Madrid - Plan B

Una ruta de cañas por el medievo

La plaza de la Paja y la de los Carros fueron médula del Madrid de la Edad Media y hoy son el corazón más antiguo del barrio de La Latina

Vista general de la plaza de la Paja, con sus habituales y animadas terrazas
Vista general de la plaza de la Paja, con sus habituales y animadas terrazas - ISABEL PERMUY
Ángel Antonio Herrera Madrid - Actualizado: Guardado en: Plan B

La plaza de la Paja, y la plaza de los Carros, ambas vecinas, fueron médula del Madrid de la Edad Media, y hoy son el corazón más antiguo de La Latina, y de la ciudad entera. En la primera, el peatonaje de la zona, allá en el siglo XVI, entregaba paja a los capellanes de la capilla del Obispo, para sus mulas numerosas. La capilla del Obispo vive adosada al complejo parroquial de la iglesia de San Andrés, que es enclave de postal, como todo el entorno.

Hoy, ahí mismo, se desperezan algunas terrazas de farde, muy pululadas de la golfemia diurna o nocturna de la ciudad, que viene aquí de cañas, o de tapas. Han pasado cinco siglos por estas piedras, y hoy te ponen un cubata las camareras de piercing ante la fachada del Palacio de los Vargas, que conserva, aún, las piedras de su esqueletura principal, cuando esta zona era el zoco máximo de la villa.

La Plaza de Carros participó, en su día, de un mismo ajetreo, y de ahí le viene el nombre, porque los carruajes, de viajeros, o de mercancías, tenían aparcamiento en el sitio. La Plaza de la Paja cuidó un cinturón de palacios que aún hoy se mantienen a medias, una copa concéntrica de casas de linaje, cuyas fachadas aprovechaba anteayer el turisteo para hacerse retratos de ambiente y los de las series de la tele para ambientar los culebrones de época.

La Plaza de la Paja se cierra, al norte, con el jardín del Príncipe de Anglona, uno de los ejemplos escasísimos, en la ciudad, de jardín nobiliario del siglo XVIII. Encierra un prestigio de jardín oculto, casi clandestino, porque vive entre tapias, y a él se accede por una puerta breve y enrejada, como si entráramos a otro siglo, sigilosamente. Ambas plazas son dos mitades de un gozo único para el Madrid de la movida, que no se acaba. De modo que son hoy un cruce de fachadas museales y breves restaurantes de cava, vegetarianos en su mayoría. Eso, más las terrazas preceptivas. Dos son punteras: La Musa, y Delic. Luego está el restaurante «El Cosaco», de repertorio ruso.

La Plaza de Carros, además, incluye en su monumentalidad una fuente octogonal. Es, de algún modo, el centro de «La Latina», aunque no lo sea, según mapa. Las calles insólitas que desembocan en el sitio se avivan por estos días de magos rastafaris, músicos de ranchera sabiniana, tragasables de despiste y otras faunas del ocio de esquina, que aquí quedan entre aparecidos y folclóricos. Donde un día el peatonaje le ofrendaba la paja preceptiva a los capellanes, y al cabildo, de la Capilla del Obispo, para el sustento de las mulas, hoy las camareras de tatuaje te ponen un mojito en condiciones. De lo primero viene el nombre de esta plaza, Plaza de la Paja. De lo segundo, su prestigio del mejor «Madrid la nuit» a cualquier hora. Con prólogo o epílogo en la Plaza de los Carros, tan peatonal.

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