Canarias

La cubertería de plata que evitó el asesinato del obispo de Canarias

Un cura intentó acabar con la vida del obispo Rabadán mientras cenaba el Día de los Difuntos

Obispado de Canarias y Catedral de Santa Ana
Obispado de Canarias y Catedral de Santa Ana - GCV

Es uno de los mayores secretos de la Diócesis de Canarias. Se conocen pocos detalles. Se trata de intento de asesinato del Bartolomé García Jiménez, que la gente conoce por su tercer apellido en Canarias: Obispo Rabadán. Han pasado 350 años.

Fue en el año 1667. Y un cura, cuyo nombre hasta el momento permanece sin desvelarse, intentó acabar con su vida por celos, de acuerdo con la versión oficial. Celos producto del afecto que los canarios sentían por este prelado que impulsó la defensa de los más pobres nada más llegar a las islas. Un siniestro asunto de envidia.

Con los pobres, Rabadán era "el Padre de los Pobres". No se cortaba en poder orden. Geográficamente, la Diócesis de Canarias estaba integrada por las siete Islas que forman el Archipiélago. La capital diocesana con su Catedral y Cabildo estaba en Gran Canaria. Pero el Rabadán residió habitualmente en Tenerife a pesar de las peticiones de ubicarse en Las Palmas capital.

Por ejemplo: Al año siguiente del intento de asesinato, en 1668, prohibió a un convento de monjas ciertas devociones. Las monjas no obedecieron y las excomulgó. Apelaron a Roma, pero Rabadán ganó el recurso. Era criticado por los suyos, entre otras miserias, por no comprar cojines para las parroquias. En la judicatura, igualmente, protestaban porque siempre estaba defendiendo a los trabajadores que pedían aumentos de salarios.

Rabadán, natural de Andalucía, estuvo en Canarias como obispo entre 1665 y 1690. Dos años después de su llegada a las islas no podía creer que fuera objetivo de un intento de asesinato procedente de su entorno. Porque en la calle, la gente le quería. Impulsó el santuario mariano de la Virgen de la Candelaria, en Tenerife, y la veneración de la Virgen de Las Nieves en La Palma.

El delito contra Rabadán se cocinó en dependencias del Obispado de Canarias en Las Palmas capital. Fue el Día de los Difuntos de 1667 cuando Bartolomé García Jiménez se prestaba a cenar su plato preferido: huevos pasados por agua. Pero notó un sabor raro. Se quedó contrariado y, acto seguido, observó un detalle: su cucharilla de plata se había vuelto negra.

Inmediatamente, se sobrepuso e intentó expulsar lo que había comido. Pero ya era tarde. Su biógrafo, Juan García Jiménez, indica que al percibió que algo no cuadraba en el sabor "con la clara empedernida". Llamó al médico personal que hizo lo que pudo. Aplicar una serie de antídotos. Salvó la vida, pero tuvo molestias todo el resto de su vida.

Obviamente, la comida salió de la cocina. El jefe de cocina hizo las pesquisas y encontró que los huevos habían sido llenados con un corrosivo formado por cloro y mercurio. ¿Quién quiso matar al obispo de Canarias? Las notas de la época dicen que fue "un eclesiástico malvado, a quien por delitos tenía preso" la máxima autoridad religiosa de las islas. El cura represaliado, que ya estaba en prisión, logró que un sirviente colocara esos huevos en la cocina del Obispado. Nada de sabe tampoco del papel del sirviente.

El cura fue juzgado a una sentencia: Que se le estrechara su celda. Pero logró escaparse. Nunca se ha sabido con qué ayuda logró evadirse porque rompió la pared de su celda y escapó a Madrid, donde falleció tiempo después. El obispo Rabadán, por su parte, "padeció el resto de su vida grandes opresiones de corazón", de acuerdo con Viera y Clavijo.

Meses después, en 1668, debido a los achaques que padecía, presentó su renuncia, que después retira a petición de sus fieles que mandan cartas a Madrid y Roma. La cucharilla de plata era de los pocos lujos que tenía. Vivía en profunda humildad "dotado por Dios de tanta ciencia y sabiduría, no se fiaba de sí mismo, y consultaba siempre con teólogos y juristas doctos".

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