Internacional

El hombre que susurra en la oreja de May

Críticas contra el exceso de poder de Nick Timothy, al que llaman el Rasputin de la primera ministra

Nick Timothy, jefe de gabinete de Theresa May
Nick Timothy, jefe de gabinete de Theresa May - AP
Luis Ventoso Corresponsal En Londres - Actualizado: Guardado en:

El pasado día 4, un secretario de Estado de peso del Gobierno de Theresa May, cuyo nombre no ha trascendido, se hartó y se fue con la música a «The Sun», el diario popular –y populachero- de Rupert Murdoch, que continúa siendo el más vendido con sus 1,7 millones de ejemplares. Aunque lo que dijo era una evidencia para los politólogos de Westminster, resultó llamativo escucharlo por boca de alguien con vistas privilegiadas a la cocina del Número 10: «Ella no toma ninguna decisión sin contar con él. Tiene demasiado poder sobre nosotros. Ella no necesita ningún Rasputín».

Ella es Theresa May, de 59 años, que ha sorprendido desmarcándose drásticamente del legado de Cameron, con giro a la derecha y un conservadurismo muy social. Él es Nick Timothy, de 36 años, su jefe de gabinete, inteligente, polemista, calvo y de barba luenga, más de pope ruso que de hípster. Rasputín es, por supuesto, Grigori Yefímovich Rasputín, el monje loco ruso que sorbió el seso a los últimos Romanov. Los tabloides se divierten con montajes que solapan al barbado asesor y al extraño místico.

May pasa por ser una política seria y fiable, con carácter y estajanovista hasta la extenuación. Pero nadie le atribuye una gran imaginación creativa, así que se la ha alquilado a Timothy, que ya era su principal asesor en sus seis años como ministra del Interior. Ambos comparten orígenes más bien modestos en la Inglaterra interior y eterna, «tories de cuello azul», alejados del clásico prototipo patricio de Eton que encarnaban Cameron y su camarilla, el Clan de Notting Hill.

El joven Rasputín escribe los discursos estelares de su jefa, como el de toma de posesión, cuando se desmarcó del liberalismo de Cameron y Osborne para proclamar que «quiero hacer de Gran Bretaña un país que funcione para todas las familias trabajadoras ordinarias». Habita en ambos un cierto fuego ideológico, un afán de limpiar la política de los vicios de la fauna ensimismada de Westminster.

A Timothy se le atribuyen tres de las iniciativas más llamativas de May. La más sonada ha sido recuperar las escuelas selectivas, las llamadas «grammar school», en las que ambos estudiaron y que fueron arrinconadas por Blair en 1998. La segunda es promover un cierto proteccionismo industrial nacionalista. La tercera fue el intento, al final fallido, de paralizar la inversión de China en la enorme central nuclear de Hinkley Point, en la costa del suroeste.

El pasado octubre, en uno de sus flamígeros desahogos ideológicos en el blog que publicaba en la web del Partido Conservador, Timothy acusó a Cameron y Osborne de «vender la seguridad nacional a los chinos». Como tantas veces, leer a Timothy permitió anticipar qué haría May, quien nada más llegar puso en cuarentena Hinkley Point por motivos de seguridad. Pero los chinos mandaron un recado: la decisión podía afectar a sus relaciones comerciales, vitales si llega de verdad el Brexit. May acabó reculando.

Timothy es un brillante fontanero que ha hecho toda su carrera en las cañerías del poder. Sus detractores lo apodan «el Rasputín de Birmingham», ciudad del interior de Inglaterra que es la segunda del país. Hijo de un obrero de una planta de acero y de una secretaria de un colegio, ha contado que estudiar en una grammar school fue «la experiencia que me transformó». Cuando los laboristas se posicionaron contra esos centros -colegios estatales a los que solo pueden acudir los más brillantes-, Nick se hizo simpatizante conservador con solo doce años para defender su escuela y se afilió a los 17.

Nada de Oxford y Cambridge. Estudió Políticas en la Universidad de Sheffield, «porque no era cara». Tras graduarse pidió trabajo en el centro de estudios del Partido Conservador. Allí conoció a la futura camada del poder: unos jóvenes Cameron, Osborne, Boris… En 2004 se marchó, convencido de que el partido no ganaría las siguientes elecciones (y así fue). Pero en 2006 ya estaba de vuelta en la nave, como asesor de una diputada emergente llamada Theresa May. Nunca la dejó.

Un personaje. Su pareja es una guapa auditora alemana. En literatura es apologista de Graham Greene. En fútbol, hincha del Aston Villa (del que también se declaraba seguidor Cameron, hasta que lo confundió con el West Ham, delatando que todo era pose). Sus primeras dos horas de cada jornada las dedica a empollarse la prensa y hurgar en las webs. Detesta a los actores que opinan de política («¿Hay alguien en el Reino Unido más enojoso Benedict Cumberbatch?»). A Juncker lo ha llamado «deshonesto, petulante y egomaníaco».

Votó «Leave», pero escribió que la campaña del referéndum lo asqueaba. Se opone a los impuestos verdes y a la normativa contra el cambio climático («un monstruoso acto de autolesión» para la economía). Aboga por un cierto entendimiento realista con Al Assad. Demanda un Estado pequeño y quiere controlar con dureza la inmigración. Asegura que es falso que los inmigrantes hayan mejorado la vida de los británicos y los acusa de haber provocado una reducción salarial. Pero sobre todo representa una contrarrevolución en el Partido Conservador. Los tories de origen proletario.

En sus días en Interior protagonizó tanganas por mail con los equipos de Cameron y Osborne. En 2014, la revista conservadora «The Spectator» publicó que May estaba decidida a abandonar a Cameron por «su incompetente ligereza». El problema es que la publicación citaba su fuente: Nick Timothy. Cameron lo dio de baja en las listas de aspirantes a los Comunes y hubo de salir del Gobierno.

Hoy asiste incluso a los consejos ministeriales de May. Se sienta en una silla fuera de la mesa, a la espalda de los ministros. Pero en el punto estelar de la sala: justo frente a la mirada de la primera ministra, en cuyo oído susurra.

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