La demolición de la catedral de Immerath
La demolición de la catedral de Immerath - AFP

Demolida una iglesia en Alemania para ampliar una mina de lignito

La Iglesia alemana vende cientos de templos por su costoso mantenimiento

Corresponsal en BerlínActualizado:

«Nuestros corazones están hoy llenos de melancolía y tristeza, quizá también de cólera y rabia», dijo en su última homilía el párroco Günter Salentin, «toda la resistencia estaba condenada al fracaso frente a la preponderancia de la política, los intereses económicos y la maximización de beneficios». Tras ese último servicio religioso, las máquinas han empezado ya los trabajos de demolición de la denominada catedral de Immerath, una basílica de estilo neo románico, cuya construcción terminó en 1891 y que fue centro espiritual de la comunidad durante 122 años, hasta que el grupo energético alemán RWE, un holding de empresas productoras de energía compró la iglesia para derruirla y poder ampliar así su mina de lignito. En realidad compró todo el pueblo. Hace siete años, antes de la adquisición, esta localidad cercana a Aquisgrán tenía 1.500 habitantes a los que la empresa ha ido cancelando los contratos de alquiler. Hoy solo permanecen en él alrededor de 30 almas. «Ver morir el pueblo lentamente ha sido muy doloroso, pero ver cómo destruyen la iglesia… no tengo palabras, siento que ha llegado el fin del mundo», dice María, una de las vecinas, cuya familia, por generaciones, ha celebrado en esa iglesia los sacramenteos.

En torno a Immerath se extiende la mayor área minera de lignito de Europa. Allí se encuentra la mina a cielo abierto Garzweiler II, con un perímetro de 45 kilómetros y una profundidad de 230 metros, de la que RWE, tiene pensado extraer lignito hasta 2045. Para entonces, la gigantesca mina se habrá tragado doce pueblos. «Esto me rompe el corazón», dice Hans-Willi Peters, jubilado que vive en un pueblito vecino y tendrá que decidir si es trasladado junto con los otros vecinos a las nuevas viviendas que RWE ha dispuesto a solo unos kilómetros o comenzar una nueva vida en otro sitio. «Mi esposa y yo cambiamos de opinión todos los días», se angustia.

La empresa tiene claro que con el precio de los derechos de contaminación hundido en el mercado europeo, y la renuncia de Alemania a sus centrales nucleares, el lignito que se extrae en Garzweiler navegará viento en popa. El carbón asegura un 40% de la producción eléctrica del país, contra el 25% de media en Europa y es el principal causante de que Alemania sea incapaz de cumplir con sus obligaciones adquiridas de reducción de emisiones de gases contaminantes. El permiso concedido a RWE prevé la extracción de 1.300 millones de toneladas de lignito hasta el 2045 en esta mina.

El caso de Immerath es el más sonado, seguramente porque implica a una gran empresa del DAX 30, pero no es ni mucho menos el único en el que un templo consagrado deja paso en Alemania a negocios más rentables, como supermercados o incluso discotecas. En los próximos 10 años se calcula que unas 700 iglesias dejaran de ser utilizadas para celebrar la liturgia, según ha reconocido el portavoz de la Conferencia Episcopal, Mathhias Kopp. Una de las amenazadas es la iglesia de San Nicolás, en el norte de Berlín, que alberga la Misión Católica de Lengua Española de la capital alemana. Ya en 2014 fue vendida la iglesia de Santa Afra, sede por entonces de la Misión Española, y ahora sus fieles tratan de resistirse a una nueva venta. «Los fieles están indignados», dice Marisa Codarin, presidenta del consejo pastoral, «porque no entienden el cierre de una iglesia. Lo sienten como una gran irreverencia, imposible de pensar para quien siente la iglesia como su casa, como la casa de Dios. Resulta que criticamos el avance del Islam en Europa, en Berlín se abre una mezquita en cada esquina, en cada local que queda libre, y ¿nosotros estamos cerrando y derribando iglesias?».

Las autoridades eclesiales argumentan problemas económicos, de mantenimiento y de falta de fieles, pero no convencen. «En otros lugares del mundo, donde hay desastres, terremotos, se destruyen iglesias y los cristianos las vuelven a levantar con sus propias manos», señala Codarin como muestra de la incongruencia que supone pensar en un templo con criterios racionales y puramente económicos, «y donde no hay dinero Dios provee». Paradójicamente, la Iglesia alemana es una de las más ricas del planeta. Los católicos pagan en este país un monto igual a un ocho o nueve por ciento adicional en sus impuestos sobre la renta, dependiendo del estado federado en el que residen. De esta fuente, la Iglesia recibió la cifra récord de más de 6.000 millones de euros en 2016, gracias a la dinámica economía alemana y a pesar de la salida de miles de católicos.