Oti Rodríguez Marchante - Barcelona al Día

Rajoy y Puigdemont se hacen «la cobra» Oti Rodríguez Marchante

Por muchas vueltas que queramos darle a este paripé, no conviene confundir dos monólogos con un diálogo

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Aunque el asunto que realmente tiene consternado a todo el país -y en esto Cataluña es más España que ningún otro sitio, pues lo vivió en directo- es si Bisbal le hizo o no “la cobra” a Chenoa, algo de intriga melodramática a nuestra actualidad también aporta este tratamiento de “thriller” que Mariano Rajoy le ha dado a su inminente gabinete ministerial. Incluso el secesionismo de “a mí me la refanfinfla” se confiesa ansioso por conocer cómo se concreta la “clave catalana” del nuevo Gobierno para ponerse manos a la obra.

¿Manos a qué obra?, ¿a negociar las posibles mejoras de financiación, de sanidad, de infraestructuras, de modelo constitucional…? Sí, hombre, hasta aquí hemos llegado para ponernos a hablar de mejoras… Puigdemont ya ha confesado su expectación ante los nuevos tiempos políticos para, inmediatamente, pedir cita con el presidente del Gobierno para exigirle fecha, forma y contenido al referéndum de independencia. Y ahí tenemos las ganas de “diálogo” de la Generalitat y la escasa predisposición al “diálogo” del Gobierno de España.

Por muchas vueltas que queramos darle a este paripé, no conviene confundir dos monólogos con un diálogo, y por eso, la osadía de Albert Rivera de proponerse como interlocutor entre Cataluña y Madrid, y explorar sus capacidades de negociación con Mariano Rajoy sobre mejoras, avances y políticas ventajosas para los catalanes (o sea, los catalanes, los que viven y trabajan y estudian en Cataluña) sería una grandísima noticia para una tierra y unos terrícolas que probablemente están deseosos de recuperar su proverbial y tradicional sensatez.

Naturalmente, ni Puigdemont ni todo el entramado hirviente del “proceso” van a consentir que Albert Rivera haga el trabajo que ellos no van a hacer, entre otras cosas porque no les interesa que sus planes, por estériles y rocambolescos que sean, corran el peligro de que Cataluña avance dentro de España y sus ciudadanos progresen, se sientan importantes y colaboren con entusiasmo a un mejor futuro junto al resto de los españoles.

En general, se sabe que el secesionismo catalán, sus nombres más propios (y me refiero a la etapa prerrufianesca, porque ahora es material de derribo) no andan precisamente sobrados de inteligencia ni astucia, pero también se sabe que tontos no son, y que prefieren una Cataluña con esclerosis múltiples dentro de una España cabreada que activa y libre en una España solidaria. Pero harán lo que les dejemos hacer.

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