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Obama garantiza un traspaso «pacífico» ante el seísmo populista de Trump

Hillary Clinton pagó cara su mala imagen y no logró atraerse al voto negro ni a los republicanos moderados. La era Trump ha comenzado

Obama garantiza un traspaso «pacífico» ante el seísmo populista de Trump

Ni el mayor terremoto político que ha vivido Estados Unidos desde el Watergate va a ser capaz de derribar los sólidos basamentos que asientan la centenaria democracia americana. Amenazada todavía por las réplicas de la feroz sacudida electoral, con epicentro en Washington pero de alcance planetario, la maquinaria del sistema que armaron los Padres Fundadores casi con precisión de relojero se puso en marcha ayer para engullir su nuevo gran desafío. El presidente saliente, algo apesadumbrado por un revés político que siente en carne propia pero consciente de su responsabilidad histórica, garantiza a Donald Trump un traspaso de poderes «pacífico».

La palabra está bien elegida. Esta lucha sin cuartel en el campo de batalla sólo podía culminar en un armisticio. Como si Barack Obama capitulara tras una prolongada guerra de trincheras, compartiendo culpas con la candidata derrotada, Hillary Clinton. En pocos países un mandatario saliente, cuestionado en su partida de nacimiento y repudiado por su rival como «el peor y más ignorante presidente de la historia», es capaz de entregar el mando con naturalidad a quien él mismo ha calificado de «temperamentalmente incapacitado para tener a su alcance los códigos nucleares». Es la grandeza con la que Estados Unidos resuelve sus miserias. Incluso en la hora en que un outsider, un enemigo del sistema, un advenedizo dispuesto a desmontar todos sus resortes, acaba de derrotar, uno a uno, a todos los guardianes del templo. Es la admirable templanza de una nación que, en palabras que Obama pronunció ayer mismo, reacciona como «un equipo formado por americanos, antes que por republicanos o demócratas».

Para el cariacontecido presidente saliente la procesión iba por dentro. En el porche de la Casa Blanca, arropado por su fiel escudero, el vicepresidente Biden, el primer presidente negro de Estados Unidos ha tenido que digerir estas horas un inesperado asalto a su fortaleza. Al edificio material que está obligado a abandonar por razones temporales y al espiritual legado que había estado mimando en la recta final de su mandato. El aldabonazo electoral de Donald Trump no sólo abre en canal inesperadamente gran parte de sus autocalificados «logros» de gobierno, sino que empobrece hasta el mínimo el poder demócrata que estaba llamado a preservar. Lo que no impedirá que Obama cumpla con su deber, como hiciera el presidente George W. Bush, a quien citó ayer expresamente para recordar el ejemplar traspaso de poderes que le ayudó a poner en marcha su Administración.

Obama no se olvidó de ensalzar el «magnífico esfuerzo» de la candidata por la que él mismo apostó, incluso como testigo mudo de maniobras inconfesables desde la fontanería del partido que terminaron desplazando a una alternativa capaz de insuflar más ilusión a las bases del partido, Bernie Sanders. Minutos antes, Hillary Clinton se presentaba en Nueva York ante los medios para enmendar la tocata y fuga de la jornada anterior, la noche de autos en que asumió a regañadientes la derrota, hasta completar una desafortunada función.

Acto primero, salida de su jefe de campaña, John Podesta, para resistir porque «sigue el recuento»; acto segundo, mensaje de que la candidata mantendrá silencio hasta mañana; acto tercero, un minuto de una inesperada llamada telefónica de felicitación de Hillary Clinton a Donald Trump, y acto cuarto, comparecencia de reconocimiento, pero también de alerta hacia sus seguidores: «Mantengamos los ojos abiertos». La fallida aspirante a ser la primera presidenta de Estados Unidos no ahorró un mensaje de confianza en el país y en que «se mantenga el imperio de la ley». Como se ofreció también al presidente electo a «colaborar y trabajar en beneficio del país». Y mostró uno de esos gestos de humanidad que tanto se le ha reclamado durante su trayectoria política: «La derrota ha sido dolorosa, y lo será por mucho tiempo».

Tras la explosiva noche de alegrías indisimuladas a cargo del presidente electo, ayer era el día de los derrotados, el de las despedidas de quienes deben ya dejar la escena al insospechado protagonista que irrumpió con estrépito en el verano de 2015 para quedarse. Aunque entonces sólo lo sabía él. Donald John Trump va a romper esquemas. El promotor inmobiliario nacido y criado en Nueva York, desde donde gestó el imperio empresarial que hoy gestiona, será el primer presidente de Estados Unidos no que ha ocupado cargo alguno en la Administración ni ha servido en el Ejército. Con 70 años, el próximo 20 de enero se convertirá en el comandante en jefe con más edad en el momento de tomar posesión. Hasta ahora, el recordado Ronald Reagan mantenía ese récord, con los 69 años largos acumulados al llegar a la Casa Blanca, en enero de 1981. Condiciones inéditas de un hombre de negocios que el martes se encaramó al mayor éxito personal y profesional de su vida.

Vendaval Trump

El imparable ascenso del vendaval Trump, que inició al deshacerse de los dieciséis aspirantes que le salieron al paso durante unas intensas primarias republicanas, culminó este martes de la manera más gratificante para el magnate, con una victoria frente a todos. En apariencia, Trump venció el martes sólo a Clinton y a los demócratas. Pero a la prolífica lista de derrotados hay que sumar al propio Partido Republicano, con quien decidió romper en la recta final de la campaña, en un movimiento inédito. Pese a que el millonario neoyorquino no era el único outsider de la historia electoral de Estados Unidos, sienta precedente también como el único candidato presidencial que logra la victoria en contra de su propio partido. El resto del batallón de perdedores, los «losers» que estará privadamente orgulloso de haber dejado en la cuneta, lo integran los medios de comunicación, las encuestas y la larga relación de pronosticadores errados que ayer empezaban a transmitir su mea culpa.

