Atletismo

La claudicación de Ruth Beitia

La campeona cántabra paga la resaca olímpica y queda última en la final de altura. La rusa Lasitskene consigue el oro

La claudicación de Ruth Beitia

Por inexorable que suene, el refrán castellano expresado a lo bruto no tiene vuelta de hoja. A cada cerdo le llega su San Martín. Dicho esto sin el tono revanchista con que generalmente se aplica, viene a expresar una realidad incuestionable: todo el mundo tiene una fecha de caducidad en cualquier actividad. Hubo un principio y siempre habrá un final. El epílogo probablemente llegó para Ruth Beitia, gloriosa señora del atletismo español, campeona olímpica y deportista de todo crédito. Apelativos y títulos que retratan a una luchadora que ayer claudicó en el Estadio Olímpico de Londres.

Decía la saltadora cántabra que su resaca olímpica la había triturado y que su pésimo año competitivo solo podía arreglarse con una final mundialista. Algo de esto se apreció en el concurso que abría la noche en la pista. Al contrario que en la jornada de clasificación, cuando se elevó en el último suspiro sobre 1,92 metros, Ruth fue de más a menos.

Atacó con firmeza el 1,84 (fácil) y el 1,88 (más apurado, pero también limpio) y se atascó en el 1,92. A partir de ahí, la progresión descendente selló su rendición. Casi pasa en el primer intento, tocó claramente en el segundo y derribó sin remisión en el tercero, ya sin la confianza de impulsar su cuerpo una vez más por encima de la expectativa. Beitia, que conquistó el oro en Río con 1,97, se quedó ayer en 1,88, última del concurso, puesto duodécimo.

Quizá era la modalidad con el pronóstico más claro y así se hizo oficial. La rusa Maria Lasitskene se había exhibido muy superior a todas sus adversarias y debía más obligación a la tensión de una final que a la técnica de su salto. Solo tuvo un desliz, al intentar el 1,99, en un concurso impecable que trató de coronar con 2,08 metros, a dos centímetros del récord del mundo de Kostadinova de 1987.

La gélida Lasitskene, ni un gesto en su figura inexpresiva durante toda la noche salvo para pedir silencio en su último asalto al 2,08, es la primera rusa que gana un oro en el Mundial. En Londres hay 19 atletas proscritos sin bandera por la sanción de dopaje a su país. No pueden lucir su emblema, ni vestir un chándal con los colores rojo, azul y blanco, ni siquiera pintarse las uñas.

La noche deparó otra sorpresa, la más temida por el público del Olímpico. Mo Farah, el campeón de los 10.000, el que no había perdido ninguna final de las últimas diez, cayó ante el etíope Mutkar Edris en una carrera electrizante que casi hace llorar a Farah, derrumbado sin consuelo sobre el tartán.

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