El presidente Trump y su esposa tras encender el Árbol Nacional de Navidad este jueves - EFE

Los senadores republicanos logran el acuerdo para la reforma fiscal

El nuevo plan supondría la primera gran victoria legislativa de Trump

CORRESPONSAL EN NUEVA YORKActualizado:

«Tenemos los votos», ha anunciado hoy el líder de la mayoría republicana en el Senado de EE.UU., Mitch McConnell, después de una reunión con sus compañeros de bancada y de semanas de intensas negociaciones sobre la reforma fiscal. A estas horas, no se había celebrado una votación sobre el texto definitivo -sobre el que hubo tiras y aflojas hasta el último minuto-, pero estaba claro que se produciría con signo favorable.

Se trata de la mayor reforma fiscal que vive EE.UU. en tres décadas, con un recorte agresivo de impuestos para las empresas, y de una reducción también importante -aunque temporal- para las contribuciones individuales. Es uno de los puntos centrales de la agenda reformista del presidente de EE.UU., Donald Trump, a quien el Congreso no le ha dado grandes alegrías -por ejemplo, no fue capaz de aprobar el desmantelamiento de «Obamacare»- a pesar de que ambas cámaras cuentan con mayoría republicana.

La reforma ha sido criticada con dureza por la oposición, que defiende que da demasiadas ventajas a las empresas y a los ricos a costa de empeorar las condiciones de los contribuyentes con menos recursos. «Con el paso de las horas, esta ley cada vez se inclina más por las empresas y menos por las familias»; criticó el líder de la minoría demócrata en el Senador, Chuck Schumer. «Hoy podría ser el primer día de un nuevo partido republicano: el que sube los impuestos a la clase media».

Una oportunidad

Mientras los pasillos del Senado eran un hervidero de negociaciones, Trump acudió a Twitter para celebrar los esfuerzos de los republicanos en aprobar «el mayor recorte de impuestos de la historia de nuestro país» y calificó su voto como «una oportunidad que pasa una vez cada generación» y aseguró que los «demócratas obstruccionistas» la trataban de bloquear «porque creen que es demasiado buena y no se llevarán el reconocimiento».

La mayoría escasa de votos que tienen los republicanos en el Senado (52-48) hace que solo se puedan permitir dos defecciones de entre sus filas. En los últimos días y horas, los legisladores rebeldes fueron entregando uno tras otro su visto bueno a la reforma fiscal, aunque cada uno trató de arañar modificaciones. Por ejemplo, algunos exigieron que se aumentara en 250.000 millones de dólares los recortes impositivos para individuos y empresas, lo que forzó a retirar una de las grandes innovaciones de la reforma, la imposición mínima alternativa (AMT, en sus siglas en inglés), un nivel mínimo de impuestos que impide que los contribuyentes más ricos eviten pagar impuestos a través de deducciones. Susan Collins, de Maine, logró arrancar que los estadounidenses se pueden deducir hasta 10.000 dólares al año de impuestos de propiedad en su contribución federal. Ron Johnson, de Wisconsin, consiguió que se elevara hasta el 23% la deducción para un tipo especial de empresas cuyo beneficio va directamente a sus propietarios. Jeff Flake, de Arizona, obtuvo el compromiso de que se daría protección permanente a los «dreamers», los millones de inmigrantes ilegales que llegaron a EE.UU. como niños.

Disparar la deuda

Bob Corker, una de las voces más agresivas contra el aumento de déficit y que estaba entre los reacios a aprobar la reforma, buscaba hasta última hora incluir un mecanismo de modificación de la reforma si se demuestra más adelanta que dispara la deuda. Esta fue una de las grandes preocupaciones de última hora, después de que el jueves el Comité Fiscal Conjunto del Congreso emitiera un informe que asegura que, incluso con el crecimiento económico previsto, los cambios fiscales añadiría un billón de dólares a la deuda estadounidense en diez años.

En cualquier caso, el texto que apruebe el Senado no será la reforma fiscal definitiva. La Cámara de Representantes aprobó su propio texto hace varias semanas y los líderes republicanos deberán reconciliar ambas reformas para un texto definitivo. Ese será el que envíen al Despacho Oval, con Trump ansioso por estampar su firma y dar al país, como dijo la semana pasada, su regalo de Navidad.