La diputada de la CUP, Anna Gabriel, durante una charla en la Universidad de Pamplona
La diputada de la CUP, Anna Gabriel, durante una charla en la Universidad de Pamplona - EFE
Cataluña

El chantaje de la CUP pone Cataluña de nuevo al borde de otras elecciones

JpS confía en que un paquete de cesiones a los antisistema en la tramitación de los presupuestos apacigüe sus ansias de ruptura

Barcelona Actualizado: Guardar
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Como si hubiese entrado en un bucle, el fantasma de unas nuevas elecciones vuelve a recorrer Cataluña. La amenaza de dinamitar el pacto de estabilidad parlamentaria con Junts pel Sí anunciado por la CUP, que con diez diputados en el Parlament sigue marcando el ritmo y el tono de la política en la comunidad, ha vuelto a poner sobre la mesa la posibilidad de que Cataluña se adentre, a la vuelta del verano, en un nuevo ciclo electoral. Serían los terceros comicios autonómicos en cuatro años tras los adelantos de noviembre de 2012 y septiembre de 2015, todo un logro atribuible al proceso soberanista.

Si la legislatura ya se anunció corta, en una pretendida «desconexión» de España prevista en 18 meses –mes arriba mes abajo–, los plazos podrían incluso precipitarse, no los de la ruptura, obviamente, sino los de la disolución de la cámara ante la incapacidad de CDC y ERC de contar con el apoyo de la CUP, imprescindible para alcanzar la mayoría parlamentaria.

La radicalidad de los antisistema y su naturaleza asamblearia, la misma que estuvo a punto de conducir a unos nuevos comicios antes de fraguarse en el tiempo de descuento el acuerdo de investidura de enero, vuelve a conducir ahora a una situación de aparente bloqueo.

Incapaces

Según la «hoja de ruta» pactada entre CDC y ERC, en otoño de 2017 Cataluña debería estar en el trance de ser un nuevo estado. Creadas ya las estructuras de Estado, sobre ese periodo, y después de que el Parlament proclamase la independencia –una declaración sobre la que hay discrepancias en el soberanismo–, Cataluña convocaría elecciones constituyentes. La cámara resultante sería la encargada de redactar una Constitución, que luego se ratificaría en referéndum: nace la República catalana.

Eso sobre el papel, porque la realidad es que los partidos soberanistas son, por ahora, incapaces de fraguar una mayoría para aprobar los presupuestos, que la CUP reclama que sean el primer gesto real de «desobediencia» hacia el Estado. Su exigencia de avanzar de manera clara hacia la celebración de un referéndum unilateral de independencia vendría luego.

El desánimo cunde entre Junts pel Sí, de manera particular en CDC, cuyos sectores más moderados ven confirmados sus temores al constatar que con aliados como la CUP, no ya la independencia, sino la simple posibilidad de gobernar es un imposible. El escenario de unos comicios en otoño de este año, o en la primavera del próximo, se ve real.

La dificultad para aprobar una norma tan fundamental como la de los presupuestos se añade a la confusión en torno al propio proceso secesionista, lo que a su vez se solapa con el proceso de refundación de CDC y sus pésimas expectativas electorales. En este contexto, la figura del expresidente Artur Mas sigue siendo clave. Ayer mismo, el presidente de CDC añadía un nuevo elemento de distorsión, planteando la posibilidad de que al término de la actual legislatura se celebren otras elecciones catalanas en forma de «plebiscito puro», en las que se contarían solo los votos a favor o en contra de la independencia.

Otras «plebiscitarias»

En Catalunya Ràdio, Mas arremetió contra la propuesta de referéndum unilateral que piden los antisistema, planteando en cambio otros comicios en los que solo se contarían votos, como un «plebiscito puro». Si no hubiera más de un 50% de papeletas a favor se daría por perdido el referendo, asumió Mas, obviando que este tipo de recuento ya se hizo en las elecciones «plebiscitarias» de noviembre -empleando su propia terminología- donde los «síes» a la ruptura no llegaron a la mitad.

Mas, por otra parte, y en cuanto a la refundación de CDC, se mostró partidario de separar la figura del presidente de la Generalitat de la del partido –siguiendo el modelo tradicional empeleado por el PNV–, autodescartándose en cualquier caso para repetir como candidato para presidir un ejecutivo autonómico. A lo único que optaría, dejando de lado sus funciones en la CDC renacida, sería a presidir una hipotética república catalana, que es «a la única cosa» a la que no ha dicho que no, recordó.

Al margen del futuro de Mas y de la nueva república a la que aspira, lo más perentorio para el ejecutivo de Carles Puigdemont es aprobar las cuentas y evitar que la CUP haga descarrilar el «proceso» por su voluntad precisamente de aceleralo. En medio de CDC y la CUP, el consejero de Economía y vicepresidente de la Generalitat, Oriol Junqueras (ERC), trataba ayer de apaciguar los ánimos, asegurando para sorpresa de muchos que los anticapitalistas son un «socio absolutamente fiable», a la vez que descartaba un nuevo adelanto electoral en otoño.

Ayer en el Parlament se celebró la habitual reunión de coordinación entre JpS y la CUP, en la que ambos grupos evitaron entrar en el fondo de lo que la amenaza de los antisistema lanzada el domingo significa en realidad. En las próximas semanas, la tramitación parlamentaria de los presupuestos –donde la CUP aspira a introducir el aumento del IRPF a las rentas más altas, entre otras demandas– definirá el verdadero alcance de la ruptura.

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