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Así es hoy el pueblo impresionista más famoso del mundo

La iglesia de localidad francesa de Auvers-sur-Oise, en la que vivió y se quitó la vida el pintor, amenaza ruina

Iglesia de Auvers-sur-Oise
Iglesia de Auvers-sur-Oise - @jfalonso
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Si Vincent van Gogh levantara la cabeza vería como la pequeña localidad en la que se quitó la vida enferma lentamente. En la mente de todos está la iglesia de Auvers-sur-Oise -a 30 kilómetros de París- que el genial pintor inmortalizó en 1890 poco antes de morir en una fiebre creativa que le llevó a realizar 60 lienzos en 70 días. Auvers-sur-Oise se encuentra situado en pleno corazón del apacible y pintoresco valle del Oise. Muchos artistas como Van Gogh, Cézanne, Corot y Daubigny, encontraron aquí su inspiración.

El pueblo sufrió el pasado otoño las inclemencias del tiempo destruyendo parte del techo de la iglesia y moviendo un pilar.

La alcaldesa del municipio, de 6.800 habitantes, piede ahora ayuda para hacer frente a los 600.000 euros que costaría la reparación del templo construido entre los siglos XII y XIII. «Tenemos una responsabilidad financiera desmesurada. Por eso nos estamos dirigiendo al mundo entero» explicó.

La tumba de Van Gogh, en Auvers
La tumba de Van Gogh, en Auvers- @jfalonso

La iglesia no es el único rincón que necesita ayuda. El camino hasta el cementerio así como el propio camposanto, donde reposan los restos de Vincent van Gogh y su hermano Theo, sufre filtraciones y carece de seguridad alguna. La ayuda aún no ha llegado y el tiempo apremia mientras esta joya se deteriora en el olvido.

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La vida corría como una bala en aquellos trenes que resoplaban en la Gare St. Lazare. En el vértigo de la era de los inventos, un grupo de pintores quiso atrapar el mundo que se les escurría entre los dedos con colores puros y trazos sueltos. Fogonazos de realidad que viajaban en un suspiro desde el Barrio Latino o desde cualquier callejuela de un pequeño pueblo hasta el lienzo. Los impresionistas quizá no sabían que estaban creando uno de los movimientos más populares de la historia. Algunos bastante tenían con sobrevivir. Durante años, lo consiguieron en el refugio recién descubierto de la campiña, a dos pasos (unos treinta kilómetros) de París.

El mundo gira aún más rápido hoy. Pero en Auvers, como entonces, se toma un respiro. Este pueblo abrazado por el agua del Oise es un remanso de paz, casi una fotocopia del que halló Daubigny, precursor de los impresionistas, cuando instaló aquí su «atelier» en 1860 (hoy museo, abierto al público en, cómo no, la «rue» que lleva su nombre). Desde la puerta de esa casa vemos con sus ojos, o con los de Cézanne, o con los de Van Gogh: viviendas unifamiliares de dos o tres plantas, el bosque en el horizonte, las calles silenciosas, el tintineo de las tazas de café, el campo color verde envidia.

El castillo de Auvers-sur-Oise, donde se ha construido un centro de interpretación del impresionismo, es una buena puerta para entrar en el valle. Durante casi dos horas se nos presenta esa época con un chaparrón de maquetas, audiovisuales, fotografías y reconstrucción de escenarios, por ejemplo el tren que llegaba del entonces lejano centro de la capital, o un café en el que suena el vaivén del cancán.

En Auvers se va el día a pinceladas, entre el castillo, la casa del doctor Gachet, y el «atelier» y el museo Daubigny. En las calles han tenido, además, la buena idea de instalar paneles con cuadros conocidos junto al paisaje original, lo que que ayuda a los visitantes a viajar un siglo atrás, a ponerse detrás del caballete, a caminar entre las silenciosas calles en busca de otro rincón que seguramente habrán visto alguna vez en un museo o en un catálogo. Y así, hasta regresar al centro, a la Place de la Mairie, en busca de la archifamosa casa en la que Van Gogh pasó sus últimos días.

A nuestra espalda está el Ayuntamiento, una fachada histórica tras «posar» para el genio incomprendido, y enfrente, el Auberge Ravoux, con su pequeño café en la planta baja y, arriba, el «mirocuarto» más famoso del mundo, dividido en dos zonas. En la primera, la soledad de una silla se torna una metáfora del hombre que no conseguía vender un cuadro, que se pegó un tiro; en la segunda, apenas cabe una cama individual, situada bajo el chorro de luz del techo abuhardillado. Aquí durmió setenta días, antes de morir, una época de frenesí creativo en la que pintó setenta cuadros, treinta dibujos y un grabado.

Las localidades más próximas al Sena y las del valle del Oise casi se tocan entre sí. Pontoise, donde vivía Pisarro, dista tres kilómetros de Auvers, por ejemplo. Esta proximidad explica la relación entre los impresionistas. «Cézanne me ha influido a mí en Pontoise, y yo a él –escribió Pisarro en 1895-. Hablan de lo curioso que es el parentesco que hay entre algunos paisajes creados por ambos. Pues claro. Estábamos siempre juntos, pero lo cierto es que cada cual conservaba la única cosa que cuenta, su sentimiento, eso sería fácil de demostrar». A la hora de recorrerlos, lo mejor es un coche, para acercanos a la casa-museo de Monet, en Argenteuil, o al museo de la Maison Fournaise, en Chatou, inmortaliza por Renoir en «El almuerzo de los barqueros», o quizá a Croissy-sur-Seine, en busca de los cuadros que recuerdan el café-baile de la Grenouillère. Quien lo prefiera, eso sí, puede conformarse con Auvers, el centro de operaciones del impresionismo.

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