En el colofón de la campaña más aviesa que se recuerda, con dos candidatos rechazados ampliamente por los estadounidenses, con un 80% del país abiertamente en contra de los políticos, Donald Trump ha pintado de rojo republicano el mapa electoral. El debutante en terreno ajeno ha endosado a su contrincante un nítido 279 a 228 delegados (270 es el mínimo), integrantes de un hipotético colegio electoral que en realidad es simbólico y nunca se reúne. La diferencia, que pareciera no ser notable, brilla cuando se parte de la referencia anterior. En 2012, Obama, con 332, dejó a Romney en 206. El gran salto hacia adelante del magnate ha consistido en mantener todos los estados que acumuló su sucesor y abrir una vía de agua que sólo Reagan fue capaz de propinar al enemigo político en sus hegemónicos años 80. Si es que importa en medio de un indiscutible logro, la única salvedad para el insaciable Trump sería la de no haber logrado superar a Clinton en voto popular.

No es la primera vez que un presidente electo obtiene menos votos totales pero más delegados, algo atribuible a las peculiaridades del sistema electoral estadounidense, basado en la elección de delegados a partir de cada uno de los 50 estados (más el Distrito de Columbia), mediante el sistema mayoritario. Lo hizo George W. Bush en 2000, en su dura pugna con el demócrata Al Gore. Pese a sus 200.000 votos y unas décimas menos que su rival demócrata, Trump ha echado abajo todo el sistema de empalizadas establecido en el cuartel general demócrata. En su camino hacia el triunfo, el magnate asaltó Florida, el sempiterno estado decisivo, donde ni siquiera la movilización nunca vista de electores hispanos, más del doble que en la anterior cita electoral, fue capaz de frenar su empuje. Las decenas de miles de puertorriqueños dados de alta en el registro resultaron insuficientes.

Asalto a los estados demócratas

Aunque la gran sorpresa fue el asalto de Trump a los estados de larga tradición demócrata. El llamado «blue wall» (muro azul), en los estados del este, cayó casi en su totalidad. Clinton apenas resistió a duras penas en Virginia, mientras la suma de los estados del «rust belt» (estados industriales), incluidos algunos de los grandes lagos, fueron derrumbándose como un castillo de naipes. Ohio, Wisconsin, Michigan… Hasta que la joya de la corona, Pensilvania, insospechadamente, terminó concediendo la victoria final a Donald Trump, en una larga noche que ya formar parte de la historia política de Estados Unidos. Era el histórico logro de un millonario de atraerse en torno a su «movimiento» a las clases trabajadoras que siempre habían confiado en la casa común liberal de los demócratas. Y también el elemento catalizador de un votante de raza blanca que, con ayuda esta vez de un desmovilizado elector afroamericano, fue capaz de echar abajo la hegemonía demócrata. Tampoco logró atraerse Clinton el votante republicano moderado, que Trump fue recuperando en la recta final de la campaña.

El trasfondo de esa victoria, apoyado en un mensaje nacionalista y proteccionista consistente en culpar a los inmigrantes y a los grandes acuerdos comerciales de las pérdidas de poder adquisitivo y de empleo, constituye la gran inquietud de las bolsas y de todo el concierto de naciones. Aunque al derrumbe de los mercados de futuros y del dólar que se habían disparado la noche electoral, siguió ayer una relativa calma en los parqués, donde se abre un periodo de expectativa, a la espera de comprobar los pasos del nuevo presidente electo. Y entre ellos, si finalmente decide impulsar la construcción de un muro con México, que, según su principal promesa electoral, tendrá que financiar el vecino del sur. La mejor prueba de la encrucijada pendiente es el derrumbe sufrido por el peso mexicano desde que Donald Trump empezara a acercarse al triunfo en su mágica noche electoral.

Donald Trump se salió con la suya hasta en su cacareada intención de llevar nuevos votos al Partido Republicano, una aportación de la que presumía una y otra vez durante sus actos de campaña, pero que sólo generaban escepticismo y temor entre los primeros espadas del partido. Por no hablar de las destacadas figuras del establishment, muchos de los cuales cumplieron el martes con su promesa de no votar a quien no consideran uno de los suyos. Entre ellos, el presidente George H. W. Bush (Bush padre), quien ayer tuvo el gesto de llamar por teléfono a Trump «para desearle suerte», a pesar de los prolongados desencuentros mutuos que caracterizaron a la campaña.

Y el magnate cumplió, aunque no todo fuera mérito de él. Su nuevo mandato se estrenará con el mismo control pleno de la Casa Blanca y el Congreso del que disfrutaron los demócratas hasta 2010 y el que los republicanos habían acumulado por última vez entre 2003 y 2007, con George W. Bush como presidente. En el Senado, la cámara que hace de contrapeso en los asuntos de alta política del presidente del país, sus rivales no alcanzaron el objetivo de recuperar la mayoría. Aunque con un leve retroceso, los republicanos se quedan con un 51 a 47 a favor, después de que Marco Rubio (Florida) y John McCain (Arizona), entre otros, consiguieran imponerse en sus particulares luchas, sin que el anunciado peligro de verse arrastrados por una supuesta corriente contraria del efecto Trump jugara finalmente a la contra. En la Cámara de Representantes, la que gestiona las medidas económicas y de control presupuestario, también los cambios fueron mínimos. Los republicanos suman 239 frente a 192 representantes, a la espera de que la renovación parcial en el llamado midterm, esta vez en 2018, vuelva a dictar sentencia.

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