Historia

«España le debe al Empecinado que su nombre vuelva a estar en el Congreso»

Ignacio Moratinos, descendiente en séptima generación, encarna al líder guerrillero de la Guerra de la Independencia en cada aniversario de su muerte

Ignacio Moratinos, descendiente del Empecinado, en una recreación de la ejecución en Roa
Ignacio Moratinos, descendiente del Empecinado, en una recreación de la ejecución en Roa - I.MORATINOS

«Los grilletes que yo rompo son de plástico», admite Ignacio Moratinos reconociendo que su fuerza no puede compararse con la de su antecesor Juan Martín «El Empecinado». Pocos podrían. El líder guerrillero durante la Guerra de la Independencia española fue un auténtico hércules. Solo así se explica que pese a los dos años de maltratos y vejaciones en prisión, antes de subir la escalera del cadalso diera «tan fuerte golpe con las manos que rompió las esposas». Así lo relató en sus memorias el que fuera alcalde de Roa, Gregorio González Arranz, y así lo intenta recrear en esta localidad burgalesa su sobrino tataranieto en el aniversario de su ejecución, el 19 de agosto de 1825.

Moratinos lleva 9 años encarnando al terror de los franceses en sus últimas horas, cuando entró preso en Roa para ser ahorcado en la plaza. Le hacía «ilusión» meterse en su pellejo. «Soy Empecinado de sangre y de corazón», dice este vallisoletano de 38 años, descendiente en séptima generación de Manuel, uno de los tres hermanos de Juan Martín. También él podría firmar como El Empecinado ya que Fernando VII concedió al líder guerrillero hacer «extensiva á sus sucesores la gracia de que usen el renombre de Empecinado».

Juan Martín convirtió este apodo con que eran conocidos los nacidos en Castrillo de Duero por el lodo negruzco, similar a la pecina, que se forma junto al río Botijas, en sinónimo de «obstinado, terco, o pertinaz» y en motivo de honra para su familia. «Ser descendiente del Empecinado siempre ha sido un orgullo», apunta su sobrino tataranieto.

El Empecinado tuvo cuatro hijos, pero fuera de su matrimonio con Catalina de la Fuente. Su descendencia más conocida fue la que quedó arraigada en la zona de Castrillo, la de su hermano Manuel. «En Castrillo, el 60% de sus habitantes son familia del Empecinado», continúa Moratinos añadiendo que «hay descendientes del Empecinado en Madrid, Barcelona, Valencia... y también fuera de España».

Un héroe olvidado

El empecinamiento de uno de ellos, Ignacio Moratinos, llevó a la fundación del Círculo Cultural Juan Martín El Empecinado en 1999 y al impulso que se le ha dado a la figura de este héroe nacional, «un tanto olvidada», a su juicio. «En aquel entonces ni tan siquiera en su pueblo, en Castrillo, había ni una estatua que lo recordase. Lo único que había era una placa en la casa donde nació, que se colocó en 1908, en el primer centenario de la Guerra de la Independencia. Nada más. Ahora tenemos una estatua que preside la plaza, un pequeño centro de interpretación… hemos ido consiguiendo cosas aunque yo sigo pensando que está un tanto en el olvido».

Lienzo atribuido a Goya.
Lienzo atribuido a Goya.- ABC

A Moratinos, que lleva 20 años investigando la historia de su antepasado, le hierve la sangre cuando se compara al Empecinado con un bandolero. «¡Que me digan a mí qué bandolero llegó a lo que llegó el Empecinado, a ser capitán general de los Ejércitos, con la Cruz Laureada de San Fernando entre otras condecoraciones!», exclama resaltando su importancia. Aún hoy el Grupo de Operaciones Especiales del Ejército de Tierra, al que se conoce como «los guerrilleros», «siguen utilizando la táctica guerrillera del Empecinado y de hecho, uno de los ejercicios de sus pruebas lleva su nombre», recuerda Moratinos.

«Si no hubiera sido por El Empecinado y los guerrilleros, casi seguro que la Guerra de la Independencia se habría perdido», subraya.

Las hazañas de este labrador vallisoletano contra los franceses lo convirtieron en una auténtica autoridad militar. «Célebre en toda España, altamente valorado por la Junta Central e imitado por no pocos jóvenes del momento, el Empecinado llegó a combatir para la Junta de Guadalajara, luchar sin denuedo en las tierras que hoy conforman Castilla-la Mancha, acercarse hasta Cataluña, entrar triunfal junto a Wellington en Madrid…», escribe el historiador Enrique Berzal de la Rosa en su libro sobre «El Empecinado» (Valladolid, Edical, 2008).

Pero Juan Martín, como otros muchos combatientes, no sólo luchaban contra el francés. «Eran antifranceses, pero no reaccionarios ni absolutistas», señala Berzal a ABC. El profesor de Historia Moderna de la Universidad de Valladolid subraya cómo su defensa de la Constitución de 1812, la Pepa, le enfrentó a Fernando VII, «tan ‘Deseado’ como dispuesto a erradicar cualquier atisbo de libertad constitucional».

