HISTORIA

125 años de las inundaciones de Consuegra

El desbordamiento del río Amarguillo provocó que el 11 de septiembre de 1891 murieran 359 personas y el pueblo quedara reducido a escombros. Se trata de la mayor catátrofe natural de la historia de la provincia

El fotógrafo toledano fue testigo directo de las inundaciones de Consuegra y sus imágenes se publicaron como grabados en la edición del 12 de octubre de 1891 del periódico semanal «La ilustración artística»
El fotógrafo toledano fue testigo directo de las inundaciones de Consuegra y sus imágenes se publicaron como grabados en la edición del 12 de octubre de 1891 del periódico semanal «La ilustración artística» - Casiano Alguacil
JUAN ANTONIO PÉREZ Toledo - Actualizado: Guardado en:

A principios de septiembre de 1891, Consuegra era un pueblo feliz. El final del verano significaba también el final de las tareas de recolección en el campo y, precisamente ese año, los vecinos decían que la cosecha había sido buena. Además, ya estaban encima las fiestas en honor al Santísimo Cristo de la Vera Cruz. Nada hacía presagiar, por tanto, que el 11 de septiembre una catástrofe natural (la mayor de la historia de la provincia de Toledo) iba a dejar una riada de 359 muertos.

Dos días antes de la tragedia, «negros nubarrones se habían cernido sobre las sierras y estribaciones de los Montes de Toledo; fuertes aguaceros esporádicos, durante esos dos días, descargaron en toda la zona de poniente, y ya el río (Amarguillo), aunque tímidamente, vino aportando un caudal que en nada alarmó a los vecinos», narra Francisco Domínguez Tendero en su libro «Memoria-Centenario», una crónica de lo sucedido aquellos trágicos días.

Sin embargo, en torno a las ocho de la mañana del 11 de septiembre, un vecino alertó a la Guardia Civil del posible desbordamiento del río. «Mientras tanto, la tormenta se manifestó con estruendo y los truenos y relámpagos cubrieron el espacio totalmente, en todos los alrededores de Consuegra, seguidos de una descarga de agua». Otro vecino se dirigió al alcalde, Luis Cantador y Rey, para avisarle «de cómo las aguas habían rebasado los niveles de algunas casas e inundado sus dependencias de la planta baja».

El alcalde dictó un bando en el que rogaba a los vecinos que vivían en las inmediaciones del río que se trasladaran a zonas más altas del pueblo, pero la mayoría no le hizo caso. Más si cabe cuando, con las primeras horas de la tarde, «la tormenta amainó y cesó la lluvia». Un espejismo porque «con la noche, llegó la tragedia».

«Las aguas que durante todo el día habían descargado torrencialmente sobre la cuenca del río Amarguillo habían ido acumulándose en la antigua presa romana conocida como ‘Puente de Urda’», que terminó reventando.

«Hora y media más tarde, ya pasadas las nueve de la noche, las aguas, impetuosamente, arrastrando por delante una inmensa barrera de malezas, ramajes, árboles y aperos del campo, chocaban con la inmutable sillería de las pilastras del puente romano de ‘Los Gallegos’, forjándose, allí mismo, la primera barrera de contención para unas aguas que, desbordándose a un lado y otro del cauce del Amarguillo, habían de sorprender en su sueño a los incautos y confiados vecinos de Consuegra, desmoronando sus muchas casas de adobe».

El horror que se vivió entonces debió de ser indescriptible. El periodista Manuel Curros Enríquez, firmando con el pseudónimo de Sebastián Zurita, fue enviado a Consuegra por el periódico El País (no el de ahora) y contó el relato que le hizo un superviviente: «Poco a poco, la siniestra música del trueno, del viento y del agua fue adormeciendo mis sentidos y comenzaba a conciliar el sueño, cuando un crujido estrepitoso y prolongado de paredes que se desploman, de vigas que se rompen en astillas y muebles que saltan en fragmentos, me despertó despavorido y medio ahogado por el polvo».

«Al ruido que acababa de escuchar uniéronse bien pronto gritos de angustia, voces de ¡socorro! y acentos desesperados impetrando el favor divino. Quise saltar de la cama; pero en aquel momento, el tabique de mi habitación se desplomó sobre mí, hundiéndose bajo mis pies el pavimento y empujado como sobre un plano inclinado, me sentí descender violentamente...».

¿Dónde estaba la población?

A las siete de la mañana del 12 de septiembre, Luis Cantador y Rey convocó al pleno e hizo un primer balance del desastre: «De 78 vías públicas urbanizadas que teníamos, solo nos quedan 20; que de ocho mil y pico almas que sustentaba esta histórica villa, paréceme han quedado reducidas a poco más de 6.500, como de los 1.200 edificios con que contábamos, no tenemos seguramente 600». A continuación, el alcalde envió un telegrama a San Sebastián, donde se encontraba la reina regente María Cristina, informando de lo ocurrido y solicitando ayuda urgente.

En los primeros días después de la tragedia, el alcalde calculaba que había entre 1.500 y 2.000 muertos, aunque por fortuna la cifra real fue de 359.

Gabriel Briones fue el primer periodista en llegar a Consuegra después de las inundaciones. Su crónica, para los lectores de La Época, impresiona: «Cuando desembocamos en el que fue pueblo, una expresión de horror se reflejó en todos los semblantes. ¿Dónde estaba la población? ¿La formarían, quizás, los ciento y picos de casas que se veían en pie? El espectáculo no podía ser más horrible. Un enorme montón de escombros se extendía ante nuestra vista... Descendimos de los coches y salió a recibirnos una multitud desharrapada. En los ojos de los habitantes se retrataba el terror de que sus ánimos se hallaban poseídos;en sus cuerpos, ligeramente envueltos en algunas ropas cubiertas de lodo, reflejábanse la miseria, los sufrimientos tan hondos de los desgraciados habitantes del que fue Consuegra. Todos aquellos seres derramaban abundantes lágrimas».

Y entre tanta desgracia, también cupo algún milagro. Como por ejemplo el de los hermanos Moraleda Tendero, más conocidos como «los Carmonas». Una familia numerosa que vivía de la huerta y en la que la gallardía de la madre, de nombre Segunda, salvó la vida de sus siete hijos. Durante la tarde del 11 de septiembre, viendo la crecida del río, tomó la decisión de abandonar su casa y refugiarse en otra. «Los Carmonas» sobrevivieron al desastre y el destino les premió regalándoles otra vida. O la misma, pero más larga, ya que todos alcanzaron los noventa años.

Desde entonces, cada 11 de septiembre los balcones del Ayuntamiento de Consuegra lucen crespones negros en recuerdo de lo ocurrido en 1891. Hoy no será distinto.

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