La diputada de la CUP Anna Gabriel en el Congreso de los Diputados - INÉS BAUCELLS / Vídeo: Anna Gabriel se refugia en Suiza

Anna Gabriel (CUP) comparte grupo de Whatsapp con Otegui desde su «exilio» en Suiza

La exdiputada de la CUP se encuentra fuera del territorio nacional y sopesa no presentarse el miércoles ante el juez Llarena

BarcelonaActualizado:

Tal como ABC avanzó en exclusiva la semana pasada, y ayer reconocieron los demás periódicos, la exdiputada de la CUP Anna Gabriel se encuentra fuera del territorio nacional y sopesa no presentarse el miércoles ante el juez Llarena. Su periplo, que pasó por Venezuela y muy probablemente por Cuba –aunque este último destino no estaría plenamente confirmado– ha concluido por el momento en Suiza, desde donde la líder antisistema ha decidido dar señales de vida y ponerse en manos del abogado Olivier Peters, especialista en etarras -como también lo es el que se buscó Carles Puigdemont en Bélgica, Paul Bekaert.

La afinidad de Gabriel con el entorno etarra es antigua y legendaria. David Fernández, el primer candidato que la CUP presentó al Parlament, fue durante muchos años conocido bajo el apodo de «el chófer de ETA», porque aunque no tiene permiso de conducir, era el que se encargaba de acompañar y guiar a Arnaldo Otegui en sus viajes a Cataluña. Fernández era entonces el líder de la PUA (Plataforma d’Unitat d’Acció) un experimento de Batasuna por ver si podía franquiciarse lejos de las tierras vascas.

Un mecenas

En la actualidad, uno de los grupos de whatsapp más activos al que Anna Gabriel pertenece, lo comparte con Otegui, Pernando Barrena y, curiosamente, un empresario catalán, sionista y muy de derechas, que ha cuidado siempre de Gabriel y hasta le pagó la carrera. De modo que también Gabriel tiene sus contradicciones, sus secretos inconfesables y la parte que trata de esconder para que sólo brille la parte que le interesa. Todos somos así, de alguna manera, y lo que nos hace mejores que ella no es que no tengamos secretos sino que no andamos por ahí dando lecciones de pureza como si no los tuviéramos.

Por otra parte, pero en el mismo sentido, no es la primera vez que Anna Gabriel viaja de hurtadillas a Venezuela, ni la primera vez que trata de desmentirlo hasta que alguna evidencia la pone ante su mentira. La CUP nunca ha disimulado su simpatía por el chavismo, pero nunca ha querido escenificarla. Los que conocen el funcionamiento interno de los cuperos, y las circunstancias personales de Gabriel, entienden que «lleven lo de Venezuela discretamente, porque a nadie se le escapa que las campañas electorales, el día a día de la política y ahora los buenos abogados, cuestan mucho dinero». Es verdad, mucho dinero: basta ver el patrimonio que el principal abogado de Anna Gabriel, Benet Salellas, hijo del también abogado Sebastià Salellas, confesó en su declaración de bienes como diputado del Parlament.

El resistencialismo físico, los comités de defensa de la «república» y el martirologio que en general la CUP, y muy concretamente Anna Gabriel, han reclamado a las demás fuerzas políticas, y uno a uno a los catalanes independentistas, baja mucho su listón de exigencia cuando les corresponde a ellos encarnarlo. No se sabe, por el momento, si Gabriel se presentará el miércoles ante el juez Llarena, y nada le impide hasta entonces viajar donde le plazca. Pero también es cierto que tras tantas exigencias, y tantas soflamas, la CUP y Puigdemont tienen en común que el precio de la dignidad que tanto se atribuyen, son otros quienes lo pagan desde la cárcel.

Si viéramos la influencia, y el influjo, de Venezuela en la CUP, tal vez sus votantes se preguntarían si esto es lo que quieren para Cataluña; tal como si hubieran sabido que la valentía de los más aguerridos líderes consistiría finalmente en huir como las ratas, quizá se hubieran planteado si merecía la pena jugarse la cara, para que se la partieran, el 1 de octubre.