Macron, la semana pasada durante la entrega del premio Carlomagno
Macron, la semana pasada durante la entrega del premio Carlomagno - REUTERS
UN AÑO EN EL PODER

Macron, el presidente que ha despertado a una Francia en el diván

Ha acabado con el inmovilismo de sus predecesores, pero es pronto para saber si su proyecto triunfará

CORRESPONSAL EN PARÍSActualizado:

Se cumple el primer año de la presidencia de Emmanuel Macron, jefe del Estado desde el 14 de mayo de 2017. Doce meses en los que Macron ha consumado la «ruptura contra el inmovilismo de izquierda y derecha» prometida por Nicolas Sarkozy el 2007.

Sarkozy fue elegido presidente prometiendo romper contra el inmovilismo socialista de François Mitterrand y el inmovilismo conservador de Jacques Chirac. Pero su liderazgo no sacó a Francia de un letargo decadente. Hollande alcanzó el Elíseo prometiendo una «reforma tranquila» que no llegó nunca, dejando tras de sí un rosario de catástrofes: hundimiento del socialismo francés, emergencia de la extrema izquierda y de la extrema derecha populista, un Estado que no inspiraba confianza y parecía incapaz de cumplir sus compromisos europeos. Macron ganó las elecciones prometiendo una «revolución» (tranquila)… Doce meses después, esa revolución está «en marcha» (el nombre de su partido), a la espera de unos frutos todavía invisibles.

En el terreno económico, el actual ocupante del Elíseo ha comenzado a realizar muchas de las reformas prometidas, pero nunca realizadas por la derecha: la del mercado laboral, recorte del poder sindical, reforma de grandes empresas en crisis (SNCF, sistema nacional de ferrocarriles). Y está a la espera de otras reformas de gran calado: fiscalidad, pensiones, sistema nacional hospitalario, recorte del número de funcionarios.

En el terreno político, Macron consumó hace un año un cambio muy profundo del modelo político francés, modificando radicalmente todos sus pilares tradicionales. A la izquierda, el PS se hundió en la crisis más grave de su historia. La crisis del socialismo francés se inscribe en el ocaso aparente de los socialismos y socialdemocracias europeas. El reformismo de Macron aceleró la crisis de las familias socialistas moderadas.

A la derecha, la elección de Macron aceleró la desaparición de una o dos generaciones de líderes conservadores: Sarkozy, Fillon, Juppé abandonaron la escena política. Laurent Wauquiez, el nuevo líder de Los Republicanos, el partido de Sarkozy, todavía es percibido como un joven sin experiencia, de incierto futuro. A la extrema derecha, Marine Le Pen comenzó a hundirse en su fallido duelo audiovisual con Macron. El Frente Nacional atraviesa la crisis más grave de su historia.

A la extrema izquierda, Mélenchon aspira a «federar» a las izquierdas huérfanas del hundimiento del PS y el PCF. Proyecto rupturista que no termina de cuajar. Los «insumisos» de Mélenchon viven en un limbo muy alejado de la credibilidad política nacional.

Instalado en la cumbre inaccesible de un presidente «jupiterino», «cesarista», «absolutista», Macron tiene en su mano todos los poderes institucionales, parlamentarios, políticos y diplomáticos. Esa soledad olímpica tiene muchas ventajas y algunos inconvenientes. Macron no tiene oposición. Los partidos han sido derrotados. Los sindicatos están perdiendo su prueba de fuerza contra el jefe del Estado: ni las huelgas ni las manifestaciones consiguen «paralizar» Francia; y las reformas presidenciales tienen buena prensa. Es el rostro positivo, para él, de su «absolutismo posmoderno».

Todavía es pronto para saber si esa soledad absoluta, en el Elíseo, controlado con mano de hierro y guante de seda por Brigitte Macron, será finalmente positiva o negativa para el jefe del Estado.

Esperanza de Europa

La OCDE, la Comisión de la UE, saludan las ambiciones reformistas de Macron, esperando que terminen dando los resultados esperados, recortando la fiscalidad y creando empleo, riqueza.

Varios analistas alemanes han llegado a afirmar que Macron es la «esperanza última» de una Europa paralizada institucionalmente, balcanizada políticamente, donde la emergencia de la marea negra populista es percibida como una amenaza continental. Optimista, voluntarista, joven general bonapartista al frente de un «Ejército» en construcción, el joven presidente comienza a preparar nuevas batallas: un puesto en la Eurocámara para su partido, En Marcha; y el bastión de la alcaldía de París, que sus fieles esperan conquistar y ofrecer como trofeo de nuevas campañas.