James Hetfield, durante una actuación de Metallica
James Hetfield, durante una actuación de Metallica - EP

Metallica: rayos, truenos y mazazos metálicos en Barcelona

La banda reivindica con vigor su segunda juventud comercial en el Estadi Olímpic ante 52.000 personas

BarcelonaActualizado:

Allá por 2003, cuando Metallica se atrevieron por última vez con el Estadi Olìmpic, apenas 16.000 personas acudieron a la llamada de Cthulhu en lo que pasó a la historia como uno de los pintorescos intentos de resucitar el Doctor Music en formato de un sólo día y con todos los grupos apiñados en una esquina del recinto de Montjuïc. Anoche, en cambio, la cosa fue bastante más seria y 52.000 personas se entretenían haciendo la ola mientras AC/DC recordaban aquello de que it's a long way to the top if you wanna rock 'n' roll» ¿Largo? Para nada. Apenas un par de cuestas para subir a la cima de Barcelona y, una vez ahí, dejarse arrollar por una leyenda del rock duro que, a casi cuatro década de su nacimiento, sigue cabalgando el relámpago y celebrando a martillazos su segunda juventud.

La noche, tirando a gélida y desapacible, no acompañaba demasiado para una actuación al raso, pero nada de eso enfrió el ánimo de quienes casi llenaron el recinto barcelonés en la segunda visita de la banda a Barcelona en apenas quince meses. Tampoco Metallica se encogieron y, arropados por un escenario de dimensiones colosales, celebraron entre llamaradas, proyecciones de láser y un sonido a ratos indigno para tamaña superproducción ese inesperado renacer comercial que les ha brindado «Hardwired.. To Self-destruct», su último trabajo. Un disco que marcó el arranque de la noche cuando, después de la inexcusable introducción cortesía de Ennio Morricone y su «The Ecstasy Of Gold», los californianos se reencontraron con «Hardwired» con sus años mozos de trash espídico y mandíbulas apretadas.

El sonido que salía de escenario era aún poco más que un mazacote, pero ahí estaban James Hetfield, Lars Ulrich, Kirk Hammett y Robert Trujillo, exhibiendo músculo y arreando un primer mazazo que ríete tú de los de Thor. «The Memory Remains», con Marianne Faithfull emergiendo de las pantallas laterales, equilibró la furia inaugural y recordó aquellos tiempos en los que los de San Francisco, no contentos con su condición de reyes del metal, intentaron asaltar las grandes ligas del rock. Una maniobra que, después de todo, muy mal no les debió salir: ahí siguen, dos décadas después, inflándose noche tras noche como pavos reales eléctricos y, como dijo Hetfield, ampliando la familia Metallica a fuerza de alternar fibrosos viajes al pasado como los de «Ride The Lightning» y «The Thing That Should Not Be» con baladas de alto impacto comercial como «The Unforgiven» o detonaciones más recientes como «Here Comes Revenge».

Esta última, con el viento azotando de la lindo, sí que dejó al público un tanto frío y vino a confirmar que, por más que sea de lo mejorcito que han hecho en casi dos décadas, «Hardwired… To Self-destruct» queda aún muy lejos de sus álbumes clásicos. Ni siquiera hace falta teorizar demasiado al respecto: solo colocar, una junto a la otra, «Moth Into Flame» y «Sad But True» y medir el grado de entusiasmo y griterío del personal (ganó la segunda, claro). Y es que nada como un buen clásico para entrar en calor y enderezar una noche a la que, por momentos, hubo que echarle un poco de imaginación para descifrar un sonido muy maltratado por unas rachas de viento que lo mismo se llevaban por delante los solos de Hammett en «Fade To Black» que le restaban pegaba a «Frantic». Como en su anterior visita a la ciudad, Hammett y Trujillo sacaron de paseo a Peret y se atrevieron con «El muerto vivo» antes de rendir homenaje a Cliff Burton, primer bajista de la banda.

Con «One» volvieron las llamaradas, los fuegos artificiales y el aroma clásico de los Metallica más furiosos y contundentes. Así, mientras las pantallas reproducían imágenes de trincheras y soldados marchando al frente, el cuarteto engrasaba sus riffs tallados en granito y tomaba posiciones para hacer temblar todo el estadio y, ya puestos, también la montaña, con una volcánica y explosiva «Master Of Puppets». Primer gran KO de la noche y anticipo de lo que sería el gran aquelarre final, con «For Whom The Bell Tolls», «Creeping Death» y «Seek And Destroy» recordando aquellos tiempos, allá por los ochenta, en los que los discos de la banda californiana eran el equivalente musical a darse de cabezazos con un yunque. Delirio colectivo prolongado unos minutos más gracias a unos bises que, de «Lords Of Summer» -con la bandera no de Cataluña ni de España sino la de Barcelona proyectada en las pantallas del escenario- a «Enter Sandman» pasando por «Nothing Else Matters», dibujaron ese momento más o menos exacto en el que Metallica dieron ese gran salto comercial que, a pesar da los altibajos, andan aún apurando.