ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

El desconocido fervor de Alejo Carpentier por Toledo y Cuenca

La pasión «tan intensa como poco conocida» del escritor cubano

El desconocido fervor de Alejo Carpentier por Toledo y Cuenca
Por Mari Luz González Canales - Actualizado: Guardado en:

El escritor cubano Alejo Carpentier, precursor del boom latinoamericano, autor de El siglo de las luces y la Consagración de la Primavera, Premio Miguel de Cervantes 1977, sintió una atracción por Toledo y Cuenca tan intensa como poco conocida. Asimismo, se sintió fascinado por el paisaje manchego, evocador de Don Quijote, personaje que en su opinión sólo pudo engendrarse en La Mancha, región de obligado recorrido para quien quisiera comprender esta obra universal.

Carpentier llegó por primera vez a Toledo en 1933 procedente de París, donde se encontraba exiliado, ejerciendo de corresponsal para varias revistas cubanas. Al año siguiente repitió visita a Toledo con ocasión de su viaje a Madrid, que efectuó invitado por García Lorca al estreno de Yerma en el Teatro Real. Y una vez más pisará Toledo en 1977, tras recibir el Premio Cervantes, cuyo importe donó íntegro al partido comunista cubano.

Desde París escribió una serie de artículos sobre la realidad española, donde Toledo se convierte en la gran meta de su peregrinación artística por la meseta castellana. En la Catedral Primada dice encontrar el clímax espiritual de la influencia jesuítica que se respira en todos los santuarios de España, cuya máxima expresión se concentraba para él en el Transparente, «uno de los arquetipos más hermosos de lo barroco que yo haya podido contemplar».

Toledo

Para Carpentier, «los hombres que fundaron Toledo tenían, sin saberlo, un formidable sentido de la escenografía. Cuando se ha atravesado, durante dos horas, el páramo desolado de la llanura castellana, y se divisa de pronto la mole de la ciudad, enclavada en su pedestal de roca, dominando la mansa curva que el Tajo dibuja a sus pies, se tiene la sensación de contemplar una visión de espejismo... Prestigiosa y adusta, la urbe imperial parece surgir de la noche de la leyenda, embellecida por el misterio de sus míticos orígenes...».

En su opinión, el hecho de que Toledo haya sabido permanecer ajena al «boom» turístico, la hace incomparable a ninguna otra ciudad museo europea, incluida Brujas: «(…) Una bendita falta de iniciativa ha conservado al ambiente su modorra secular. (…)».

De entre los lugares de Toledo, confiesa tener una especial predilección por la Catedral: «Su interior -afirma- es la viviente historia de todas las creencias y supersticiones católicas que distintas generaciones alentaron en España... Imaginad un extraordinario Bazar de la Fe, con artículos de todas calidades, para todos los gustos y pecados. En sus naves gigantescas, donde se entrechocan todos los estilos arquitectónicos posibles, se encuentran las mayores maravillas y los ridículos más enternecedores. (…)». Todo un compendio de testimonios humanos que le hacen exclamar: «¡Estamos en la antesala del milagro!».

Pero el auténtico prodigio de la Catedral, para Carpentier, es El Transparente: «La apoteosis del barroco europeo, que sitúa a la Primada al mismo nivel de San Pedro en Roma o de San Basilio en Moscú. A fuerza de desafiar todas las leyes elementales de la plástica, a fuerza de arbitrariedad, ese conjunto de esculturas, después de escandalizarnos, acaba por resultar casi bello por virtudes de un mal gusto que llega a lo épico…».

El entusiasmo de Carpentier por el arte barroco, germen del concepto de «lo real maravilloso» que él atribuye a la sorprendente realidad de Hispanoamerica, descubre la culminación de este estilo en la mezcla de aspectos antitéticos del Transparente toledano: una mezcla de lo serio y lo cómico, lo bello y lo feo, lo épico y lo insustancial, que dejarían huella en obras suyas como El Siglo de las Luces o El Concierto Barroco.

