FOTOS: DE SAN BERNARDO

El Rancho: chabolas con vistas al Pirulí

Una treintena de personas malvive en un núcleo marginal que no para de crecer. El Ayuntamiento busca viviendas dignas

MadridActualizado:

Decenas de perros, gatos, algún hurón y hasta una cerda vietnamita, «sarita», hacen compañía y mitigan las largas horas de soledad a sus dueños: una treintena de personas que malviven entre la chatarra que recogen para ganarse la vida, la basura que ellos generan y los escombros y enseres viejos que vierten sus vecinos.

Se trata de un poblado chabolista situado a menos de tres kilómetros de Torrespaña y su símbolo, el «Pirulí», separado tan solo por la M-30. Está en una hondonada en el Parque de la Cuña Verde de O’Donnell (Moratalaz), oculto de miradas indiscretas.

El PP ha instado al equipo de Gobierno de Ahora Madrid a que elimine este núcleo de favelas, situado entre la avenida del doctor García Tapia y la calle del Arroyo de la Media Legua, y a que evite que siga creciendo y se limpie y adecente la zona mientras. Así se aprobó en el pleno el pasado 4 de febrero. No obstante, el concejal del distrito, Pablo Carmona, tiene otros planes que adelantó antes de esa cita: prefiere buscar una solución habitacional, no en vano muchos de los residentes están empadronados.

Este asentamiento, bautizado como «El Rancho» por los lugareños más antiguos hace dos décadas –gitanos españoles– , atesora mucha historia a sus espaldas. Ha cambiado de siglo, de habitantes, de nacionalidades, pero la miseria sigue reluciendo entre los árboles y la hierba. Igual que las historias de sus moradores, ahora rumanos en su mayoría, que siguen trufadas de desgracias buscadas o encontradas.

«Aquí abajo hay dos grados menos que ahí arriba», explica María (nombre ficticio), de 48 años, natural de Rumanía que llegó a nuestro país hace 13 años. Conoció tiempos mejores ejerciendo su vocación de docente, pero hace un año que aterrizó en este núcleo marginal en donde convive con su compatriota Adrián (nombre falso), de 38 años, que se dedica a trabajar en el campo por temporadas cuando lo encuentra. «En la cereza, vendimiando, en la naranja, en la poda,.. cuando tengo faena salgo de aquí, cuando me quedo sin nada, vuelvo», relata. Él ha pasado ya cuatro años en este poblado, entre idas y venidas, por lo que es uno de los habitantes más antiguos. «Estamos en mitad de la nada, nos alumbramos con una linterna; nos calentamos con una bombona de butano y el agua la conseguimos aquí mismo», dice, señalando una tubería que mana sin cesar. En invierno la ponen a hervir para asearse y están ahorrando para comprar un generador, explican los dos.

Muestran sus humildes aposentos y enseres, ordenados y limpios, en los que no faltan los alimentos ya cocinados. «Muchos españoles no comen como nosotros», dicen orgullosos, tras asegurar que vinieron de su país por la falta de trabajo. «No pasamos miedo, tenemos al perro», explican, tras indicar que acuden a veces toxicómanos a pincharse y gente en coche a tirar colchones, sofás, muebles viejos, baldosas...

A varios metros de distancia está Constan, de 52 años. Barre el suelo de tierra dura y amontona la basura como si le fuera la vida en ello. Apenas lleva un mes compartiendo chamizo con un amigo. «Me he visto en la calle porque los 300 euros que cobro no me alcanzan; a mitad de mes tenía que pedir prestado», asevera. Limpio como la patena y de sonrisa fácil, su mirada es triste, como las peripecias que le ha traído hasta aquí. «Viví muy bien en Rumanía. Soy técnico electricista y me dedicaba a reparar todo tipo de aparatos hasta que llegaron los electrodomésticos baratos de Alemania y China y mi negocio se hundió». Recaló en España hace 8,5 años.

«Explotado y humillado»

«Fui engañado por un compatriota. Era invierno, nos iban a buscar temprano en una furgoneta, nos llevaba a Mataelpino, con más de 10 centímetros de nieve. Trabajamos de sol a sol, de 8 a 22 horas. Apenas nos pagaban y, encima, nos cobraba cien euros por dormir en fila en un piso de mala muerte», relata. Según sus cálculos, la cantidad que le adeuda su exjefe asciende a 35.000 euros. Cuando logró deshacerse de esa «esclavitud», vivió, literalmente, debajo de un puente; después, emigró a Barcelona, encontró un buen empleo, pero el paro le hizo vivir de la caridad de otro compatriota que se aprovechó de él y le echó a la calle. «Aquí soy libre y tengo salud», ironiza.

Una letrina y una ducha destacan en este mísero y triste paisaje. Pertenecen a un ingeniero rumano que vive con su pareja española, enferma de cáncer. Están a la espera de un piso.

A esta vaguada llegó hace tres años Vasile, de 52 «Aquí siempre he trabajado en negro tanto con rumanos como con españoles», relata. Nunca ha tenido papeles ni se ha preocupado por tramitarlos. El desempleo y su divorcio le dejaron sin nada. Ahora está empadronado «Nos dedicamos a la chatarra y al papel, que se paga mucho peor, aunque hay más», dice ,empujando un carro de supermercado lleno de microondas, sartenes viejas y hierros «No creo en la suerte. No necesitamos nada ni queremos que nos regalen nada, solo trabajo como millones de españoles, con eso lo tenemos todo», asegura, si bien dice sentirse cada vez más desilusionado. Los vecinos de la zona se quejan de la suciedad, pero son los primeros que arrojan desechos, afirman.

El único español del asentamiento se llama Felipe, de 54 años, que presume de tener más sillones que nadie. Lleva un lustro ahí. Un montículo de tierra divide este núcleo en dos partes. En la segunda vive un polaco, un búlgaro y más rumanos. Hay un puente en cuyo agujero se han acomodado varios. Un hombre sin camisa se lava la cabeza como si fuera verano. Sobre la pared hay otras favelas que apenas se ven, protegidas por el muro de tierra. Los residentes del barrio indican que expropiaron a los antiguos residentes del poblado, pero algunos terrenos no se los han pagado aún, por lo que el Parque de la Cuña Verde sigue sin acabar y el núcleo en pie.