Fotografía de archivo del biólogo sueco Svante Pääbo, en 2012
Fotografía de archivo del biólogo sueco Svante Pääbo, en 2012 - EFE

El impulsor del campo del ADN antiguo

Carles Lalueza-Fox, investigador del Instituto de Biología Evolutiva, destaca el tesón y la visión del biólogo Svante Pääbo, impulsor de la paleogenómica y que ha recibido el Premio Princesa de Asturias de Investigación

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Conocí a Svante Pääbo durante mi estancia post-doctoral en Inglaterra, en el año 1997. Este investigador sueco, hijo ilegítimo de una relación del premio Nobel de medicina Sune Bergström con su madre, una refugiada de Estonia que trabajaba en su laboratorio, no supo quien era su padre hasta su juventud.

Su fascinación de pequeño por la egiptología le llevó a intentar recuperar ADN de restos antiguos, entre ellos de una momia egipcia, a finales de la década de los ochenta del siglo pasado. Cuando lo conocí, acababa de publicar en la revista Cell la primera recuperación de ADN de un neandertal, en un trabajo que representaba un punto de inflexión en los balbuceantes inicios del llamado campo del ADN antiguo, que pasaba de ser una anécdota experimental a un campo científico respetable.

Para mí -y diría que para la mayoría de investigadores- aquello representaba un salto cualitativo, y multiplicaba por mil la antigüedad de cualquier otro resto analizado con garantías. Al cabo de casi diez años, yo mismo publicaba, a partir de un resto del yacimiento asturiano de El Sidrón, la que era la novena secuencia neandertal, en el año 2005. Inmediatamente después de la publicación, Svante se puso en contacto conmigo y me invitó a dar una charla en el sitio donde trabaja, el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig, que ha sido durante mucho tiempo el referente mundial en el campo.

Eso fue el inicio de una colaboración científica y personal que se ha mantenido hasta el presente. En el año 2006, solo cinco años después del Genoma Humano, Svante se lanzó a dirigir lo que parecía un proyecto científico imposible, en parte porque todavía no existía la tecnología para llevarlo a cabo: la consecución de un genoma neandertal.

El proyecto, que culminó en el año 2010 y que mereció la portada de la revista Science, desveló no solo en que genes se diferenciaban los neandertales de los humanos modernos, sino que descubrió que ambas especies se habían cruzado, hacia unos 60.000 años.

Svante ha seguido empujando los límites del campo de la paleogenómica hasta conseguir el genoma de un hominino asiático hasta entonces desconocido y contemporáneo de los neandertales, los denisovanos, y datos genéticos de restos de Sima de los Huesos, en Atapuerca, que están datados en hace nada menos que 430.000 años.

Estos trabajos han representado una auténtica revolución conceptual en el estudio del ser humano y han mostrado que la evolución humana no fue un simple árbol ramificado, sino una compleja red de entrecruzamientos entre distintos linajes a medida que se iban encontrando. Sin su tesón, su visión de futuro y su dedicación absoluta a la ciencia, por encima incluso de cuestiones familiares y personales, no habríamos avanzado tanto en el conocimiento de nuestra historia evolutiva.

Carles Lalueza-Fox es investigador del Instituto de Biología Evolutiva, un centro mixto de la Universidad Pompeu Fabra y del CSIC