que quería desde siempre. Me moría de pena al salir de casa y dejarme a mis bebés allí, pero iba un poco al «tran-tran» de lo que era lo normal hacer y no me planteaba otra cosa. Aunque lo que quería era quedarme en casa con mis bebés y no llegar tarde a recoger a los mayores al colegio, ni andar con prisas para dejarles por la mañana o tener que perderme una función porque no me dejaban faltar al trabajo.

Me gustaba mucho dar clase, lo pasaba en grande, lo hacía bien y por entonces creíamos que necesitábamos el sueldo. Ahora, disfruto mucho más, vivo tranquila y feliz, sin tensión, sin miedos ni estrés. Quitando gastos se puede quitar un sueldo, bueno, un sueldito, porque ya tenía media jornada y el salario de profesora tampoco es para tirar cohetes.

España es un país con una de las menores tasas de natalidad del mundo y, en cambio, usted es una «valiente» que tiene diez hijos. ¿Cómo llega a ocurrir eso?

Aunque parezca una tontería: de uno en uno. Cuando teníamos 3, nos pasaba como a tantos matrimonios, estábamos desbordados, no llegábamos a nada y todo se nos hacía un mundo. El nacimiento de la cuarta lo vivimos con sensación de que era la última: cuatro hijos era más que razonable y nos parecía que ya estaba todo hecho. Cuando nació Isabel, la quinta, nos dimos cuenta de que éramos unos privilegiados, habíamos recibido un quinto regalo, algo que pocas familias reciben. Y el sabernos privilegiados hizo que los esquemas racionales, los estándares o las limitaciones humanas dejasen de funcionar.

Y, en lo práctico, una vez pasado el caos que suponen los primeros meses de un bebé, cuando ya veíamos que estaba todo otra vez bajo control, entonces podía venir otro. Siempre nos quedaba mucho amor por dar. El tema económico, que siempre anda invadiéndolo todo, se va ajustando también, se va prescindiendo de cosas y queda lo básico.

Foto de todos juntos el verano pasado, el día que Carmen (la pequeña) llegó a casa
Foto de todos juntos el verano pasado, el día que Carmen (la pequeña) llegó a casa - ABC

Tiene seis niñas y cuatro niños. ¿Cómo es la educación que reciben? ¿Es igual para todos?

El hecho de que sean niños y niñas hace que la educación sea diferente, claro, porque los niños y las niñas son completamente diferentes. Igual que la manera de educar al de 4 años es completamente diferente que al de 16. La educación de cada uno es diferente porque cada uno tiene un carácter, unas virtudes y unos defectos diferentes y entonces la educación ha de serlo también. Aunque no siempre lo logramos porque la falta de tiempo y el mogollón hace que al final hagamos las cosas un poco «a bulto».

Si a lo que te refieres es si las niñas ponen la mesa mientras los chicos no hacen nada, no, claro, eso ya no pasa. Sí es cierto que algunas tareas (no todas, algunas son obligatorias y punto), se reparten en función de los gustos, los intereses y las habilidades de cada uno. Enseñamos a todos a coser botones y dobladillos, a planchar y a cocinar, a cambiar un enchufe o cargar la batería del coche, en fin, las cosas básicas para sobrevivir. Luego a cada cual le gustan y se le pueden encargar más unas cosas u otras.

Más allá del cuidado de sus hijos, ¿qué planes suele hacer con su marido —donde estén los dos solos—?

En el libro cuento que todos los días, cuando se acuestan los niños, preparo una cena más o menos chula, mientras él pone la mesa y enciende la chimenea, que le suele costar, y cenamos los dos solos, con velas, música de fondo y copita de vino. Y sí, lo seguimos haciendo, por supuesto. Cuando deja de hacer frío, damos paseos después de cenar y alguna que otra vez vemos una película.

Antes, cuando teníamos sólo 4 o 5 hijos, nos íbamos algún fin de semana a un hotel rural cerca de Madrid. Eso era cuando yo trabajaba... ¿Ves? Es uno de esos gastos que te decía que se quitan y listo, no pasa nada. Las cenas juntos en casa se han convertido en una rutina absolutamente vital para nosotros sin la que no podemos pasar. Cuando nos sentamos a cenar, invariablemente, alguno de los dos decimos: «Bueno, empieza el día…».

¿Cómo se hace para continuar «con la chispa» de la pareja tantos años y tantos hijos después?

Bueno, es que la chispa del principio no continúa, se ha convertido en una hoguera en toda regla. No es que se mantenga el amor del principio a lo largo de los años y los hijos, es que cambia, aumenta y mejora exponencialmente. ¡No volvería, ni loca, al amor de recién casada! Eso era una semillita que se ha convertido en un roble.

¿Cómo se hace? Amando. No hay otra receta: servicio, entrega, generosidad, humildad, respeto, ternura... Ponerte el último y poner al otro delante. Pedir perdón y aceptar las disculpas con la misma magnanimidad.

¿Por qué dice en su libro que las mujeres deben entregarse «en cuerpo y alma» a su marido?

Porque le queremos con locura, porque es lo que hemos elegido libremente sabiendo que implicaba también renuncia. Es quien nos complementa y nos ayuda a encontrar la felicidad, es la pieza clave en nuestra vida y el engranaje perfecto que hace funcionar la maquinaria en la familia y en la felicidad de nuestros hijos. Esa entrega es mutua. Y lo que no se da, se pierde. Que hay momentos malos y cosas que no nos gustan, claro que sí, pero las piedras son también parte del camino.

«Como una gallina con sus polluelos», ¿así se siente cuando tiene a los diez alrededor?

¡Sí! ¡Y me encanta! Mi marido dice que me gusta demasiado y que tengo que soltar amarras. No hay nada que me guste más que tenerles a todos alrededor, hacer planes juntos, lo que sea, pero todos. Me va a costar horrores que se hagan mayores del todo, pero de eso se trata. Al final los hijos son como un préstamo, algo así como que te los dejan una temporada para que les ayudes a dar forma a su propia vida.

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