Madrid

Las pruebas que acorralan al presunto pederasta de Ciudad Lineal

El martes arranca el juicio en la Audiencia Provincial contra Antonio Ortiz, para quien la Fiscalía pide 77 años por cuatro delitos de agresión sexual, cuatro retenciones ilegales y uno de lesiones

M. J. Álvarez - @mariajo_abc Madrid - Actualizado: Guardado en:

El considerado el «enemigo público número 1» se sienta a partir del martes en el banquillo. Antonio Ortiz, de 44 años, en prisión provisional desde el 24 de septiembre de 2014, será juzgado por la comisión de cuatro delitos de agresión sexual, cuatro de retención ilegal y uno de lesiones, perpetrados entre septiembre de 2013 y agosto de 2014. El Ministerio Fiscal pide una pena de 77 años y las acusaciones barajan solicitudes que van desde los 26 hasta los 126 años.

El bautizado como presunto pederasta de Ciudad Lineal, por su zona de actuación, contaba con antecedentes por secuestro, extorsión, robos con violencia y «allanamiento de morada». Así quedó registrado el caso del rapto y agresión a una niña de 6 años en los años 90; por ello no aparecía en el archivo de pederastas. En 2006 la Audiencia Provincial le concedió el tercer grado por «buena conducta» en contra del criterio de prisiones y del juez de Vigilancia Penitenciaria. Había cumplido las tres cuartas partes de la condena:7 años. A continuación, su «modus operandi» y las principales pruebas que le incriminan.

Guión y firma de autor

La Policía no volvió a ponerle nombre hasta el final de la Operación Candy, a raíz del secuestro de la última de las cuatro niñas, una dominicana, a la que se le acusa de vejar en San Blas: el 22 de agosto de 2014. Pero ya había actuado antes. Fue el 24 de septiembre de 2013 cuando una menor de 5 años fue abordada por Ortiz en un parque, haciéndose pasar por un amigo de su madre. La obligó a subir a su coche y, tras abusar de ella en un lugar no precisado, la liberó. Aunque el asunto no trascendió, luego se descubrió que llevaba su rúbrica: le dijo que se fuera con él, que conocía a su progenitora y que tenía que darle unas bolsas.

El 10 de abril de 2014 agredió a una niña española de 9 años, a quien llevó al piso franco y vacío de su madre de la calle de Santa Virgilia mediante engaños. Las alarmas saltaron cuando el 17 de junio abusó de una niña china de 6 años, a la que no se sabe con certeza a donde la condujo. La Policía estaba ante un pederasta en serie.

Pastillas y duchas

Suministraba benzodiazepinas (Orfidal) para sedar a las pequeñas, anular su voluntad y eliminar cualquier resquicio de resistencia al ataque. Además, pretendía que no recordaran ningún detalle relevante que pudiera incriminarle ni direcciones ni trayectos. En dos de las ocasiones, según varios informe periciales incluidos en el sumario, dos de las víctimas (la de abril y la de junio), estuvieron en «riesgo de muerte o riesgo vital» debido a la elevada dosis de barbitúricos que les proporcionó el sospechoso, dado su escaso peso. Sus letrados piden por ello que se le acuse por dos tentativas de homicidio.

A la española, Ortiz le dio tres pastillas, lo que la hizo vomitar en el piso franco. Cuando la abandonó en el Metro de Canillejas, le dijo: «Baja que está tu madre esperándote». Era mentira. Volvió a vomitar, al menos, en dos ocasiones más. La víspera había ingerido un jarabe antihistamínico, lo que agravó los efectos de la sedación. A la criatura oriental le hizo tomar, al menos, otra píldora. La intoxicación de ambas quedó reflejada en la analítica y en las alteraciones cognitivas que presentaban, así como estrés postraumático fruto de las agresiones sexuales. La pequeña china tuvo que ser operada a causa de las lesiones que sufrió. Tras los abusos, el presunto pederasta, con el fin de borrar cualquier vestigio, las obligaba a ducharse.

ADN

En el piso de Santa Virgilia, bautizado como el «piso de los horrores», la Policía Científica levantó la bañera y parte de las tuberías. El presunto pederasta contrató a una empresa de limpieza para borrar indicios, pero en un dormitorio, en el plástico que cubría un colchón, se halló una huella palmar, sangre y células de una de las víctimas, así como esperma del acusado. En otro recinto se hallaron restos de vómito de la menor.

En un informe previo también se constató que había vestigios del sospechoso en las ropas de las tres últimas víctimas. Los cromosomas hallados coincidían con los de Ortiz. Estos determinaron que había ADN nuclear suyo en la niña española; así como haplotipos STR-Y (de transferencia de la rama masculina de la familia), así como en la china y en la última dominicana.

Millón y medio de móviles estudiados

Este depredador sexual no se lo puso fácil a la policía, lo que hizo que la investigación estuviera, por momentos, estancada. Pero este jiennense, divorciado y padre dos hijos, cometió varios fallos. Su teléfono aparecía operativo justo en el momento o instantes anteriores o posteriores en el lugar y hora de las agresiones investigadas. Se llegó a rastrear el posicionamiento de un millón y medio de móviles. Una vez localizado el suyo, se dieron los pasos definitivos. Se triangularon los terminales de toda el área en la que actuaba. En el último ataque, el 22 de agosto, el único en el que se salió de su guión, –ocurrió en un descampado y no sedó a la menor–, cometió un grave error: utilizó el móvil. Con ello, cavó su tumba. Le pincharon el teléfono poco después.

Grabado por una cámara

78.000 coches de tres matrículas distintas fueron peinados en Madrid en busca del sospechoso. Antes se hizo lo propio con otros 470.000, dado que trabajaba para un amigo que tenía un concesionario. Había una auténtica psicosis entre la población de los distritos «frecuentados» por el delincuente.

Utilizó dos vehículos, uno de ellos un Toyota Celica Gris (donde subió a la española) y un Citroën Xsara Picasso, que empleó, al menos, en la última ocasión. Esa vez condujo a la pequeña de 7 años a un descampado y cometió los abusos en el interior de una caseta. De camino, el turismo fue captado por las cámaras de seguridad de una entidad bancaria que grabó parte de la mismo. El vehículo fue balizado y ese «cebo» fue el que les condujo a Santander, en donde se refugió para escapar de la presión policial.

Reconocido por tres de las cuatro víctimas

Cuatro de las tres víctimas le reconocieron «espontáneamente» y sin ningún género de dudas en las ruedas de reconocimiento; la cuarta dijo que «era el que más se parecía». Las menores, testigos protegidos, no acudirán a prestar testimonio en el juicio. Las partes verán un visionado a puerta cerrada. Llama la atención que a pesar de sus edades, entre los 5 y los 9 años, recordaran muchos detalles, sobre todo, la segunda y la cuarta agredida. «Sudaba mucho, era corpulento, vestía ropa deportiva y tenía una toalla con el logo del gimnasio al que acudía».

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