ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Rusia, mon amour

El poeta, profesor y traductor toledano Hilario Barrero envía un nuevo texto desde Nueva York, donde reside desde 1978

Coney Island
Coney Island - H.B.
POR HILARIO BARRERO - Actualizado: Guardado en:

Nueva York, como ya hemos señalado en otras ocasiones, es un «melting pot», un enorme puchero donde se guisan alimentos de diversos sabores, aderezados con especias exóticas y lejanas, cocinados con fuegos de más o menos intensidad. Pero lo que es una experiencia única e inolvidable, para bien o para mal, es adentrarse en el Nueva York donde apenas se habla inglés, donde te sientes extranjero y eres minoría, en un mundo al que no perteneces. Cerca del mar está «Little Odessa», rozando Coney Island, una península dominada por rusos que llegaron con el deshielo y trajeron con ellos, como siempre ha ocurrido, sus costumbres, su religión, su folklore, su idiosincrasia y su comercio. Entrar en una tienda en «Little Odessa» es como entrar en una tienda rusa, los carteles en ruso y el carácter agresivo y brusco tanto de los clientes como de los empleados. A veces, en algún comercio, algún joven, hijo de emigrantes, habla inglés y te puede ayudar a no comprar algo que puede ser venenoso. Desde tiendas de aspecto pueblerino y sucio hasta mercados con pretensiones capitalistas. A uno de ellos, llamado Gourmanoff, acuden las masas de Manhattan y algunas de Brooklyn a comprar caviar, que de ser una comida de reyes y nobles ha pasado a exquisitez proletaria que aquí se puede encontrar a mitad de precio. Uno cayó en la tentación de comprar una cajita diminuta de Kaluga (y sentirse campesino ruso perdido en el mar Caspio), salmón, pepinillos en vinagre (que son famosos), unas tostadas sin sal hechas en Lituania, una barra de chocolate hecha en Rusia (supimos que era chocolate porque vimos en una esquina la palabra cacao) y unas sardinas que parecían suelas de zapatillas sucias.

Para poder hacerlo y entendernos tuvimos que recurrir al vigilante, que era el único negro del mercado, un tiarrón de pelo al cero, mirada asesina, aires del Bronx y andares de matón (que resultó ser un cordero cuando le preguntamos si hablaba inglés). El viaje, después de caminar por el paseo marítimo donde viejos rusos jugaban a las cartas, fue como si hubiéramos ido a Rusia en un viaje relámpago. Entre estanterías con cientos de panes, cajas de tés, pescado salado, peces de plata, como sacados de un bodegón de Meléndez, frutos secos, un pasillo lleno de bombones en cajas con ilustraciones delirantes, jamón de España (que supimos que era España porque habían puesto al lado la palabra «Spain»), cientos de rusos viven mejor que en su país.

Una mayoría de viejos de aspecto hosco y gruesas y ariscas mujeres llenaban sus capachos, ayudados por la subvención del gobierno, con pedazos de su tierra y de su pasado. Entra tanta riqueza, tanto capitalismo, da pena pensar que para muchos fue inútil una revolución. En medio de tanto derroche la figura de un majestuoso retrato de Nicolás II servía de envoltura a una barra de pan hecha en USA.

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