Hechizado por el «encanto y misterio» de la Casa del Greco, desde donde divisa a lo lejos «el reino embrujador de los cigarrales, con sus yerbas olorosas y sus olivos de cabellera de estaño...», Carpentier se lamentará con envidia de «no ser algún monstruo de las finanzas, algún rey del petróleo, para poder exclamar: ¡Toda mi fortuna por esta casa!».

Al hombre de la gran metrópoli le cuesta abandonar Toledo, «ese trozo de Europa donde casi no existe un reloj, donde todos los hombres parecen haber alcanzado la sabiduría perfecta de la renunciación». A su regreso, un año después, avisa a sus amigos de que desearía hundirse «por meses o años, en el silencio de esa ciudad que ejerce un invencible sortilegio», y tras lamentarse de pertenecer a una generación nacida para la acción, se pregunta: «¿Cuándo alquilaré una casa blanca en los cigarrales toledanos, una casa con un pozo y un árbol para descansar un poco de tanta civilización en bancarrota?».

Cuenca

Cuenca fue una ciudad soñada por Carpentier ya desde 1919, cuando tan solo contaba 15 años. La afición de su padre por Baroja le llevó a interesarse por la ciudad protagonista de La anónima, relato recogido en la novela Los recursos de la astucia, uno de los episodios de Memorias de un hombre de acción.

Carpentier visitó Cuenca en la primavera de 1935, y en una crónica dio cuenta de sus bellezas naturales, acompañando la misma con los dibujos de su compatriota y amigo Alfredo Lam, un pintor de ideales izquierdistas que vivió en Cuenca entre 1925 y 1927, y con quien el escritor compartió una trayectoria artística y política común.

Carpentier también llegó a Cuenca en tren desde París. Tras treinta y dos largas horas de viaje, lo primero que le impresionó de la ciudad fue su paisaje circundante: «Imaginad un enorme peñón de roca rodeado de precipicios que forman una réplica perfecta del Gran Cañón del Colorado». Y con una topografía tan sugestiva, se mostraba sorprendido de que «un pueblo así no aparezca en la literatura de un país».

Escribe que «la villa ha crecido a la buena de Dios sobre un peñasco, como una planta trepadora con ausencia de todo plano», y de ahí su encanto: «Veinte veces vuelve uno a perderse en ese dédalo, oliente a montañas, a flores y a pelo de asno». Carpentier se llevó un recuerdo inolvidable de los diez días soleados que pasó caminando «casi desnudo por los desiertos senderos» del agreste paisaje conquense.

En 1977 regresó a casa de su amigo Saura, en Cuenca, donde coincidió con Antonio López, Ramón Chao y muchos de los intelectuales del «boom» hispanoamericano invitados por aquel. Según Ramón Chao, el escritor aprovechó la ocasión para recuperar varios cuadros dejados allí por su incondicional amigo Alfredo Lam, de quien fue coleccionista, y para acercarse a Minglanilla, donde había luchado como miembro de la Brigada Lincoln junto a Wilfredo Lam.

A Carpentier se le humedecían los ojos recordando aquel pueblo inolvidable que había visitado durante el verano del 37 mientras formaba parte de la delegación cubana asistente al II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, celebrado en Valencia y en Madrid. El impacto de una sociedad dividida por la Guerra Civil le llevó a Carpentier a plasmar su visión atormentada en cuatro apasionadas crónicas que, con el título de «España bajo las bombas», mostró su conmoción ante los campos de batalla de Guadalajara y ante el coraje del pueblo de Minglanilla: «Si preguntáis a los ciento cincuenta escritores que asistieron a este congreso dónde sintieron, en España, su más intensa emoción -afirma Carpentier en su tercera crónica- todos os responderán sin vacilar: «¡En Minglanilla! (…) En ese pueblo blanco y ardiente, lleno de cal y de sol, donde nuestros nervios fueron vencidos, rotos, en guerra de emoción, por mujeres y niños…».

Jamás olvidó el escritor la conmovedora consigna pronunciada por una de aquellas enlutadas campesinas: «¡Defiéndannos, ustedes que saben escribir!…».

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