Segundo Pérez - TRIBUNA

Significado humano de la peregrinación Segundo Pérez

Podemos decir que nuestra Catedral está siendo como la capilla penitencial de Europa

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Hacer una valoración de las diversas facetas del Año Jubilar de la Misericordia, desde esta ciudad de Santiago y habiendo acogido a multitud de peregrinos en su catedral, en este día en el que ya se ha superado ampliamente el número de peregrinos del Año Santo Compostelano de 2010, podemos decir que nuestra Catedral está siendo como la capilla penitencial de Europa. Hay hombres y mujeres que, siguiendo la llamada del Papa Francisco, han renovado su vida interior, han recobrado la alegría de la fe y vuelven a su vida ordinaria dispuestos a ser testigos de la Misericordia en sus familias y ambientes. Más allá de las fuentes de la gracia sacramental a la que tantas personas han acudido, tenemos como constancia de la búsqueda, de la comunicación de experiencias, en la pregunta por la verdad y la felicidad donde la persona expresa su ser peregrino y su vida como un camino y a veces duro reto para encontrar nuevas metas y propuestas para «seguir en camino» en las diversas facetas de la vida. El significado religioso de la peregrinación no es un añadido externo a la búsqueda antropológica, sino una búsqueda de lo absoluto, es decir de Dios. El hombre es peregrino no solo porque su vida es dinámica y pregunta continua, contraria a todo inmovilismo y, aunque sea inconscientemente manifiesta el sentido profundo de su vida desde sus orígenes hasta la última meta. En este sentido la persona es un ser religioso, incluso antes de pertenecer a esta o aquella fe o creencia, porque nadie renuncia a preguntarse por sí mismo y proyectar luz sobre el misterio de su vida, buscando la verdad y el bien que satisface y sacia el alma. Sobre este terreno, independientemente y antes de cualquier confesión religiosa, es donde fe y agnosticismo, y mismo ateísmo, pueden encontrarse y estrechar la mano, diríamos encontrarse y dialogar. Así lo entendió el Cardenal Martín: «La verdadera diferencia no está entre creyentes o no creyentes, si entre pensantes y no pensantes».

En cada hombre y mujer está inscrita una sed de verdad, podríamos decir una peregrinación interior que le lleva, de vez en cuando, a abrirse para preguntar por sí mismo, por la verdad, hacia dónde estoy caminando, etc. En estas cuestiones aparece el dinamismo religioso de la vida, como un río subterráneo y profundo que siempre nos acompaña. Provenimos de una realidad que nos supera y que no puede cerrarse en el horizonte terreno y material, ya que el ser humano es un camino abierto hacia una prospectiva más grande, hacia una realidad infinita que lo habita y que reflorece dentro de sí mismo bajo una forma de inquietud y de nostalgia de una meta infinita pero no imposible.

Es verdad que en la sociedad del progreso y del consumo puede que, sin quererlo, seamos traicionados y absorbidos por la ilusión de algunos paraísos artificiales, apagándose, al menos temporalmente el deseo de «ver» a Dios.

En este año de gracia, el Papa Francisco, nos ha invitado a permanecer en este camino de búsqueda y, de alguna forma, abrirnos al encuentro con Dios a través de los hermanos, especialmente los pobres. La fe, en definitiva, nace de este viaje de luz que introduce en la existencia humana como una «ventana de cara a Dios», que le lleva a descubrir que Dios mismo se ha puesto en camino hacia el hombre para liberarlo. Y el ser humano, visitado por el amor hecho carne le confiesa como fundamento y plenitud de la propia existencia.

El Papa Francisco nos ha querido descubrir, a los hombres y mujeres hoy, que en el rostro misericordioso de Cristo, Muerto y resucitado, encontramos nuestra verdadera imagen, ¡ojalá! la podamos entregar generosamente al mundo de hoy.

Segundo Pérez es deán de la Catedral de Santiago

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