Cientos de comunistas salieron ayer a las calles de Moscú con banderas rojas y retratos de Vladímir Lenin
Cientos de comunistas salieron ayer a las calles de Moscú con banderas rojas y retratos de Vladímir Lenin - AFP

Putin intenta que el centenario de la revolución pase inadvertido

Comunistas rusos y llegados de varios países la conmemoraron en las calles de Moscú

CORRESPONSAL EN MOSCÚActualizado:

El presidente Vladímir Putin, que definió la desintegración de la URSS como «la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX», restableció el himno soviético, admira a Stalin y apoya que el cabecilla de la Revolución Bolchevique, Vladímir Ilich Lenin, siga en el mausoleo de la Plaza Roja, se desentendió hoy de las celebraciones. Ni el Kremlin ni el Gobierno ruso han festejado el centenario de aquel golpe de Estado que echó abajo la Monarquía zarista, provocó un inmenso reguero de sangre y cambió la faz del mundo.

Los únicos en recordar la señalada efeméride han sido los comunistas, que hoy sacaron a su gente a la calle, pero no en mayor número que cualquier otro 7 de noviembre. Y eso pese a que participaron delegaciones de partidos comunistas llegadas de diversos países y hasta secesionistas catalanes. Según el calendario juliano vigente en la Rusia anterior a aquella revuelta, el 7 de noviembre se corresponde con el 25 de octubre. Entonces los bolcheviques, liderados por Lenin, tomaron el Palacio de Invierno, destituyeron al Gobierno Provisional de Alexánder Kérenski y tomaron el poder. Kérenski logró huir, pero sus ministros fueron arrestados.

Aquel acontecimiento, que supuso el comienzo de una implacable dictadura comunista que duraría más de 70 años, se conmemoró siempre durante la época soviética cada 7 de noviembre con un gran desfile en la Plaza Roja de Moscú. Está fiesta perdió su contenido comunista por orden del presidente Borís Yeltsin, que ordenó en 1996 sustituirla por el Día de la Concordia y la Reconciliación. Ya desde el año anterior el desfile militar se había trasladado al 9 de mayo, Día de la Victoria sobre la Alemania nazi.

Putin le dio la puntilla al 7 de noviembre en 2005, cuando dejó de ser festivo y sustituyó la fecha por el 4 de noviembre, que pasaría a ser el Día de la Unidad Popular, en recuerdo de la victoria sobre las tropas polacas, en 1612, y el nacimiento de la dinastía Románov.

Pese a todo, el Kremlin decidió llevar a cabo una maniobra de despiste histórico y organizó un desfile castrense en la Plaza Roja, como los que presenciaban los gerifaltes comunistas desde lo alto del Mausoleo de Lenin, en recuerdo del celebrado en 1941, cuando los nazis se encontraban a las puertas de Moscú y comenzaba un durísima batalla para defender la capital.

Guiño a los bolcheviques

Entre los 5.000 soldados que hoy tomaron parte en la parada militar hubo una unidad ataviada con el uniforme del Ejército Rojo de la época revolucionaria y blindados como los utilizados en 1917, a una de cuyas torretas se encaramó Lenin para dar un mitin tras llegar a Petrogrado procedente de Finlandia. De manera que, aunque el evento de ayer en la Plaza Roja estuvo más bien dedicado a un episodio de la Gran Guerra Patria (II Guerra Mundial) supuso un guiño a los bolcheviques.

Y esa ha sido toda la contribución a los fastos que ha hecho el Kremlin, cuyo portavoz, Dmitri Peskov, ha dejado bien claro que el 7 de noviembre «ha sido para el presidente un día rutinario (...) con documentos y reuniones de trabajo». Aunque en diciembre creó un comité organizativo para preparar la conmemoración del centenario, Putin cambió después de idea y tomó distancia.

«¿No fue posible seguir un camino evolutivo mejor que pasar por una revolución? ¿No podríamos haber evolucionado mediante un avance progresivo, gradual y constante en lugar del costo de destruir nuestra condición de Estado y la despiadada destrucción de millones de vidas humanas?», comentó el máximo dirigente ruso el mes pasado en un encuentro con académicos.

La celebración de hoy corrió a cuenta del Partido Comunista de la Federación Rusia (KPRF), que reunió a unas 10.000 personas. La marcha partió de la Plaza Pushkin y terminó frente al Teatro Bolshói, junto al monumento a Karl Marx. Allí el líder del KPRF, Guennadi Ziugánov, glosó las beldades de la Revolución y llamó, como hiciera Lenin hace un siglo, a entregar «todo el poder a los sóviets» (consejos obreros). Había esteladas catalanas, banderas de Cuba, de la República española, ikurriñas y estandartes del PCE. Toda una fiesta.