Nareen Shammo el pasado mes de diciembre en la sede de Amnistía Internacional en Madrid
Nareen Shammo el pasado mes de diciembre en la sede de Amnistía Internacional en Madrid - AMNISTÍA INTERNACIONAL

Torturas y esclavitud sexual: el cruel destino de las mujeres yazidíes en manos de Daesh

La activista y periodista yazidí Nareen Shammo cuenta que «más de 4.000» miembros de la minoría étnico-religiosa permanecen secuestrados por el grupo terrorista

MADRIDActualizado:

Cuando Nareen Shammo (Irak, 1986) escucha hablar a las mujeres yazidíes que han logrado escapar de las garras de Daesh, no puede creer que todo lo que le cuentan sea cierto; más bien piensa que está viviendo una pesadilla. «Imagina que estás hablando con una niña de 12 años. Han matado a su padre y no sabe nada de su madre ni de sus hermanas… ¿Qué vida le espera? ¿Cómo se le puede ayudar? Esta gente está viviendo una vida muy difícil», explica la periodista a ABC. Los yazidíes —una minoría étnico-religiosa que vive entre Siria e Irak y a la que también pertenece Shammo— sufren las iras de un Daesh que divide sus familias, mata a sus hombres y a sus ancianas, adoctrina a sus niños para hacer la yihad y utiliza a sus mujeres como esclavas sexuales. Es de esperar que las historias que llegan hasta Shammo sean desgarradoras; muchas, incluso, se le quedan enquistadas en la memoria. «Todos los testimonios son horribles, pero hay uno que me ha impactado más que los demás. Terroristas de Daesh obligaron a una mujer yazidí a la que tenían secuestrada a leer el Corán. Como era analfabeta y no podía, la castigaron. Cortaron a su hija, una niña, en pedazos y obligaron a la madre a cocer los trozos en agua hirviendo. Me lo contó otra mujer que sí que consiguió escaparse», recuerda.

He conocido a mujeres que han sido vendidas y esclavizadas, he visto mucho sufrimiento… Me sentía en el compromiso de ayudarles.Nareen Shammo, periodista yazidí

Shammo decidió aprovechar sus conocimientos en Periodismo para denunciar la situación por la que pasa su pueblo, caído en desgracia. Su objetivo estaba claro. Investigar y grabar documentales, reflejar el genocidio de Daesh contra la vulnerable minoría yazidí. «He conocido a mujeres que han sido vendidas y esclavizadas, he visto mucho sufrimiento… Me sentía en el compromiso de ayudarles. Me olvidé de mí misma y dejé de pensar en las consecuencias, en lo que podía pasarme a mí», explica la activista, que, desde que grabó el documental «Slaves of the Caliphate» («Esclavas del Califato») para la cadena británica BBC, recibe amenazas de Daesh. Refugiada en Alemania, es ahora cuando ha empezado a tomar conciencia de los peligros a los que se enfrenta. «Antes no pensaba en mí para nada, solo me centraba en mi trabajo y en la gente. Pero ahora, después de recibir las amenazas de muerte, tengo más cuidado. Aunque sigo haciendo lo que quiero, tengo más cautela», cuenta la periodista en la sede madrileña de la ONG Amnisitía Internacional. Su mirada refleja cansancio. Los días de actividad frenética para dar a conocer el caso yazidí han hecho mella en su salud. Con la fiebre quemándole el cuerpo, aterrizó en Madrid en una visita relámpago, después de recorrer la geografía española en una gira meteórica.

Un avance muy lento

La periodista considera que el apoyo que recibe su comunidad, tanto dentro como fuera de su región, es insuficiente. Sin embargo, hay acontecimientos, salpicados, que hacen pensar que el mundo empieza a despertar y concienciarse de la situación de los yazidíes. Aunque muy poco a poco, la actividad de Shammo, como la de otras activistas, está dando sus frutos. El acoso al que está siendo sometido su pueblo es cada vez más visible. Ejemplo de ello es que el pasado 13 de diciembre Nadia Murad y Lamiya Aji Bashar, supervivientes yazidíes del cautiverio de Daesh, se hicieron con el Premio Sájarov 2016 a la Libertad de Conciencia, un galardón que concede el Parlamento Europeo. En su sede de Estrasburgo, las dos mujeres contaron su historia. Lamiya, de 18 años, fue vendida por Daesh hasta cuatro veces. Junto a otras dos esclavas —una amiga suya y una niña de nueve años—, consiguió escapar. En plena huida, su amiga pisó una mina terrestre que las mató a ella y a la pequeña y que desfiguró el rostro de Lamiya. Por su parte, Murad, a sus 21 años se ha convertido en la cara más conocida de la lucha de los yazidíes contra el autodenominado Estado Islámico. Violada y torturada por los yihadistas durante tres meses, perdió a seis de sus nueve hermanos y a su madre.

