Uns globos juntio a un cartel que dice «Reza por Las Vegas», en la jornada de luto por la matanza
Uns globos juntio a un cartel que dice «Reza por Las Vegas», en la jornada de luto por la matanza - REUTERS

La vida fantasmal en Mesquite del asesino de Las Vegas

La existencia retirada de Stephen Paddock mantiene abierta la incógnita en torno al motivo de la matanza del domingo

ENVIADO ESPECIAL A LAS VEGASActualizado:

Stephen Paddock conocía a la perfección los 130 kilómetros que separan Las Vegas de Mesquite, la localidad al noreste de la ciudad del juego donde vivía el autor del tiroteo más sangriento de la historia de EE.UU. La autopista Norte 15 es un hilo de cemento y brea sobre el desierto de Nevada, un manto de pedregal, arbustos punzantes y colinas escarpadas. Paddock lo transitó en infinidad de ocasiones: para ir a Las Vegas a apostar, su gran afición; pero en las últimas semanas también para preparar la matanza que ha conmocionado a EE.UU., con 59 muertos y más de 500 heridos. Paddock ametralló a sangre fría, desde el piso 32 de un hotel, a las miles de personas que disfrutaban de un festival de música «country»

La carretera es tediosa, con rectas largas en las que el tiempo se suspende, atrapado por el paisaje ocre e inerte. Quizá la cabeza de Paddock se entretenía en repasar los detalles de una carnicería milimetrada: cuál será la habitación del hotel Mandalay Bay con mejor orientación sobre la masa de personas que acudiría al concierto; cómo colocar el trípode para las armas automáticas; cómo no levantar sospechas en el hotel; qué hacer cuando llegue la policía.

Desde el domingo por la noche, EE.UU. se pregunta sobre todo por qué lo hizo. Paddock no dejó pistas entre sus vecinos, devastados por la noticia. Mesquite es una localidad pequeña, de unos 15.000 habitantes, tranquila en la frontera con el aburrimiento. Es uno de eso suburbios donde los jubilados estadounidenses se retiran o vienen en invierno en búsqueda de su clima templado, sin la humedad de estados como Florida; una sucesión de barrios con casitas cuadradas, jardines de gravilla y cactus, caminos impolutos para pasear al perro, parches verdes de campos de golf y algún restaurante donde cenar en el fin de semana. «Esto es para jubilados y golf, golf, golf», dice Chuck, que todavía trata de asimilar la tragedia.

Así es: Mesquite es un retiro dorado para pegar unos palos por la mañana y tomar un vodka con jugo de arándanos sin sobresaltos. No un lugar donde descubrir que la casa de tu vecino era un polvorín con decenas de armas y munición y que planeaba usarlas contra una multitud.

Como casi cada mañana, el sol pega como un martillo en la residencia de Paddock, todavía con las cintas amarillas de la policía para impedir el paso. Eso y la puerta del garaje –destrozada por la policía, tirada en el suelo y sustituida por unas planchas de conglomerado– son lo único que la distingue de las casas de alrededor, al final de una calle sin salida en la parte más alta de Mesquite. Se respira una tranquilidad densa, incómoda. Hay un par de policías que vigilan que nadie trate de entrar en la casa. Cada poco, algún vecino pasa con el coche y reduce la velocidad para echar un vistazo a la casa y pensar una vez más ¿Cómo ha podido pasar esto entre nosotros?.

Quizá eso sea lo más chocante de Mesquite: en medio de esta balsa de tedio, un vecino se armaba hasta los dientes para ejecutar uno de los capítulos más negros de la historia de EE.UU. Casi todos los vecinos dicen que no sabían nada de él. «Nunca lo vi», asegura Kim, aunque concede que mucha gente aquí va «a lo suyo». «Paso por aquí todos los días con mis perros» cuenta John a pocos metros de la casa, «pero no le he conocido». Otros vecinos ni siquiera quieren dar su nombre e insisten en que era una persona muy reservada. Incluso un hombre al que solo le separa una casa de la de Paddock. «Francamente, no sé nada de él. Lo que te puedo decir es que me da un miedo de mil demonios», dice a través de su verja, sin ganas de hablar. «Todos aquí en la zona somos buenos amigos, menos él», añade antes de escabullirse puertas adentro. Tampoco la empleada de Correos, que llega con su camioneta para hacer el reparto, quiere problemas. «No sé quién es», dice a cincuenta metros de la puerta de la que salió Paddock hacia Las Vegas.

La existencia fantasmal del asesino múltiple es el relato que repite todo el mundo en Mesquite. También sus vecinos de al lado. No responden al timbre y han dejado una nota en su puerta, para ahuyentar preguntas: «No tenemos nada que ofrecer en relación a las acciones de nuestro vecino u opiniones sobre su comportamiento. No le conocíamos».

Una excepción es Chris. No solo porque es relativamente joven en un pueblo de jubilados. También porque él sí conoció a Paddock. «Hablé con él una vez en una reunión social», explica mientras se toma una cerveza en Wedgie’s, un bar tan grande como desolado, de esos que tienen las tragaperras incrustadas en la barra. «Parecía un tipo normal, como tú y como yo. No había nada en él que me hiciera pensar que podría hacer algo así. Si me dijeran que tú eras el asesino me hubiera sorprendido lo mismo» espeta embutido en una gorra. «No hables con el periodista», le corta un amigo, acodado en la misma barra, con una barba espesa y el antebrazo tatuado con «We the people», las palabras con las que arranca la constitución de EE.UU. Chris termina su cerveza de trago y se despide de la camarera, Charlotte, que tampoco vio nunca a Paddock: «Yo voy a lo mío, no meto las narices en los asuntos de los demás. La vida es así más fácil».