Imagen del atentado en Londres, en julio de 2005
Imagen del atentado en Londres, en julio de 2005 - REUTERS

Los tres últimos ataques fueron obra de musulmanes británicos

El reciente atentado prueba que el radicalismo anida entre los islamistas ingleses

CORRESPONSAL EN LONDRESActualizado:

En la misma noche del atentado, el jefe antiterrorista de Scotland Yard, Mark Rowley, tuvo el gesto de recordar el sufrimiento de la comunidad musulmana británica, que a esas horas estaría «inquieta ante posibles ataques de extrema derecha». El Consejo de Musulmanes Británicos (MCB) le agradeció ayer el gesto y su secretario general, Harun Khan, participó anoche en la vigilia de Trafalgar Square, «junto a miles de londinenses y muchos musulmanes», según destacó él mismo. El MCB publicó también dos comunicados de condena del atentado, «que no derrotará nuestro modo de vida». Además elogió a los policías y mostró solidaridad con las víctimas, por las que «rezaremos».

En la actualidad se reconoce oficialmente que viven en el Reino Unido tres millones de musulmanes, la mitad de ellos nacidos en el extranjero. La mayoría están perfectamente integrados. Pero ese hecho no puede ocultar otro que se ha convertido en una verdad incómoda en un país que tiene a gala la multiculturalidad: los guetos islámicos siguen siendo cantera de terroristas, lo que indica que el extremismo se sigue propalando a día de hoy en esos entornos.

Theresa May confirmó ayer que el atentado de Westminster está «inspirado por el terrorismo islámico». También se sabe que el terrorista, nacido en el Reino Unido, era un viejo conocido del MI5, interrogado años atrás por su conexión con círculos salafistas. Al igual que había ocurrido en los dos grandes atentados anteriores, las bombas de 2005 y el asesinato en plena calle del fusilero Lee Rigby en 2013, han sido ciudadanos británicos quienes han perpetrado el horror, en nombre de una interpretación fanática de su fe mahometana.

Radicalización

Los atentados suicidas de 7 de julio 2005 en un autobús de dos pisos y en varias líneas de metro, que costaron 52 vidas y las de los cuatro terroristas, fueron obra de jóvenes británicos, que habrían podido integrarse sin problemas. Tres de ellos eran hijos de padres paquistaníes y el cuarto, de padres cristianos nacidos en Jamaica. Varios de ellos incluso se habían graduado en la universidad, pero se radicalizaron en contacto con el imán Adbula el-Faisal, un jamaicano reconvertido al islam que predicó el odio en mezquitas de Londres impunemente desde 1993 a 2002, cuando fue condenado por fin a diez años de cárcel. El-Faisal se había formado en Arabia Saudí.

Mohamed Sidique Khan, terrorista suicida de 30 años, había nacido en Leeds, y estaba casado y tenía una hija. Poseía un grado universitario en Negocios y trabajaba en una escuela de primaria. Shehzad Tanweer, de 22, nacido en Bradford, trabajaba en un restaurante de fish and chips. Antes de radicalizarse había sido un gran deportista, graduado en Ciencias del Deporte. Hasib Hussain, de solo 18 años, era también de Leeds e hijo de inmigrantes pakistaníes. También completó el bachillerato. Germaine Lindsay, de 19 años, vivía en Buckinghamshire y había llegado al Reino Unido con solo cinco años, procedente de su Jamaica natal. Era instalador de alfombras y también vendía móviles de segunda mano. Su mujer estaba embarazada cuando se suicidó y tenía un hijo pequeño. La viuda se enroló después como terrorista en Somalia.

La historia se repitió en mayo de 2013, cuando Michael Adebolajo, de 29 años, y Michael Adebowale, de 28, ambos londinenses hijos de inmigrantes nigerianos, mataron la joven soldado Rigby en el Suroeste de la capital. Primero lo atropellaron y luego lo degollaron. Adebolajo era graduado en Sociología por la Universidad de Grenwinch, hijo de padres cristianos. Michael Adebowale había sido un chico tranquilo, al que le gustaba cocinar las recetas de Jamie Oliver, hasta que la visión radical del Corán se cruzó en su vida. Los dos fueron captados por el imán salafista Anjem Choudary, otro londinense, abogado de formación, que se convirtió en predicador del odio y campó impunemente por las mezquitas del este de Londres hasta que fue encarcelado el pasado verano. Llegó a elogiar a Al Qaida por el atentado del 11–S sin que se actuase contra él, debido al vacío legal y los complejos del buenismo multiculturalista.

El apodado Jihadi John, el verdugo de los vídeos más espeluznantes del Daesh, era otro joven londinense, hijo de un policía kuwaití. Su nombre real era Mohamed Emwazi y se había graduado en Informática en la Universidad de Westminster, un centro donde el proselitismo salafista estaba al orden del día. Se cree que más de 500 jóvenes musulmanes británicos se enrolaron en su día a combatir con el Daesh en Siria e Irak.

A pesar de las campañas gubernamentales contra el radicalismo islámico, queda mucho trabajo por hacer. Muchos musulmanes que viven en el Reino Unido son contrarios al terrorismo, pero también rechazan los valores de la democracia británica, unas libertades demasiado avanzadas para su gusto. Tras los atentados contra la revista «Charlie Hedbo» en París, en enero de 2015, una encuesta poco atendida de la cadena BBC reveló que el 27% de los musulmanes británicos sentían simpatía por el ataque contra la publicación, que consideraban «sacrílega».