La inquina de Fernando VII

Si ya su conocido compromiso con la Pepa le colocó en situación difícil, la carta antiabsolutista que firmó y entregó al Rey en persona en 1815 desató la enemistad del monarca que «a partir de ese momento, el objetivo de éste será atraerle cuanto antes a su causa o, de lo contrario, acabar con su vida», continúa el historiador.

«El Empecinado fue el cabeza de turco que se la entregó. Los liberales le utilizaron para hacerla llegar al Rey», interviene Moratinos.

La respuesta fernandina no se hizo esperar. El Empecinado fue desterrado a su tierra donde se vio obligado a volver a trabajar en sus tierras, pero «no se retira de forma plácida» sino que entre 1814 y 1820, el Empecinado siguió luchando, «recibiendo a conspiradores para derrocar a Fernando VII», relata Berzal.

El monarca aún intentó sobornar al exguerrillero ofreciéndole un millón de reales para armar y levantar hombres contra la Constitución a cambio de concederle el título de conde de Burgos. Vano intento que alimentó aún más el odio visceral de Fernando VII. La respuesta del Empecinado destilaba desprecio, según las supuestas frases textuales recogidas por Salustiano de Olózaga: «Diga Ud. al Rey que si no quería la Constitución, que no la hubiera jurado; que el Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a sus juramentos».

Por algo durante el Trienio liberal (1820-1823), Juan Martín «gobernó la plaza zamorana, combatió las acometidas de los absolutistas y organizó los primeros fastos comuneros en la localidad vallisoletana de Villalar. Incluso mandó buscar los huesos de Padilla, Bravo y Maldonado para honrar su figura» en el centenario de la mítica derrota.

Trabuco del Empecinado
Trabuco del Empecinado- ABC

La llamada «década ominosa» (1823-1833) dejó al Empecinado en el punto de mira de Fernando VII. Se encontraba en Extremadura, a un paso de Portugal, pero pidió regresar a su tierra. «Quiere volver porque allí tiene su vida y sus negocios y piensa que siendo un héroe de la independencia, no se llegará al extremo de condenarle a muerte», sostiene Berzal. Sin embargo, el 22 de noviembre de 1823 fue capturado por las fuerzas realistas en Olmos de Peñafiel, bajo la acusación de que su pasaporte de regreso era falso, y trasladado al Torreón de la Escuela de Roa, una especie de fortaleza que servía de presidio.

«Creo que él vino engañado, que estaba completamente convencido de que venía de forma legal» con el salvoconducto que después dijeron que era falso, defiende su descendiente explicando que además «venía desmoralizado». A juicio de Moratinos, «no quiso abandonar España, como otros liberales que emigraron al Reino Unido y luego volvieron. Él intentó pasar a Portugal, pero se arrepintió y volvió a España, pensando en que no le iba a pasar nada. Fue un error».

Humillación y muerte

El Empecinado pasó dos años en la prisión de Roa, sufriendo maltratos y vejaciones. La leyenda dice que era paseado por el pueblo en una jaula de hierro los días de mercado mientras los vecinos le increpaban y lanzaban excrementos e inmundicias.

Tanto su madre como su esposa, así como personalidades de la época, pidieron sin éxito su indulto. Su muerte era un asunto personal del Rey, como prueba una carta de mayo de 1824 en la que escribe: «Ya es tiempo de coger a Ballesteros y despachar al otro mundo a Chaleco y El Empecinado». A la inquina del monarca se sumaba además la del corregidor Domingo Fuentenebro. «La historia dice que ya durante la guerra de la Independencia habían estado enfrentados porque Fuentenebro era absolutista, como también Gregorio González Arranz, y el Empecinado, liberal», explica Moratinos.

El 10 de agosto de 1825, el Rey aprueba la sentencia que lo condena a la horca, degradando su grado militar. González Arranz narra en sus memorias que el Empecinado, exclamó al leerla: «¿Y Su Majestad el rey ha aprobado esa sentencia?... ¿Ahorcarme a mí, a mí? Que me maten... ¡bueno!... ¡Pero no de esa manera!... Pues qué, ¿no hay balas en España para fusilar a un general?... ¡Poco ha tenido Su Majestad presente mis sacrificios en la guerra contra Napoleón y los muchos enemigos franceses que han muerto a mis manos!...».

Berzal descubrió que uno de los confesores que le acompañó en los días previos a la ejecución encontró en su celda, debajo de la cama, «dos agujas corvadas» con las que el Empecinado pensó en suicidarse.

A las diez de la mañana del 19 de agosto, fue conducido al patíbulo en la plaza de Roa, montado en un jumento desorejado. Al pie del cadalso, el Empecinado «hizo un esfuerzo prodigioso y rompió las esposas de hierro que tenía en las manos», según la notificación del corregidor Vicente García Álvarez que informaba del cumplimiento de la sentencia.

