Hilera de coches de reparto y un motorista, parados en la calle de Sixto Ramón Parro, en el cruce con la del Cardenal Cisneros
Hilera de coches de reparto y un motorista, parados en la calle de Sixto Ramón Parro, en el cruce con la del Cardenal Cisneros - Manuel Moreno

Crónica de un atasco en el casco viejo de Toledo

La visita del presidente israelí provoca un sainete, con calles de la ciudad imperial colapsadas tras la orden de un guardia civil

ToledoActualizado:

Los repartidores que acuden a diario a la ciudad de Toledo van con la hora justa para hacer su trabajo dentro del casco histórico. Si las agujas del reloj señalan las once de la mañana y todavía están dentro de la parte vieja, se juegan una sanción económica.

Es verdad que el tráfico por las estrechas calles del recinto amurallado toledano siempre está salpicado de contratiempos, a veces enigmáticos. Una situación inesperada, por tanto, está a la orden del día cuando se circula por las históricas piedras.

Sin embargo, lo que han tenido que experimentar este miércoles alrededor de una treintena de repartidores, taxistas, vehículos particulares y un motorista ha rayado el sainete. Se podría resumir en dos palabras, pero mejor explicarlo pormenorizadamente, ya que internet lo aguanta todo.

Resulta que el presidente de Israel, Reuven Rivlin, se encontraba en la plaza del Ayuntamiento porque estaba de visita en la ciudad en un magnífico día otoñal y soleado. No estaba solo, claro; le rodeaban decenas de personas, con lo que la comitiva estaba formada también por otros tantos vehículos (cuentan que había hasta francotiradores en las murallas y muchísima vigilancia en el extrarradio).

A las 10:34 horas, ocho de esos automóviles, ordenados alfabéticamente, abandonaron el casco viejo por la salida más próxima a la catedral primada. Cuando comenzaron a bajar por la calle del Cardenal Cisneros en dirección a la calle Bajada del Barco, un agente del instituto armado advirtió a un repartidor que se detuviera en el cruce con la calle de Sixto Ramón Parro. «No se mueva hasta nueva orden», le espetó. Y el agente, uniformado, se marchó seguidamente en uno de los vehículos oficiales.

«Eche el vehículo hacia atrás; que ahora llegará un microbús y tiene que pasar», le dijo otro agente uniformado desde otro vehículo segundos más tarde, a pesar de que el espacio para maniobrar en la curva es muy, muy amplio (para un conductor habituado a las calles del casco viejo, por supuesto).

El repartidor, obediente, esperó dentro de su furgoneta. Detrás de él, pararon todos los vehículos a medida que llegaban, la mayoría furgonetas de reparto. En ese mismo cruce, la calle Sixto Ramón Parro se prolonga hacia la plaza de San Justo y es, igualmente, una vía de paso de vehículos. Ahí se detuvo también un taxi, cuyo conductor fue luego crucial para que la situación se resolviera.

Pasaban los minutos. Tras esa avalancha de casi una decena de vehículos oficiales, no pasó ningún otro automóvil de la comitiva, ni de la Policía Nacional, ni de la Guardia Civil ni de la Policía Local. Tampoco ningún agente transitó por el lugar para dar otras pautas distintas a la del guardia civil anónimo: «No se mueva hasta nueva orden».

Aburrido, el repartidor que cumplía la imposición de ese guardia civil salió de su furgoneta y se apoyó en una pared. Comenzó a desesperarse. Sus compañeros de profesión abandonaron también sus vehículos. «¿Qué pasa?», se preguntaban. Y los transeúntes, atónitos. Probablemente, alguno de los involucrados en el ajo empezó a cavilar dónde estaba la cámara oculta. El concejal Ignacio Jiménez (PP) también pasó por el lugar y saludó a un sacerdote que era testigo del despropósito. Luego el edil siguió su camino.

Cansados de esperar, algunos repartidores decidieron distribuir los paquetes y mercancías a mano, mientras que otros se lamentaban por su mala suerte. «Como den las once y nos vean aquí, seguro que nos multan», afirmaba uno. «¿Dónde está la Policía Local cuando se necesita?», se preguntaba el repartidor que había originado, involuntariamente, el atasco.

A las 10:54 horas, el taxista cogió su teléfono y llamó a la Policía Local para explicar lo que estaba sucediendo. Su interlocutor le respondió que enviaría al agente más cercano. Tres minutos más tarde, el taxista recibió una llamada de la Policía Local y escuchó órdenes: «Diga a los vehículos que circulen». El taxista cumplió con el mandato. «¡Me lo dice la Policía Local!», respondía a los incrédulos que le cuestionaban la orden. A las 10:59, el atasco se disolvió.