José Rosell Villasevil - SENCILLAMENTE CERVANTSE (XXIX)

En las garras del corso (XXIX) José Rosell Villasevil

Miguel llegaba al cautiverio a finales el mes de septiembre de 1575, muy próximo ya el día de su onomástica, en fatal coincidencia de confusión y pena

José Rosell Villasevil - @abc_es Toledo - Actualizado: Guardado en:

Qué feliz singladura en los días primeros con Céfiro en la popa y la buena armonía de una flotilla ágil hacia tierras amadas, hacia puerto seguro... Parece el inicio de un poema amoroso, pero no es otra cosa que la evocación dolorida de un cervantista, en torno a unos sucesos crueles que hubo de sufrir su ídolo por mandato del Destino; su admirado ingenio -¡Oh, Ingenioso hermano gemelo del señor de los Tristes!-, ignora confiado que se halla a unos pasos de la entrada al Calvario. Todo ello forma parte del noviciado preciso para acceder luego dignamente al difícil claustro la Inmortalidad.

Efectivamente, todo iba bien hasta que al llegar al Golfo de León, después de seis días de bonanza, les sorprenden dos grandes tempestades. La primera, les pone de un empujón en la isla de Córcega; la segunda, les devuelve de otro a las costas francesas, a la altura de Tolón. Pero lo más grave del caso radica en la dispersión de las naves de Don Sancho de Leiva, quedando nuestra «Sol» en solitario, desprotegida y a sus expensas. Pues (aparentemente) bien, serenado el tiempo y con aire a favor de nuevo, se recupera la marcha normal de crucero y, todos contentos, tratan de relajarse para el descanso nocturno. Las costas de España están cada vez más cercanas.

Mas, el vigía de popa, observa a la luz de la luna cómo un grupo de galeotas berberiscas les viene persiguiendo. Da el grito de «¡Al arma, bajeles corsarios a babor y a estribor!», y extienden todo el velamen posible, confiando en poder escapar; pero el viento ha amainado inoportuno y el abordaje se hace inevitable.

Nadie mejor que Miguel puede narrárnoslo: «En la galera Sol, que escurecía/mi ventura su luz, a pesar mío,/fue la pérdida de otros y la mía./Valor mostramos al principio y brío;/pero después, con la experiencia amarga,/conocimos ser todo desvarío./Sentí de ajeno yugo la gran carga...»

El 9 de noviembre del año siguiente, a petición de don Rodrigo, para el informe que prepara en torno al secuestro de sus hijos, declara uno de los testigos presenciales, el escribano de Valencia Antonio Marco: «que, viniendo de Italia en compañía de Rodrigo de Cervantes en una fragata, fue este testigo cautivo por los corsarios de Argel, donde cautivaron asimismo al dicho Rodrigo, e también dende a pocas horas cautivaron al Miguel de Cervantes, que iba en la galera del Sol y los llevaron a Argel...»

Es interesante la declaración que hacen los vecinos de Villamiel (Toledo), en enero de 1576, en respuesta al cuestionario de las Relaciones Topográficas de Felipe II: «(...) y la galera Sol de España, en que venía el dicho alférez (don Alonso) con un sobrino, por nombre Diego Vélez Ximénez, fue por la dicha tormenta, desbaratada de las otras y vuelta gran trecho atrás, y, acabada la tormenta, tornando donde las otras tres estaban, dieron en ella dos galeras de turcos (...),en la cual entrada dicho alférez hizo maravillas en armas en defensa de la fe católica y en servicio de S. M., y al fin fue muerto de los turcos, y el dicho Diego Vélez quedó muy mal herido...»

Llena de sano orgullo rememorar, que dos heroicos hijos del querido pueblo de Villamiel, se juegan la vida junto a Miguel de Cervantes, en defensa legítima de la Ley y la Libertad. «Con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre...»

Cuando el genio escribe tan hermosas palabras, ya había sufrido en propia persona la pérdida de ese tesoro. No totalmente, pues su voluntad fue irreductible.

Pero nadie podía ahorrarle la profunda tristeza y nos lo cuenta después en la célebre «Epístola a M. Vázquez»: «Cuando llegué vencido y vi la tierra/tan nombrada en el mundo que en su seno/tantos piratas cubre, acoge y cierra,/no pude al llanto detener el freno,/que a mi despecho, sin saber lo que era,/me vi el maltrecho rostro de agua lleno».

Miguel llegaba al cautiverio a finales el mes de septiembre de 1575, muy próximo ya el día de su onomástica, en fatal coincidencia de confusión y pena. No obstante San Miguel, el Arcángel, en la infinitud de su imaginaria consciencia, sonreiría diciendo: «¡Si supieras la luz infinita que te aguarda al final del camino!»

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