Recreación en Roa
Recreación en Roa- I.MORATINOS

«Se tiró sobre el ayudante del batallón, para arrancarle la espada, que llegó a agarrar; pero no pudo quedarse con ella, porque el ayudante no se intimidó y supo resistir. Trató de escapar entonces en dirección a la Colegiata y se metió entre las rías de los soldados. La confusión fue terrible. Tocaban los tambores, corrían despavoridas las gentes sin armas, y las autoridades, los sacerdotes y el verdugo, se quedaron como paralizados», continuaba Gregorio González.

¿Muerto antes de ser ahorcado?

Su objetivo, según informó García Álvarez al gobernador, era «el de acogerse al Sagrado de la Colegial, o lograr en otro caso el que los mismos voluntarios le diesen la muerte y no sufrir la afrentosa de la horca», pero los soldados lograron reducirle. A Berzal no le parece creíble que lo cosieran a bayonetazos, dejándole sin vida antes de ser ahorcado, como se ha contado, puesto que Gregorio González insiste en que gritó «a los voluntarios realistas —que intentaban atravesarle con las bayonetas— que no le hiciesen daño» para ahorcarlo vivo y también García Álvarez dice que «le salieron vanos sus intentos pues sólo trataron de asegurarle».

Hicieron falta varios hombres para reducirle y una maroma para rodearle el cuerpo y subirle al patíbulo. García Álvarez dio la orden y el cuerpo del Empecinado quedó colgado con tal violencia que, según el testimonio de Gregorio González, «una de sus alpargatas salió despedida a más de doscientos pasos de lejos, por encima de las gentes. Y se quedó al momento tan negro como un carbón».

Por debajo de su cuerpo ahorcado se hizo pasar a los liberales que había en Roa como escarmiento antes de enterrarlo sin féretro en una fosa en el cementerio de Roa, cubierto «por treinta carros de piedras y tierra».

Extorsión a la familia

«Fue un ensañamiento total por parte del rey Fernando VII contra él, y luego contra su familia», critica Moratinos al recordar cómo todo cuanto tenía fue embargado y su familia se vio obligada a pagar todos los gastos que habían ocasionado sus dos años de presidio, «hasta la madera de la horca, el aguardiente y los bizcochos que se habían tomado los soldados que le habían estado haciendo guardia durante los años de presidio, hasta el aceite del candil que tuvo en prisión…». En total, 44.807,22 reales.

«Fernando VII dio todas las órdenes para que el Empecinado acabara muerto como un forajido» y después «ordenó destruir toda la documentación del proceso», añade Berzal. Hay quien cree que el rey llegó a indultarle a última hora, pero dada la inquina de Domingo Fuentenebro, éste adelantó la ejecución y Fernando VII habría ordenado destruir los papeles para que no saliera a la luz. También se ha dicho que no toda la documentación se perdió, que parte se quedó Salustiano Olózola, diputado liberal de la época y gran admirador del Empecinado. «Si es verdad que se quedó con ello no tenemos ni idea dónde fue a parar», dice el presidente del Círculo Cultural del Empecinado.

Su nombre, borrado del Congreso

Hubo que esperar a 1833 para que la imagen del Empecinado fuera restaurada públicamente. Sus restos fueron exhumados y conservados en la Colegiata de Roa para, en principio, ser depositados en un monumento que se iba a construir en la misma plaza donde se levantó la horca, pero acabaron en Burgos. «En aquel momento el ayuntamiento de Roa no tenía el dinero suficiente para acometer las obras y lo que hicieron en la capital fue aprovechar la situación y llevárselo. Hay dos actas del pleno del ayuntamiento de Roa protestando por ello. Incluso llega a decir una de ellas que están conformes con que el monumento se haga en la capital, pero no con que se lleven los restos de Roa», denuncia Moratinos, que lleva años reclamando que los restos del Empecinado sean trasladados a su pueblo natal.

Monumento en Burgos
Monumento en Burgos- WIKIPEDIA

El Círculo Cultural también pide que se reponga el nombre del Empecinado en el Congreso de los Diputados donde fue inscrito en 1837 junto a los de Riego, Manzanares, Miyar, Mariana Pineda y Torrijos. «En una de las reformas que se hizo en época franquista, dio "la casualidad" de que se quitó precisamente la placa del medallón donde estaba el Empecinado», explica Moratinos, para quien «la propia nación le debe, como un héroe de la libertad que fue, que su nombre vuelva a estar en el Congreso».

En el Museo del Ejército se conserva, entre otros objetos, el trabuco, el sable, el cuerno de la pólvora, un sello y las llaves de la urna donde están sus restos así como una copia del testamento «a la que le falta un trozo de papel con el que cuentan que se lió su último cigarro», añade Moratinos. Sus familiares encontraron estas pertenencias en la casa de labranza que posteriormente se convirtió en mesón y hoy se encuentra abandonada. La familia no guarda «nada de nada» del Empecinado, solo los relatos que han ido pasando de generación en generación.

«Siempre escuché en su casa natal, cuando iba a visitar a los tíos, lo bruto que era. En una ocasión, se enfadó con su padre y tal era el enfado que al salir de la casa, pegó un puñetazo a un burro en el corral y lo dejó en el sitio. Lo mató. Debía de ser muy fuerte», cuenta Moratinos. «Un hércules», como describiera Benito Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales.

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