El primatólogo japonés Tetsuro Matsuzawa fotografiado en Madrid este martes
El primatólogo japonés Tetsuro Matsuzawa fotografiado en Madrid este martes - Isabel Permuy

Tetsuro Matsuzawa, primatólogo«Los chimpancés me han enseñado que no somos los mejores en todo»

El investigador japonés ha demostrado que estos simios tienen una memoria visual superior en un experimento que dura 40 años

MadridActualizado:

Un chimpancé de tres años se sienta delante de la pantalla de un ordenador, donde unos números del 1 al 9 distribuidos de forma aleatoria aparecen durante una fracción de segundo. El primate es capaz de recordar dónde estaban colocados en orden creciente. Los señala con su dedo en la pantalla vacía. ¡Y lo hace a una velocidad endiablada! ¿Cuánto ha tardado? No ha dado tiempo ni a pestañear. Gritos de admiración en la sala por las imágenes que se acaban de proyectar. Durante su conferencia en la Fundación Biodiversidad en Madrid, donde acudió ayer a presentar sus principales hallazgos, el primatólogo japonés Tetsuro Matsuzawa reta a los asistentes a intentarlo ellos mismos. Risas. Nadie es capaz. Los más avispados habrán podido situar dos o tres números como mucho. «Alucinante, ¿verdad? Lo intenté con mis estudiantes universitarios y el resultado fue 0%. No es cuestión de entrenamiento. Ellos nos ganan en esta tarea cognitiva», dice el investigador.

Ayumu mostrando sus habilidades
Ayumu mostrando sus habilidades - Cortesía de Tetsuro Matsuzawa

Ellos son los chimpancés con los que Matsuzawa trabaja desde hace cuatro décadas en el Instituto de Investigación de Primates de la Universidad de Kioto (Japón), unas instalaciones repletas de pasarelas a distintos niveles en las que los animales se mueven con libertad como si fuera su hábitat natural. Si quieren participan en los experimentos, entran en unas cabinas preparadas para tal efecto y lo hacen. Si no, se dedican a lo suyo. En ese entorno creció Ai («Amor» en japonés), la chimpancé que da nombre al proyecto de investigación. Llegó con un año al centro y ya ha pasado allí 42. Tuvo un hijo, Ayumu, otra de las estrellas en el laboratorio. Ha cumplido 19 años. «No los separamos, no es ético», dice el científico. La confianza con los simios es tan grande que puede inyectarles anestesia para una prueba sin que protesten ni intenten agredirle. Igualmente, se someten en silencio a una ecografía o un electroencefalograma como diligentes pacientes. Y eso sin calmantes.

-¿Qué es lo más relevante que ha aprendido de Ai durante todo este tiempo?

-Que los chimpancés son como nosotros. Cuando empecé en 1977 yo mismo los consideraba monos grandes y negros, pero esa percepción ha cambiado de manera muy importante.

Como nosotros, pero no iguales. A veces superiores. La extraordinaria memoria visual de estos ejemplares es una de las conclusiones más llamativas de las pruebas. «Es muy importante entender que esto es un hecho, no puede negarse -subraya Matsuzawa-, y la evidencia clarísima de que el ser humano no es el mejor en todo».

El investigador cree que también nuestros ancestros tuvieron esa increíble capacidad, pero la perdieron hace millones de años, cuando por alguna razón bajamos de los árboles y nos adentramos en la sabana. Esa pérdida nos hizo ganar algo mucho más importante para nuestra supervivencia: el lenguaje, «estrechamente unido al género Homo». Matsuzawa llama a esto «teoría de la compensación».

-Ouououououououuuuuu!

El primatólogo imita con una fidelidad asombrosa la llamada de un chimpancé en su medio natural. «Eso quiere decir hola -dice ante una divertida concurrencia-, ¿pero es realmente un lenguaje?

Una familia de chimpancés en Bossou
Una familia de chimpancés en Bossou - Cortesía de Tetsuro Matsuzawa

No exactamente. «Mucha gente cree que el lenguaje es solo un sistema de símbolos, de conceptos abstractos. No. Lo esencial del lenguaje es que sirve para compartir experiencias y conocimientos. Eso es algo que los chimpancés no hacen», explica. Otro vídeo ilustra muy bien este punto. Un hembra salvaje de Bossou, en Guinea Francesa, adonde Matsuzawa acude cada año para hacer trabajo de campo, utiliza dos piedras para abrir una nuez y comérsela. «Es una característica única de los individuos de Bossou, su cultura, igual que los japoneses comemos sashimi con palillos», señala. Pues bien, esta habilidad no es innata. Los jóvenes la aprenden alrededor de los tres años y medio, mirando a sus madres e intentándolo después por su cuenta. Los adultos toleran, pero no enseñan nada. Nosotros damos un montón de explicaciones a nuestros bebés para que aprendan a comer solos con cuchara.

La familia es la clave

Matsuzawa con Ai y Ayumu
Matsuzawa con Ai y Ayumu - Cortesía de Tetsuro Matsuzawa

Para el primatólogo, la clave de esas diferencias está en que el ser humano forma familias y los chimpancés no. «En África, en los grupos de 40, 50 o hasta 100 individuos no hay familias. Está muy clara la relación entre la madre y la cría, pero no sabes quién es el padre. Para evitar el incesto, las hembras jóvenes salen de los grupos y la base del mismo son los machos», describe. «El motivo es que nosotros necesitamos la ayuda de los demás para sobrevivir, ellos no. La madre chimpancé es muy fuerte, no le hace falta un ‘marido’, puede criar sola a su bebé», indica. Y recalca: «Compartir es lo que nos hace humanos. Es emocionante ver cómo un bebé ofrece comida a su madre o a un peluche».

Al mismo tiempo, podemos entender la mente de otros, fantasear, recrear el pasado e imaginar el futuro. «Lo pagamos con ansiedad y desesperación, algo que no tienen los chimpancés, pero esa imaginación también nos permite tener esperanza», puntualiza. Y eso vale más que cualquier memoria fotográfica. Ellos, dice, no lo harán nunca por mucho que evolucionen. «No hay Planeta de los Simios. Es ciencia ficción».