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Los que no hacemos nada Salvador Sostres

En mi club tenemos una magnífica piscina exterior y climatizada, ideal para nadar todo el año. Sin embargo la derecha, que las piscinas sólo las contempla para estar en remojo, está indignada con los nadadores, porque como dice Norberto, mi consocio más selecto, «nos estorban a los que no hacemos nada».

La Fiscal General del Estado pronunció ayer la enésima advertencia a los independentistas, que a su vez tramitaron la segunda ley de desconexión —la de la agencia tributaria catalana— en su infinita gesticulación vacía de presupuesto, de contenido y —sobretodo— de intención. Como dos amantes que ya no se quieren demasiado, Estado y Generalitat se llaman para decirse que no se dicen nada.

Unos y otros piensan en igual medida que la política no es para nadar y que es un extremismo intolerable molestar a los que no hacen nada. El Estado podría haber desarrollado alguna estrategia en Cataluña, en lugar de su absentismo flagrante; tal como Mas podría haber celebrado el referendo que prometió en lugar de aquella vergonzosa patochada participativa con que quiso engañar a los independentistas de buena fe.

El calor asfixiante de este septiembre insólito y el bucle político en el que estamos instalados resultan pegajosamente desmoralizantes. Los delitos del independentismo no llevan a ninguna parte, pero se repiten manifiesta y descaradamente; y sus consecuencias tardan tanto en llegar que es fácil pensar que van a acabar extraviándose en tan largo y tortuoso camino.

Si los separatistas cumplieran su hoja de ruta —que no lo van a hacer— y declararan la independencia el próximo verano, al ritmo de la justicia española, la sentencia condenatoria de Forcadell saldría cuando ya Cataluña no formara parte España, como una postal olvidada en algún buzón que llega al cabo de veinte años, con los besos de amor de aquella novia que no sobrevivió al final del verano. El Estado se limita acudir de público al espectáculo. Como le canta Víctor Manuel a la luna, «perdona que tenga dudas/ si solamente serás voyeur».

Puigdemont va a timar a la CUP prometiéndole otro referendo de independencia, y ante la imposibilidad —ya hoy conocida por todos— de celebrarlo, acabará convocando el próximo mes de julio unas elecciones otra vez plebiscitarias. Y otra vez vuelta a empezar, tal como en el conjunto de España volveremos a votar por Navidad.

Cualquier cosa, cualquiera, menos osar molestar a los que no hacen nada.

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