Fernando Conde - Al pairo

The end is near

«Si a lo que se refiere este heterodoxo de la gerontología es a que vamos a envejecer sin arrugas, sin achaques, en plenitud de facultades y con la cabeza almidonada de cordura, entonces quizá la cosa cambie»

Fernando Conde
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Ha afirmado Aubrey de Grey en Salamanca que en diez o veinte años tendremos al alcance de la mano terapias para curar el envejecimiento. Eso estaría muy bien si no fuera porque uno no tiene nada claro que envejecer sea una enfermedad y, mucho menos, que llegar a viejo e, incluso, morirse sea una desgracia. Todo depende de quién y cómo (imagínense ustedes un Stalin eterno o un Hitler sin fecha de caducidad; ¡qué horror!, ¡qué error!). Sin olvidarnos de que la verdadera enfermedad que causa el paso del tiempo no es el envejecimiento sino el acopio de soledad que suele traer aparejado. Basta con acercarse a cualquier residencia de ancianos para comprobar que ser viejo más que una suerte es una suerte… de condena. Aunque, si a lo que se refiere este heterodoxo de la gerontología es a que vamos a envejecer sin arrugas, sin achaques, en plenitud de facultades y con la cabeza almidonada de cordura, entonces quizá la cosa cambie. Eso nos evitaría escenas tan trágicas como las que publica el papel cuché cada mes y en las que la elasticidad de la epidermis se pone a prueba muy por encima de sus posibilidades.

Quizá incluso, y mirándolo por el lado práctico, pudiera ser ésta la solución a la trastocada pirámide vegetativa castellano y leonesa. Porque si con unas cuantas pastillas y algún cambio de piezas pudiéramos mantenernos jóvenes y lozanos para los restos, los pueblos de Castilla y León estarían a rebosar de jóvenes abuelos disfrutando de la vida al estilo Cocoon. Hasta el punto de que sería posible, para las fiestas patronales, disputar un partidito de fútbol de «abuelos contra nietos» (¡oye, qué entrañable!), y hasta que a Manolita, que a sus 87 se conserva fresca como una flor de primavera, se la disputen (todo serían disputas en el nuevo Edén) Eustaquio y Kevin; el primero con requiebros un tanto desfasados y el segundo cantándole un reggaeton de esos que dicen: «Y dime, mamasita, si tú quieres que te haga mamá, hacemos travesuras hasta que no puedas más...» (otro día hablaré sobre el contenido de las letras de esta nueva música de moda, porque ahí sí que hay machismo y cosificación de la mujer a lo grande, y no en el anuncio de Navidad). Pero volviendo a la eterna juventud prometida en Salamanca esta semana, da un poquito de canguelo pensar que frases como «chico, no pasan los años por ti» puedan llegar a ser literalmente ciertas y exactas.

Algo debe de significar esto de que nuestro nivel de sofisticación pueda ya en breve contestar y contravenir las leyes de la naturaleza. Sin duda, como decía la canción de Sinatra, eso es que «and now, the end is near...».

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