La investidura de Torra agrava la brecha del independentismo

El acto ha sido provinciano, de clan tribal, con la única presencia esposa, la niña y los primos

Salvador Sostres
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El presidente del Parlament, Roger Torrent, no sabía a las 10 de la mañana ni cómo, ni dónde, ni cuándo iba a tomar posesión del cargo el presidente Quim Torra. Otros relevantes cargos institucionales, que tampoco sabían nada, asistían atónitos a tanta improvisación y falta de respeto institucional.

El acto ha sido provinciano, de clan tribal, con la única presencia esposa, la niña y los primos. De hecho no hay ningún reglamento especial que defina el protocolo de la toma de posesión del presidente de la Generalitat de Cataluña. Basta que se reúnan el presidente del Parlament, el secretario del Govern -en este caso Víctor Cullell- y el interesado para que se haga efectiva. No estaba en la mano del Gobierno organizarlo ni decidir cómo tenía que producirse. Informado de cómo se llevaría a cabo, decidió excusar su presencia ppr considerarlo indigno.

El presidente Torra, que ya juró la Constitución cuando tomó posesión del acta de diputado, no la ha jurado en esta ocasión con el aval de una sentencia, de hace sólo unos meses, del Tribunal Superior de Justicia. A la luz de este acontecimiento, el PSOE pidió ayer cambiar la Ley para que sea preciso haya que jurar la Constitución para tomar posesión de cualquier alto cargo.

Mientras, en Berlín, Puigdemont maquina para ahogar al PDECat dejándolo sin ni una sola consejería en el nuevo Govern. Con el pretexto de restituir a los consellers cesados por la aplicación del artículo 155, pretende extinguir la representación y la fuerza de Marta Pascal en la Generalitat. Pascal, consciente de su falta de apoyos, y de ideas para conseguirlos, sopesa adelantarse a los que quieren convocar un congreso extraordinario del partido en julio, tomado la iniciativa de convocarlo y planteando ella misma su renuncia. Colocada ya como senadora, Pascal especula con proponer este congreso para el mes de marzo del año que viene, aunque no sabe si sus detractores le permitirán esperar tanto.

De todos modos, la idea de la restitución de los consellers cesados por el 155 topa con las ansias de poder de los valores emergentes de Junts per Cataluña. Elsa Artadi y Damià Calvet quieren ser de manera inminente consejeros de Presidencia y de Territorio, y presionan a Turull y a Rull -encarcelados- para que renuncien a serlo.

Por su parte, Esquerra quiere huir de la estrategia de bloqueo y confrontación de Puigdemont e intentará «gobernar en serio Cataluña, sin más circo». Los republicanos quieren nombrar a consejeros que no estén afectados por ningún proceso judicial y que puedan abrir una nueva etapa. Sólo Toni Comín, que desde que se fugó responde más a Puigdemont que a Junqueras, aunque su nombramiento fue propuesto por ERC, podría torcerles la estrategia de partido.

La CUP, que permitió la investidura de Torra con una abstención «por los pelos», ha mostrado ya su rechazo a los primeros movimientos del nuevo president, acusándolo de «autonomista» por querer reunirse con el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.

Sin ningún decoro institucional -precisamente por parte de quien tanto respeto reclama para las instituciones catalanas-, Quim Torra ha tomado posesión de su cargo de un modo pueblerino y vergonzante, despreciando al presidente del Parlament hasta el último instante, y marginando a Esquerra y a la cúpula dirigente del PDECat. Como siempre pasa acaba pasando con el independentismo, la guerra contra el Estado ha quedado aplazada hasta que acaben de rajarse entre ellos.

Salvador SostresSalvador SostresArticulista de OpiniónSalvador Sostres