Una niña, usando una tablet.
Una niña, usando una tablet.

Las pantallas alteran nuestra esencia como seres sociales

La especialista en Neuropsicología Clínica, Teresa Solís Bertrán de Lis, alerta del aislamiento y las dificultades de interacción de los menores debido al abuso de las pantallas

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En los últimos años se están disparando las horas que los niños pasan frente a las pantallas, pero también está bajando cada vez más la edad a la que empiezan a estar expuestos. Cuando nacen los bebés parece que todos tenemos claro que no les podemos hacer fotografías con flash porque la luz les daña los ojos, sin embargo, poco tiempo después los adultos empiezan a ponerles delante la pantalla del móvil, la tablet y otros aparatos electrónicos llenos de luces y sonidos, como si el componente dañino a nivel visual por arte de magia dejara de hacer efecto.

Pero la sobreestimulación visual no es lo que más preocupa de esta realidad a Teresa Solís Bertrán de Lis, pedagoga especialista en Neuropsicología Clínica y directora de Sinapsis, Tal como asegura, lo que más le preocupa (y cada vez más) es el aislamiento que están sufriendo los menores por el uso de pantallas. «Asistía perpleja a una escena en un supermercado en el que una madre llevaba sentado en la parte baja del carro de la compra, donde se coloca la leche, a su hijo de unos 8 años. Mientras ella, con gran dificultad, movía el carro de pasillo a pasillo llenándolo con la compra, iba sorteando los pies de su hijo que arrastraban por el suelo mientras estaba engullido por la pantalla del móvil. Él no levantaba la cabeza para nada, y la madre no miraba a su hijo para nada, cada uno en su mundo, la madre cargaba con el hijo cual caja de leche sin prestar menor atención más que para no caerse al tropezar con sus pies», relata la experta.

De igual manera, miles de padres comen tranquilos en un restaurante mientras los hijos ven los dibujos en el móvil; viajan en calma mientras los menores van absorbidos por la tablet colocada en el asiento de delante; esperan quietos su turno para el pediatra mientras juegan con el móvil y seguido cogen ellos el relevo mientras el pediatra hace la revisión de su hijo… y así, hasta el infinito.

Son interactivas, pero unidireccionales

Las pantallas, aunque a través de ellas nos comuniquemos con otros, a veces tristemente sentados frente a nosotros, son unidireccionales, por más que nos empeñemos en llamarlas interactivas. «Son unidireccionales porque no nos permiten ver, captar y entender al otro que tenemos delante, con quien pretendemos y debemos comunicarnos, con quien hemos de convivir y mantener una relación real, no virtual», aclara Teresa Solis.

En la clínica la experta asegura que ve a diario cómo cada vez más menores tienen dificultades de interacción social; cómo tienen problemas para entender que los demás también tienen necesidades; que sus actos afectan a los demás que, a su vez, también tienen sentimientos; que las personas que conviven con ellos también comunican y hay que escucharles. Los niños que viven con la pantalla enchufada desde que se levantan hasta que se acuestan, y por desgracia son muchos, tienen dificultades para comprender e interpretar la realidad social, entre otras cosas porque desde muy pequeños se les expone a dibujos que no entienden y que nadie les explica, dibujos en muchos casos estridentes, rapidísimos y cuyo lenguaje no es para nada cercano, comprensivo ni respetuoso.

A través de las pantallas van entrando en un mundo adulto que no es acompañado, reflexionado y explicado por un adulto responsable que educa al menor para que entienda la realidad que le rodea. De esta manera, los menores van construyendo una idea de cómo es la realidad en base a lo que interpretan de lo que parece que entienden en lo que consumen a través de las pantallas.

Pero es éste el modelo que los adultos les facilitamos y permitimos ver, por tanto, el modelo del que aprenden.

¿Saben tener en cuenta al otro?

Desde esta realidad, y desde este tipo de relaciones, los adultos exigimos a los menores que desarrollen lo que se llama teoría de la mente, o dicho de otra forma, tener en mente la mente del otro. Para que las interacciones sociales tengan éxito, hemos de ser capaces de tener en cuenta al otro con el que nos relacionamos, porque de no ser así, la relación fracasa. Sin embargo, a los menores de hoy en día, los adultos no les enseñamos a tener en mente al otro, no les enseñamos a escuchar, no les enseñamos a mirar, porque estamos todo el día conectados a la pantalla, obviando lo que a nuestro alrededor ocurre. Y si esto no se enseña, ni se practica en la interacción diaria, difícilmente se puede desarrollar.

Y con este panorama, teniendo en cuenta que uno de los rasgos principales que hacen sospechar de un diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista (TEA) es la dificultad en la interacción social por no saber tener en mente la mente del otro, «¿no cabe la posibilidad que el estrepitoso aumento de los diagnósticos de TEA pueda tener que ver con esta realidad? ¿No puede ser posible que los adultos estemos dificultando el correcto desarrollo de los niños? ¿No puede ser que en ocasiones estemos dando falsos diagnósticos por no atender a esta realidad social que altera nuestra esencia de seres sociales?», cuestiona Solís.

Sería interesante, tal como propone la pedagoga del centro Sinapsis, que los padres de los niños con dificultades de interacción social optaran por retirar las pantallas a sus hijos, instauraran hábitos diarios en los que la interacción cara a cara sea necesaria, en los que el contacto físico sea vehículo de comunicación, en los que construyan juntos escenarios de juego simbólico, en los que se sienten con calma a hablar del mundo que les rodea. Es curioso que justamente durante las Navidades pasadas los anuncios más virales nos hiciesen reflexionar que quizá debamos meter en una caja los móviles cuando nos reunamos con nuestros seres queridos. Por algo será…

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