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Ingrid Bergman y Robert Capa, una bomba en Hollywood

A los 70 años del estreno de «Encadenados», recordamos el idilio de la actriz y su fotógrafo

Ingrid Bergman
Ingrid Bergman - ABC
ROSA BELMONTE Madrid - Actualizado: Guardado en: Estilo , Gente

Ingrid Bergman era una mujer libre. Antes del escándalo con Rossellini había tenido muchas relaciones extramatrimoniales. Durante el rodaje de «Encadenados» (1946), Alfred Hitchcock, que ya había perdido cualquier esperanza con ella (habían trabajado en «Recuerda»), no puso reparos para que Robert Capa hiciera las fotos publicitarias. Probablemente las fotos más recordadas de cualquier película, ya sean las del beso eterno con Cary Grant o las de la fiesta. Robert Capa era amante de Ingrid Bergman. Pero no quería una vida en Hollywood, sino en guerras lejanas. La opinión del legendario fotógrafo sobre el lugar (o el concepto): «Hollywood es la mayor mierda que nadie haya pisado jamás». En 1954 pisó una mina que acabó con su vida en Vietnam.

Capa y Bergman se habían conocido en París en junio de 1945. La actriz había llegado para actuar ante las tropas de Estados Unidos (recitaba pasajes de «Juana de Lorena» de Maxwell Anderson). Marlene Dietrich, que no se había movido de Europa, se la encontró saliendo del Ritz. «Llegas tarde». Le faltó soltarle: «A buenas horas». Ya en su habitación, vio que deslizaban una nota por debajo de la puerta (parece una escena de «Recuerda»). Era de Irwin Shaw y Robert Capa, que la habían reconocido por los pasillos (estarían en el bar). Querían invitarla a cenar. Le habrían mandado flores, pero no tenían dinero para las dos cosas. El escritor, el más conocido fotógrafo de prensa de la época, y la actriz cenaron en un restaurante modesto y se lo pasaron estupendamente. Ingrid recordaría esa noche reconociendo que se había sentido atraída por Capa. Ella tenía 30 años, y él, 31.

Berlín, tras el horror

Bergman se fue a Berlín. Capa ya estaba allí. Un Berlín destruido. Bergman contó a Charlotte Chandler su experiencia: «Horrible. Destrucción por todas partes. Los edificios estaban todos dañados. Había bañeras en mitad de la calzada. La gente vivía en la calle, en las ruinas de sus casas».

Además, se mostraba insegura a la hora de actuar ante las tropas. «La presencia de Capa fue para mí de gran ayuda. Irradiaba una tremenda fuerza interior. Me ayudó tener un hombre en el que apoyarme, un hombro de hombre. Yo había leído sobre los horrores de la guerra, pero estar allí era distinto».

Ingrid Bergman no estaba hecha para la clase de ansiedad que suponía un adicto al peligro. «Decían que Capa tenía algo especial que los demás no tenían. Creo que se trata de algo que no tenía. No tenía miedo». Según la sueca, «era valiente, demasiado valiente, inteligente, divertido, un romántico». Y un cursi. Hablaba cinco idiomas, pero dijo a Ingrid que pensaba y soñaba en imágenes. También que no podía casarse porque estaba casado con su trabajo. Y ella dándole carrete: «Tenía que ser libre para hacer lo que hacía. Yo le respetaba por eso, pero me preocupaba que su última fotografía fuera la de alguien apuntándole con un arma». Más recuerdos: «Un día, después de hacer el amor, habló de su esposa, que había muerto ayudándole en una zona de conflicto. Entonces me dolió que me hablara de ella en ese momento. Más adelante acabé considerándolo un acto de confianza. Se sentía tan unido a mí que no tenía que cuidar sus palabras» (Capa nunca se casó con Gerda Taro, que murió en 1937 en la Guerra Civil atropellada por un tanque republicano).

Capa llenó de pájaros la cabeza de Ingrid. Por un lado, tenía a su convencional marido, el doctor Petter Lindström. Por otro, a un tipo que la advertía del peligro de hacer algo fácil, bien pagado y que daba fama. «Me aconsejaba que abriera los ojos a la verdad de las cosas. Sus palabras me desconcertaban». La relación con Capa no echó a perder su matrimonio. «En todo caso, gracias a Capa, duró un poco más». Lindström y Bergman se divorciaron en 1950. Cuatro años después, Capa pisó la mina. Ella seguía con Rossellini escandalizando al mundo. Anna Magnani ya se había calmado.

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