Gonzalo Cañas repasa con el pincel uno de los autómatas
Gonzalo Cañas repasa con el pincel uno de los autómatas

El «arqueólogo teatral» con alma de feriante que resucitó el teatro de autómatas y lo legó a Madrid

Gonzalo Cañas persiguió la barraca durante quince años para comprarla, la recuperó con mimo y tras su muerte en 2012 la dejó en herencia al Ayuntamiento

MADRIDActualizado:

Desde que en 1978 el actor, productor y titiritero Gonzalo Cañas (Cuenca, 1937) vio en acción a los 37 personajes articulados del llamado teatro «Hollywood» en un pueblo de Almería, quedó completamente entregado. Aquel día trató, sin éxito, de convencer a su dueño, Antonio Simó, de que se lo vendiera. La negativa se hizo perenne durante quince largos años, durante los cuales Cañas estuvo persiguiendo aquel sueño hasta que se hizo realidad.

Un teatro de autómatas de 1920
Un teatro de autómatas de 1920 - ABC

«Cada Navidad le mandaba cartas a Simó para demostrar que seguía interesado en él», cuenta su compañero en el mundo del títere, Pepe Luna. Por fin, cuando el feriante murciano decide jubilarse y cedérselo, Cañas se sumerge durante meses en la restauración de aquellos androides, que se encontraban en un estado lamentable: la maquinaria tenía los ejes desgastados, los tirantes de cuero estaban todos reparados con alambres y cuerdas, la instalación eléctrica era de cordoncillo... Por eso, pidió consejo a su antiguo dueño, del que heredó las recomendaciones para mantenerlo a punto.

«Quería que no se convirtiera en un museo muerto, sino que siguiera siendo un instrumento de ilusión»

Su pasión por este nuevo arte que había redescubierto, le empujó a tratar de localizar a su constructor, el alicantino Antonio Plá. Gracias a él, Cañas resucita el concepto teatral de este género y lo aleja del concepto de atracción de feria. En 2001, el poeta y pintor del Bierzo, Juan Carlos Mestre, colabora en la restauración de los dioramas. Con la cara renovada, llevan la caravana por festivales de medio mundo: Polonia, Francia, Dinamarca,...

Cuando cae enfermo, se afana en buscar un futuro para su «joya», que durante los últimos años de su vida se había convertido en su «proyecto vital». «Con el fin de que se mantuviera en condiciones dignas y que el público pudiese seguir disfrutando de él, Gonzalo contacta con distintas administraciones para dejarlo en herencia: Granada, Segovia, ... y, finalmente, Madrid», relata Paz González, quien trabajó con Cañas durante dos décadas. En 2012, tras su muerte, lega al Ayuntamiento de la capital el Teatro de Autómatas con el propósito de que no se convierta en «un museo muerto», sino que siga siendo «un instrumento de ilusión».