Rafael del Cerro Malagón - VIVIR TOLEDO. 80 AÑOS DESPUÉS

Algunas huellas de la Guerra Civil en Toledo Rafael del Cerro Malagón

Con el simple deambular por las calles todavía se advierten cicatrices de aquel bélico verano de 1936 en puertas, puentes y edificios de la ciudad

Impactos de proyectiles en el Hospital de Santa Cruz en 2016
Impactos de proyectiles en el Hospital de Santa Cruz en 2016 - RAFAEL DEL CERRO
POR RAFAEL DEL CERRO MALAGÓN - @abc_toledo Toledo - Actualizado: Guardado en:
En el verano de 1936 las armas saltaron al escenario de la vida española para ser empuñadas por un amplio elenco de actores que cambiaron el guion constitucional el sábado 18 de julio. El teatro ardió de inmediato y la tragedia alcanzó igualmente al resto del respetable que ocupaba toda la sala. Unos salieron milagrosamente indemnes del derrumbe, otros malheridos y muchos trasladados por las asistencias directamente a las fosas o a la cárcel hasta depurar su responsabilidad en el suceso. Aunque se planificó la reconstrucción física del edificio patrio, aquella desdicha colectiva dejó profundas huellas en el ánimo de todos.

En Toledo, con el Alcázar como epicentro, el estruendo de las armas y la dinamita reinaron a diario entre el 18 de julio y el 29 de septiembre del treinta y seis. El palacio carolino y numerosas casas cercanas quedaron reducidas a escombros, culminando su recuperación casi en 1970. También, a partir de 1940, se repararon o se transformaron totalmente otros enclaves destrozados ─total o parcialmente─, por el resto de la ciudad. Todavía, ochenta años después, se advierten diversas cicatrices de aquel bélico verano constatables en puertas, puentes y edificios varios de las que extraemos algunas muestras visibles en el simple deambular por las calles.

El martes 21 de julio, el coronel Moscardó afianzó la avanzadilla emplazada en Tavera, al mando del comandante Villalba, a fin de obstruir las fuerzas que enviase el Gobierno para sofocar la sedición, posición que resistió hasta el día siguiente. El 27 de septiembre, el mismo lugar vivió de nuevo el fuego cruzado, pero con los puestos permutados entre sí. Ahora eran las milicias republicanas las que intentaban contener ─sin éxito─, las columnas del general Varela que lograrían «despejar» totalmente el histórico Hospital. Tras la guerra, en 1950, concluía la rehabilitación del monumento y la plena reedificación de la cubierta piramidal de la capilla. No obstante, hoy perviven impactos de obuses y fusilería en el exterior del ábside y en el cimborrio octogonal, donde, además, en abril de 2016, se retiraron los restos de un artefacto allí existente.

Junto a Tavera, el Colegio de María Cristina, creado en 1897 para huérfanos de la Infantería, quedó destruido en 1936, dando paso su solar, a partir de 1979, a unas viviendas y a un hotel encajado en San Lázaro que borraban así unos paredones hechos jirones desde hacía más de cuarenta años. Sin embargo, en la vecina Plaza de Toros aún se atisban las huellas fusileras del asalto efectuado el 27 de septiembre por legionarios ─llegados desde Bargas por el barrio de San Antón─, para anular una unidad miliciana allí instalada con un pequeño depósito de municiones.

Gracias al testimonio gráfico, es posible observar los efectos que dejó la guerra en la plaza de la Magdalena, cuya reforma concluyó en 1952 con la reconstrucción del templo parroquial. En cambio, el vecino Casino mantuvo en pie su estructura a pesar de recibir una copiosa lluvia de metralla e impactos bien perceptibles en sus fachadas. No lejos, en las calles de Horno de los Bizcochos y Capuchinos, en 1969, se irían reedificando los solares ocasionados por el cerco del Alcázar, derribándose, en 2003, las últimas casas arruinadas junto a la iglesia de San Miguel. Sin embargo, en el eje Cervantes-Cabestreros, aún hoy, quedan vestigios del historicista edificio de Santiago ─dedicado hasta 1936 para servicios auxiliares de la Academia─, que fue derribado en 1945 para dar paso a nuevos jardines que, asimismo, sucedían al antiguo Picadero.

Impactos de fusilería en la fachada y rejas de la Plaza de Toros.
Impactos de fusilería en la fachada y rejas de la Plaza de Toros.

En 1969, desde Zocodover, todavía se avistaba el solar arruinado de la antigua Posada de la Sangre y la destruida manzana asomada a la calle de Cervantes que fue, en el siglo XVIII, la Casa de la Caridad, aplicada desde el XIX a pabellones varios y sede del Gobierno Militar. Aquí, hasta el 18 de septiembre de 1936, estuvo una posición avanzada de los alcazareños ante los cercanos republicanos parapetados en el Hospital de Santa Cruz. Fruto del cruce de disparos son las profusas muescas en las ventanas del hoy Museo y en el muro (quizá) romano de la citada calle. Destaca la concentración que salpica un hueco abierto en el lado derecho de la fachada donde, seguramente, las milicias habrían apostado alguna potente ametralladora.

Los libros de operaciones militares recogen la entrada en el Alcázar de las tropas rescatadoras de Varela el día 27 de septiembre, al anochecer. A media tarde, el teniente coronel Burillo, jefe de fuerzas republicanas, había marchado de Toledo por el puente de San Martín, quedando dentro todavía un grupo encabezado por Líster que luchó hasta el día 28. Al amanecer de esa jornada, legionarios y regulares acababan con focos de combatientes en los alrededores de Zocodover, el Palacio Arzobispal y el colegio de los Maristas. Milicianos apostados en el Seminario, resistirían veinticuatro horas más, coincidiendo con la llegada de Franco al Alcázar la mañana del martes 29.

El mismo día 28, desde la madrugada, civiles comprometidos, milicianos y fuerzas republicanas habían buscado las únicas salidas cruzando el Tajo y el puente de San Martín tras abandonar Correos, la Diputación y el Nuncio. En la puerta del Cambrón los legionarios abatieron a los últimos combatientes allí encastillados, quedando en precario la verticalidad de uno de los torreones por los efectos del incendio provocado. Años después, aquí se hizo una urgente reparación, predecesora de otras rehabilitaciones posteriores. En 2016, permanecen visibles las muescas de los postreros disparos que cerraban los primeros setenta días de lucha en las calles de Toledo, aunque todavía quedaban por delante dos años y medio de una guerra incivil que dejaría infinitas cicatrices en las vidas de cualquier superviviente.

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