Ella ha ganado

Perdió y se ha ido dando una insólita lección de clase. Sólo ella y el presidente Rajoy han demostrado esta dignidad. Dos excepciones en una España demasiado desesperada por el cargo, lo que por supuesto tiene mucho que ver con el descrédito de la política

Salvador Sostres
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Perdió y se ha ido dando una insólita lección de clase. Sólo ella y el presidente Rajoy han demostrado esta dignidad. Dos excepciones en una España demasiado desesperada por el cargo, lo que por supuesto tiene mucho que ver con el descrédito de la política.

Soraya Sáenz de Santamaría ha sido una vicepresidenta dedicada y leal en los más oscuros años de nuestra democracia. En cualquier país normal, hasta sus más acérrimos detractores le agradecerían los servicios prestados. Pero el tam-tam tribal resuena entre nosotros con más fuerza de la que se espera en un país que se llama a sí mismo civilizado.

Tuvo siempre el Estado en la cabeza y se enfrentó con prudencia e inteligencia a desafíos tan graves como nuevos, de los que era imposible tener ninguna experiencia. La crisis económica de un lado, y del otro, el desafío secesionista en Cataluña. Como coordinadora y organizadora de la acción de gobierno le corresponde como mínimo una buena parte del mérito de haber resuelto los dos problemas.

Los insultos que ha tenido que aguantar de la histérica España del tam-tam no sólo no empañan sino que realzan su mérito. Sólo desde la maldad o desde la ignorancia puede no verse la abrumadora victoria del Estado en Cataluña y hasta qué punto no sólo el independentismo sino también el catalanismo político más elemental han sido desactivados y ya sólo les queda el folclore callejero de la Diada.

Quizá sería más exacto decir que la vicepresidenta no tuvo dos sino tres grandes desafíos. Además de la crisis económica felizmente superada -a la espera de que como casi siempre los socialistas vuelvan a arruinarnos- y de haber sofocado el golpe en Cataluña, ha tenido que torear a la España negra y retorcida que por una vez no ha logrado hundirnos en su miseria moral y en su desesperanza.

Nunca le ha gustado pavonearse y si alguna vez ha sido desagradable y dura con algunos de los suyos es porque no ha tenido más remedio. A fin de cuentas, la vicepresidencia del Gobierno no es un bar donde se va a hacer amigos.

Se va una señora que ha demostrado ser más trabajadora que muchos de sus compañeros de Gobierno y de partido, más inteligente que sus adversarios (por eso siempre les ha ganado), y con bastante más compasión, humanidad y estilo que sus odiadores, que tiran de España hacia el pozo de su historia trágica.

Salvador SostresSalvador SostresArticulista de OpiniónSalvador Sostres