Crítica

Florida Retiro: espacio de lujo, trabajo por delante

Tras una profunda reforma, conservando su cúpula y su fachada, reaparece ahora como Florida Retiro en una propuesta múltiple a través de diferentes espacios

Restaurante El Pabellón, en Florida Retiro
Restaurante El Pabellón, en Florida Retiro - F. R.

La recuperación de lo que durante tantos años fuera Florida Park en el Retiro es una buena noticia para Madrid. Inicialmente construido como pabellón de caza del Rey Fernando VII en 1814, este espacio había estado abandonado algún tiempo. Tras una profunda reforma, conservando su cúpula y su fachada, reaparece ahora como Florida Retiro en una propuesta múltiple a través de diferentes espacios decorados por Pascua Ortega: una sala de fiestas para espectáculos, que enlaza con el desaparecido Florida Park; una zona informal para tapas llamada La Galería; una terraza en la planta superior; los «Kioscos», con distintos puestos donde se pueden comprar para llevar desde croquetas y cucuruchos de pescado frito hasta charcutería o carnes al grill, pensado para los visitantes del parque; y el llamado El Pabellón, que es el restaurante a la carta, con grandes ventanales al Retiro, un espacio más formal con capacidad para unos cien comensales. Todo el conjunto resulta espectacular. Se ha hecho un gran trabajo sin duda alguna.

Pero de todos esos espacios el que nos interesa a nosotros es el restaurante a la carta que, como los demás, se ha encargado a un buen cocinero como es Joaquín Felipe. Le conocemos desde los tiempos de El Chaflán, y principalmente en su etapa en los hoteles Villa Real y Urban, donde se confirmó como uno de los grandes chefs de la capital. Perdido luego en otros proyectos menos interesantes, incluido su paso por Aspen, Joaquín recupera aquí su protagonismo como autor de una carta que, sobre el papel, resulta muy atractiva, pero que en la práctica no responde a lo que cabía esperar. Platos actuales, de base clásica, con buen producto pero que, en muchos casos, necesitan redondearse. Da la impresión de que el cocinero está algo desbordado por tantos frentes abiertos. Unan un servicio de sala amable pero bastante despistado, una coctelería demasiado «creativa» (un cóctel en campana de humo, además de no saber a otra cosa, no encaja en este espacio) y una carta de vinos con precios disparatados en bastantes casos. Muchos aspectos a revisar si se quiere hacer un restaurante de referencia.

Hay aciertos como las sardinas marinadas con cítricos sobre gazpacho verde (12 €), plato fresco e intenso, el carpaccio de vacuno aliñado como si fuera un vitello tonnato (18), o el bacalao con guiso de manzanas al curry (20). Sin embargo la muy recomendada tortilla glaseada de boletus y tuétano (14), servida en el propio hueso, llega a la mesa algo quemada; el arroz con pollo payés y verduras (14) tiene el grano demasiado entero y un pollo de muy escaso sabor; la carrillera de ibérico macerada en pimentón con encurtidos (15) resulta poco jugosa, y el pichón de Navaz asado con soja y miel sobre quinoa (24) es una buena pieza pero, en nuestro caso, demasiado hecha.

De los postres (todos a 7) está buena la tarta de queso pasiega, una revisión de la tradicional, lo mismo que el yogur artesano con espuma de frutos rojos, mientras que carece de interés la piña colada, un trozo entero de piña con poco sabor acompañado con gelatina de ron y espuma de coco. Hay aún bastante trabajo por delante.

Lo mejor: El espacio, en pleno Retiro.

Precio medio: 45 €.

Calificación: 5,5.

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