El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante su ceremonia de investidura el pasado 20 de enero
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante su ceremonia de investidura el pasado 20 de enero - AFP

El primer mes de Trump en la Casa Blanca: cuatro semanas de enfrentamientos y meteduras de pata

En solo 31 días, el presidente estadounidense ha destruido buena parte del legado de Obama, se ha enfrentado a otras potencias internacionales y ha entablado una mala relación con los medios

MADRIDtrumpActualizado:

Este lunes, 20 de febrero, se cumple un mes desde que Donald Trump fuera investido como presidente de Estados Unidos. En apenas 31 días, el nuevo inquilino de la Casa Blanca ha demostrado que la polémica seguirá acompañándole durante su mandato y que está dispuesto a cumplir todo lo que prometió durante su controvertida campaña electoral. Ha ordenado construir —o más bien ampliar— el famoso muro con México; ha prohibido la entrada a miles de imigrantes musulmanes; se ha enfrentado a medios, tribunales y servicios de inteligencia; ha reiterado su admiración por Putin, mientras que, por otro lado, ha aumentado la tirantez con los líderes de China, México y Australia.

Comienzo premonitorio

El magante estadounidense llegó pisando fuerte y no le tembló el pulso a la hora de liquidar el «Obamacare», pocas horas después de tomar posesión. Se trataba de su primera orden ejecutiva, de solo una página. Simbolizaba el comienzo de un progresivo desmantelamiento del sistema de cobertura sanitaria apadrinado por su antecesor, Barack Obama. Mientras tanto, calles de todo el mundo se llenaban de manifestantes que tildaban al presidente de misógino y la polémica estallaba después de que su equipo acusase a los medios de trucar la foto que mostraba que la multitud que había ido a la ceremonia de investidura de Trump era mucho menor que la que había acudido a la de Obama en 2009.

Además, firmó el decreto en el que Estados Unidos abandonaba el Acuerdo Transpacífico. Una medida que, según explicó el dirigente, era beneficiosa para los trabajadores estadounidenses. La administración Obama negoció durante años las condiciones del pacto, un tratado de libre comercio que ahora tiene diez miembros: Brunei, Nueva Zelanda, Singapur, Australia, Canadá, Japón, Malasia, México, Perú, y Vietnam.

Trump también cumplió su palabra al aprobar la construcción del muro que separa a México de Estados Unidos, una de sus medidas para aumentar la seguridad nacional. La promesa había sido uno de los pilares de su campaña electoral. El mandatario estadounidense estimaba que se invertirán entre 10.000 y 12.000 millones de dólares, aunque el diario «The Washington Post» elevó la cifra a 25.000 millones. Y, como aseguró meses antes, pretendía que fueran los mexicanos quienes corrieran con los gastos. El presidente azteca, Enrique Peña Nieto, anuló su visita a Washington y que reiteró que su país no pagaría ningún muro.

Siguiendo la misma línea, firmó otra orden, esta vez para contener la inmigración procedente de siete países de mayoría musulmana: Siria, Irán, Sudán, Libia, Somalia, Yemen e Irak. Es su forma de combatir la amenaza del terrorismo islámico. Las protestas no se hicieron esperar y un tribunal federal bloqueó la medida.

Más allá de México

La tensión en el ámbito internacional no se reduce a sus relaciones con México. La primera conversación telefónica entre Trump y su homólogo australiano, Malcolm Turnbull, acabó de una forma que ninguno de los dos habrían deseado. El multimillonario estadounidense no estaba al corriente del pacto de acogida de refugiados sirios que el Ejecutivo australiano había acordado con Obama, pero en cuanto se enteró acusó a Turnbull de querer exportar «al próximo atacante de Boston». La conversación, que acabó de la manera más abrupta posible, fue califiacada por Trump como «la peor que había tenido, de lejos» con un líder internacional. En ese momento ya había hablado con otros cuatro.

Sus relaciones con China tampoco empazaron con buen pie: Trump hbía entablado conversaciones con Taiwán, un lugar al que Pekín no reconoce como país y que considera de su propiedad. En este caso, el mandatario norteamericano ha dado un paso hacia atrás y, de momento, ha dejado de lado su coqueteo con Taiwán.

Sin embargo, sus encontronazos no se reducen a otros países. Trump también tiene enemigos dentro de sus fronteras. El dirigente no ha logrado hacerse con las simpatías de los medios de comunicación, a los que ha acusado de «mentir» y de publicar «noticias falsas».

Debilidad por Rusia

En menos de un mes de gobierno, Trump se ha tenido que enfrentar a la primera baja en su administración. El asesor en seguridad nacional, el teniente general retirado Michael Flynn, dimitió después de que saliera a la luz que había mentido al vicepresidente, Mike Pence, y a otros altos cargos de la Casa Blanca acerca de una conversación que había mantenido con el embajador ruso, Sergey Kislyak. La información publicada por la prensa apuntaba a que el año pasado habló con el diplomático sobre las sanciones impuestas por Estados Unidos a Rusia, pero, sin embargo, lo ocultó.

Por su parte, el presidente estadounidense ya había mostrado una cierta admiración por el dirigente ruso, Vladimir Putin, durante su campaña. Además, el diario «The New York Times» reveló que otros miembros del equipo electoral de Trump habían mantenido contactos con el Kremlin y agentes de inteligencia rusa, algo que agravó la desconfianza y las sospechas de los servicios de inteligencia estadounidenses.

Tintes cómicos

Trump y su equipo de gobierno también han cometido erratas y meteduras de pata que han hecho las delicias de sus detractores. En la nota de prensa en que la Casa Blanca anunciaba la visita de la primera ministra británica, Theresa May, los redactores se olvidaron de la «h» de «Theresa», reduciendo el nombre a «Teresa». El fallo habría pasado desapercibido si no fuera porque Teresa May es, en realidad, el nombre artístico de una actriz porno.

En la noche del pasado sábado, durante un mitin en Florida, declaró: «Tenemos que proteger nuestro país. Mirad qué está pasando en Alemania, mirad lo que pasó anoche en Suecia, ¿quién podría imaginarlo?». Un comentario que ni los suecos ni el resto del mundo han comprendido, ya que el país escandinavo no sufre ataques terroristas desde hace años. Incluso, el ex primer ministro sueco Carl Bildt se llegó a preguntar: «¿Qué se ha fumado (Trump)?».