Juan entrega una carta certificada en el Ayuntamiento de Mascaraque
Juan entrega una carta certificada en el Ayuntamiento de Mascaraque - Ana Pérez Herrera

El cartero siempre llama... más veces

Juan Ibáñez es uno de los carteros más veteranos de la provincia. Su vida son las cartas y su pasión, la agricultura

ToledoActualizado:

Juan Ibáñez Hernández conoce, con nombres y apellidos, a todos los vecinos de las localidades toledanas de Mascaraque y de Villaminaya, que suman 1.044 habitantes. Pero este mascaraqueño juega con ventaja. Es cartero, una profesión que desempeña desde los 24 años. Y no uno cualquiera, sino el segundo más veterano de la provincia. Tiene 62 años, pero aún no piensa en jubilarse.

En su domicilio se ubica la oficina de Correos de Mascaraque. Una hoja de papel pegada en una ventana informa del horario de atención al público, aunque reconoce que «está abierta a cualquier hora». «Hay vecinos que vienen solo el fin de semana al pueblo y cuando están aquí se acercan a recoger el correo», explica.

Esta aventura en la que Juan lleva embarcado 38 años comenzó en 1978. Juan era agricultor, pero la crisis le obligó a buscarse la vida. «Trabajaba en el campo, pero las cosas empezaron a ir mal. Entonces, decidí presentarme a la única plaza que salió para Correos, la aprobé y aquí estoy», relata. Pero el «gusanillo» de la agricultura aún no se le ha ido y reconoce que por las tardes, cuando termina su jornada laboral, realiza labores varias en el campo.

Dicen que los inicios nunca son fáciles, aunque para Juan simplemente fueron diferentes. «Cuando empecé en esta profesión, todos los días tenía que ir a recoger las sacas de correo a la estación del ferrocarril más cercana pero luego, con la llegada del AVE, todo esto cambió y ahora voy a la oficina de Correos de Mora, donde clasifico el correo y registro todo lo que se entrega bajo firma».

Juan echa una carta en el buzón
Juan echa una carta en el buzón- Ana Pérez Herrera

Cambios en la forma de recogida de la correspondencia como en la de entrega. Juan recuerda cómo antes una cartera de piel y un libro de firmas eran sus fieles compañeros de viaje; ahora lo son un carro y una PDA, una agenda electrónica. No obstante, su forma de repartir las cartas, a pie, sigue manteniendo vivo ese toque de nostalgia. «Son pueblos muy pequeños para ir en bicicleta o en moto. ¡Lo mejor para la salud es caminar!», exclama.

Pero si hay algo que no puede faltar en la rutina de Juan es un café matutino. Porque él madruga, y mucho. «Me levanto a las seis mañana, voy a Mora a recoger el correo, luego hago el reparto en Mascaraque y en Villaminaya, y cuando termino regreso a Mora». Veinticinco kilómetros diarios, aproximadamente, para repartir unas 600 misivas -la mayor parte del correo son recibos de banco, facturas de luz, agua y telefonía-, una veintena de cartas certificadasy unos cinco o seis paquetes. Pero Juan echa en falta algo: el envío de cartas manuscritas.

Y es que, según datos facilitados por Correos, el envío de misivas ha bajado en la provincia de Toledo un 35 por ciento en los últimos siete años (salvo un pequeño repunte que hubo en 2015), mientras que el de la paquetería ha subido un 20 por ciento. La empresa, según manifiesta Juan, ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos y dejar a un lado el reparto exclusivo de correo ordinario. El progresivo aumento de compras online ha abierto nuevas líneas de negocio que Correos ha sabido aprovechar con la creación de servicios exclusivos de correo exprés.

Siempre está ahí

La figura de Juan representa seguridad y confianza en los pueblos. Se lo cuentan casi todo. Sabe quién está enfermo, quién tiene problemas familiares o quién está a punto de mudarse de casa. Todo ello no es casualidad, sino fruto de un contacto diario. «Hacemos de enfermeros, de acompañantes, de amigos, padres, hijos… Es una relación muy humana», afirma.

Lleva treinta y ocho años escuchando «¡Ya me traes otra multa, Juan!» cuando los vecinos le tienen que firmar alguna carta certificada. Pero lo cierto es que las rúbricas no solo esconden malas noticias, también las hay buenas. Y es que a Juan aún le quedan muchas cartas por repartir y muchas puertas a las que llamar.