Constantino Molina - OPINIÓN

Suicidios ejemplares Constantino Molina

POR CONSTANTINO MOLINA - Actualizado: Guardado en: España

Hay que ver con qué alegría hablábamos del suicidio hace unos días. En un lapso de tiempo de 48 horas los medios se hacían eco de la muerte del banquero Manuel Blesa, de la bloguera Mel Capitán y de Chester Bennington, cantante de la banda de rock Linkin Park. Los dos primeros fallecían tras dispararse con su propia arma de caza, el tercero tras ahorcarse en su chalet de California.

En los días posteriores, en pleno verano, mientras el aire olía a body milk y uno se tomaba un daikiri en la piscina, se podían leer en la prensa y escuchar en las tertulias las más variopintas opiniones sobre un tema tan estigmatizado como el del suicidio. Pero sólo fueron unos días y la cosa se esfumó como un espejismo propio de la reverberación de las altas temperaturas de julio sobre nuestras cabezas. Ahora todo ha vuelto a la normalidad, y cada lunes los medios nos siguen informando sobre la tasa de fallecidos por accidente de tráfico durante la semana, una media de 20, mientras que la de fallecidos por suicidio se esconde siendo cuatro veces superior a dicha cifra.

Sí, así es: en España se suicidan según cifras oficiales unas diez personas cada día. Mientras tú desayunas un Colacao Turbo sin grumos alguien mira al vacío desde un quinto. Mientras tú te comes tranquilamente tus lentejas alguien acaba de vaciar un bote de barbitúricos en su estómago. Y mientras tú te metes en la cama alguien les da las buenas noches a sus hijos y se coloca una soga alrededor del cuello.

Según los últimos datos del INE (Instituto Nacional de Estadística), correspondientes al año 2015, los fallecidos por suicidio en nuestro país fueron 3602, mientras que la cifra de víctimas mortales por accidentes de tráfico fue de 1880 personas. Si además tenemos en cuenta que en España muchas de las muertes violentas o accidentales pasan al Registro Civil sin esperar al resultado de la autopsia del correspondiente Instituto de Medicina Legal, podemos imaginar que el índice de muertes por voluntad propia es bastante mayor. Un estudio del Instituto de Medicina Legal de Sevilla revela que la tasa real de suicidios puede estar en torno a un 30% más arriba de lo indicado en el INE.

Si tan clamorosa es la cifra, ¿a qué se debe tan clamoroso silencio? Sin duda alguna, buena parte de ese silencio es debido al estigma de la enfermedad mental. Para el profano en la materia, que viene siendo casi la totalidad de la población, en la enfermedad mental todos son locos. Simplemente locos. Y los locos son seres peligrosos que en las películas de terror acuchillan a adolescentes con un gran porvenir. Otra de las causas de ese silencio puede ser nuestra herencia cristiana. Porque, no nos engañemos, España sigue siendo un país profundamente católico y todos llevamos el sentimiento de la culpa, del perdón, de la vergüenza y de la obediencia en nuestro ADN. Para un cristiano, únicamente Dios tiene derecho a decidir cuando vas a morir, y el homicidio, aunque el propio, es un pecado penado con las llamas del Infierno. Hay que ser obediente, ganarse el Cielo y no manchar a la familia con la vergüenza de unos sesos desparramados en la acera.

También puede que nos falte una relación más estrecha con la muerte. Una relación más sincera. Hay que llevarse bien con ella y, sin embargo, nuestra relación se basa en evitarla y rechazarla como al amigo plasta que se pone patéticamente metafísico con dos copas. La muerte es la medida de todas las cosas, ¿qué sentido tiene ponerse hecho una plañidera por cualquier mínima preocupación sin tener antes en cuenta la muerte? Ninguno. Y ojo, que no hablo de caer en un absurdo y desenfrenado carpe diem, sino de una actitud serena para con el hecho que puede ser, de manera paradójica, el más importante y extraño de nuestras vidas: nuestra propia muerte.

¿Qué hay de malo en elegir el momento de quitarse de en medio? Nada, absolutamente nada que objetar. Recuerdo aquí la sencilla y nada dramática nota de despedida dejada por alguien llamado John Thomas Doyle antes de saltar desde el Golden Gate Bridge en 1954: «Ninguna razón, excepto un dolor de muelas». Nada de dramas.

Pero pensemos en la incertidumbre sombría del que se asoma al abismo. Pensemos en su caída vertical hacia el vacío, en el peso de un cuerpo que se precipita hacia la oscuridad eterna, y en la absoluta soledad de ese momento en el que alguien cae y en el que arrepentirse ya no sirve de nada. Parece alta poesía todo ello, pero sólo hay una hostia contra el asfalto. Un hostia mortal y nada más.

¿Cuántos serán los que se han arrepentido un segundo antes de ese momento de estupor final? Puede que bastantes y es terrible pensarlo. Puede que alguno de los que hoy salten al vacío, mientras el noticiario nos habla de un tomate de 5 kilos recolectado en una huerta de Murcia y un helado de fresa se derrite en nuestras bocas, sólo necesite unas palabras para encontrar las alas. Algo no funciona del todo bien y el silencio es sólo silencio. Feliz verano.

Toda la actualidad en portada

comentarios