Manoubia Bouazizi (C) y sus hijas muestran carteles del joven Mohamed
Manoubia Bouazizi (C) y sus hijas muestran carteles del joven Mohamed - Afp
A siete años de la Primavera Árabe

La revolución persigue a la familia del «mártir» de Túnez

Los parientes del joven vendedor de frutas que encendió la revuelta se refugian en Canadá

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Decía el escritor mexicano Octavio Paz que el culto a la revolución es una de las expresiones de la desmesura moderna. Epítome de esperanza democrática en el mundo árabe, la Revolución de los Jazmines en Túnez se desató por el trágico gesto de un joven frutero proveniente de una familia humilde de la aún más humilde ciudad de Sidi Bouzid.

La agente municipal Fayda Hamdi le requisó sus frutas, su medio de supervivencia, y supuestamente le abofeteó; él, desesperado y humillado tras años de malvivir en la miseria, reaccionó quemándose a lo bonzo. Por ese instante, el joven Mohamed Bouazizi –aunque en realidad se llamaba Tarek– entró en la historia de las revoluciones al desatar un efecto mariposa descomunal que arrasó con toda una generación de viejos autócratas: Ben Ali (Túnez), Mubarak (Egipto), Gadafi (Libia)... Siete años después, la familia Bouazizi renuncia a la fama, se encuentra asilada en Canadá y solo quieren que les dejen en paz.

La dimensión que había alcanzado el gesto del «Che Guevara tunecino» –como lo bautizaron algunos medios– llevó a Ben Ali a visitar, con una pléyade de fotógrafos, al joven calcinado al hospital, donde murió el 4 de enero de 2011 a sus 26 años. Ben Ali se exilió en Arabia Saudí en medio de un estallido social.

En un universo paralelo al de lujo y ostentación del entorno del dictador, la familia Bouazizi había asumido que el desarrollo económico no iba a llegar a su localidad, encajonada entre montañas en el centro del país y dedicada a la agricultura y el contrabando con Libia. Si bien el joven Mohamed se convirtió pronto en un mito, cuando la economía empezó a hundirse y los nostálgicos de Ben Ali ganaron fuerza en la calle los rumores contra la familia se propagaron y, tras los chismes sobre su supuesto enriquecimiento gracias al dinero de los periodistas, llegaron las amenazas: el patriarca familiar llegó a dormir en el tejado para vigilar que no les quemaran la casa, según denunció una de las hermanas de Mohamed para el diario canadiense «La Presse». Del honor de ser la familia del mártir, los Bouazizi se vieron obligados a mudarse, primero a los suburbios de la capital, en vano, para más tarde huir del país donde se levantaron monumentos en nombre de su hijo.

Utilizados por los políticos

«Esto es paradójico: la revolución dio dignidad y mucha esperanza al pueblo, pero en su caso se han visto obligados a pedir el estatus de refugiados en Canadá», comenta Taïeb Moalla, periodista de origen tunecino y uno de los últimos en poder contactar con Leila (que ha declinado hablar con ABC), hermana de Mohamed y que consiguió el asilo en Quebec para poder estudiar y llevarse a su familia. Desde entonces, no quieren saber nada de periodistas. «La madre de la familia (Manoubia) ha sido víctima de varios ataques físicos», afirma Laura-Julie Perrault, periodista canadiense de «La Presse» y que ha seguido el rastro de la familia hasta que decidieron «desaparecer» del mundo. La historia de la familia Bouazizi, que gozan de las mismas ayudas sociales que cualquier ciudadano canadiense, no ha causado demasiado revuelo en Canadá –asegura Perrault–. «Casualmente, en Canadá también viven varios miembros de la familia Trabelsi (de la esposa de Ben Ali), pero tienen serios problemas con las autoridades porque quieren expulsarlos», agrega.

En los primeros meses de la revolución, periodistas y dirigentes políticos acudieron en tropel a la modesta casa de los Bouazizi para ofrecer sus condolencias y entrevistar a la familia del «mártir». «Era una choza, con un salón apenas iluminado, posiblemente no tenían ni electricidad», describe el traductor español Sergio Altuna, que ha sido profesor en la universidad tunecina de Jendouba y visitó a la familia en los días de la Revolución. «La mayoría de los partidos los exhibían como emblemas de la revolución para conectar con las bases y así alejarse del elitismo que caracterizó a los regímenes anteriores. Eran casi analfabetos, no hablaban francés -salvo una de las hermanas- ni árabe clásico, lo que denota que no fueron mucho a la escuela; no tenían apenas consciencia política ni social», añade Altuna. «A pesar de la escalofriante puesta en escena del Ben Ali visitando a Bouazizi en cuidados intensivos y convocando a los medios internacionales, no pude encontrar a nadie que me hablara mal de Mohamed. Era sagrado. Fue a los tres meses cuando empezaron a soltar rumores sobre su familia», cuenta Lydia Chabert, escritora francesa que se describe como la biógrafa de Mohamed tras varias semanas en su hogar.

La tensión contra los Bouazizi se hizo insoportable cuando se difundió que los padres del «mártir» habían aceptado varios miles de dólares de Ben Ali como «compensación» mientras este luchaba por agarrarse al poder. Para la biógrafa de Bouazizi, en cambio, esto forma parte de una puesta en escena de Ben Ali frente a las cámaras. «El presidente quería demostrar que estaba preocupado por el destino de sus “súbditos” y le dio dinero a la madre. ¡Pero la edición de vídeo no mostró que ella se negó!».

Después del joven frutero, otros tunecinos anónimos desesperados y humillados se han inmolado a lo bonzo: uno de los últimos fue el pasado octubre cuando el bedel de una Escuela de Ingeniería se suicidó en el interior del centro. Mártir o no, su nombre no pasará a la historia de Túnez.