Nadia Murad y Lamiya Aji el pasado 13 de diciembre en la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo, donde recibieron el premio Sájarov 2016
Nadia Murad y Lamiya Aji el pasado 13 de diciembre en la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo, donde recibieron el premio Sájarov 2016- AFP

Desde 2014, año en que Daesh invadió Sinjar —región iraquí en que se concentra el grueso de los yazidíes— la vida de los miembros de esta comunidad se ha convertido en un infierno, sobre todo, la de las chicas jóvenes que, como Murad y Lamiya, son convertidas en esclavas sexuales. Muchas de ellas, al verse cautivas de Daesh y sin esperanza de recuperar sus vidas, intentan suicidarse. «Algunas se han cortado las venas, otras se han quemado vivas, otras se han lanzado al vacío desde edificios muy altos, otras han saltado desde un coche en marcha… algunas de ellas tenían ocho años y se han muerto al ser violadas varias veces, su cuerpo no lo podía resistir», relata Shammo. Yolanda Vega, responsable sobre Irak de Amnistía Internacional, recuerda el caso de una madre que fue capturada con sus hijos: «Las niñas fueron vendidas. Cuando terminó el secuestro y fueron liberadas, la más joven se suicidó. La hermana cuenta que a su propio trauma, causado por la muerte de sus familiares, se suma cuando llegó al hospital a ver a su hermana moribunda: no soportaba los recuerdos. Tenía 11 años cuando fue capturada, 13 cuando se mató».

Nareen Shammo en la sede de Amnistía Internacional en Madrid
Nareen Shammo en la sede de Amnistía Internacional en Madrid- AMNISTÍA INTERNACIONAL

En «Slaves of the Caliphate», Shammo habla con jóvenes que han logrado escapar de las garras de los terroristas. Según cuenta, lo que podría parecer una tarea casi imposible, no es tan complicado: «Habían sufrido mucho y, del “shock”, querían hablar sin saber lo que estaban diciendo. Hablar, hablar y hablar. Con cualquiera. No pueden creer lo que está pasando en su vida. Lo único que es común estas chicas es que no pueden aceptar su situación». Shammo también se pone en contacto con las familias de las chicas que aún están secuestradas, aunque muchas se muestran desesperanzadas. «Yo solía intentar dar esperanza a esas personas y les decía que la vida iba a ser mejor al día siguiente, que iba a salir el sol. Pero eso no quitaba que cuando llegaba a casa me pasase todo el tiempo llorando. Yo misma perdí toda la esperanza, me encontré sin motivación, sin fuerza», rememora con un tono de voz firme y la mirada gélida y profunda de quien ha sido testigo del sufrimiento humano. Ahora, tiene la vista puesta en el futuro: «Lo más importante ahora es pensar en las 4.000 personas que están capturadas por Daesh. Después de salvarlas, vamos a pensar en el futuro de los yazidíes, así como de otras minorías. Hay mucha necesidad de protección internacional».

Pasividad en la comunidad internacional

Como explica Vega al otro lado del teléfono, «las supervivientes presentan traumas a nivel psicológico porque los horrores que han vivido son tremendos: esclavitud sexual, torturas, separación de los hijos, muerte de la familia. Cuando son liberadas no tienen medios para superarlo». Muchas, viven en la indigencia, ya sea en campamentos o en las calles: a veces, las familias empeñan todo lo que tienen para pagar un rescate por ellas a los militantes de Daesh. Y luego no pueden acudir al médico ni recibir el tratamiento psicológico que necesitan. Para Shammo, ya era de esperar que nadie pudiese prevenir la masacre: «Al principio la comunidad europea e internacional ni siquiera sabía que existiéramos. No esperaba que pudieran evitar nada». Sin embargo, Vega asegura que ahora la situación es diferente; el problema ya se conoce, pero «no hay una respuesta en conjunto. En Alemania existe un programa para traer a más de 1.000 supervivientes. Pero es una respuesta puntual. Se necesitan más programas, más proyectos, una respuesta conjunta».

Daesh no podía atacar a la población civil, pero lo ha hecho. Ha atacado a las minorías de forma sistemática. Es un crimen de lexa humanidad.Yolanda Vega, responsable sobre Irak de Amnistía Internacional

Ambas coinciden en señalar la falta de respaldo por parte del Gobierno iraquí. Según Vega, «pone problemas burocráticos para conseguir papeles y viajar». Algo a lo que Shammo añade la ineficacia del Ejecutivo kurdo: «Son el que está más cerca de mi región, Sinjar. Pero han escurrido el bulto y han dejado que los yazidíes se enfrenten solos a su destino. Ahora tampoco están haciendo nada. Pueden contribuir a dar apoyo psicológico a las mujeres y tampoco lo están haciendo». La misma ausencia de apoyo achaca la periodista a la comunidad internacional. «Es una vergüenza que estén en silencio cuando hay mujeres que son vendidas, niños metidos en el mundo de las armas… en pleno siglo XXI. No se puede estar ciego cuando esas cosas están pasando», se lamenta quien, en 2014, pasó a ser miembro del grupo de trabajo de trabajo de Minorías de la ONU. Una organización que «ni hace promesas ni sabes cuándo funciona. No hay esperanza», declara tajante la activista.

Puesto que ya no se puede volver atrás y deshacer el daño causado, Vega aboga por que se investigue lo que ha pasado, que las autoridades iraquíes ratifiquen el Estatuto de Roma y declaren que la Corte Penal Internacional tiene competencia sobre la situación de Irak en relación con todos los crímenes que se han cometido en el conflicto. Además, «se exige que cuando hay un conflicto, se respeten las leyes. Daesh no podía atacar a la población civil, pero lo ha hecho. Ha atacado a las minorías de forma sistemática. Es un crimen de lexa humanidad que ellos justifican escudándose en que se trata de la interpretación de la sharia (ley islámica). Una forma de evitar que pase algo así en el futuro es que se rindan cuentas. Así, quizás, la próxima vez se lo piensen. La impunidad es el caldo de cultivo para que este tipo de violaciones vuelvan a surgir».