ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Antón Llamazares en la Fundación Antonio Pérez de Cuenca

Una exposición impactante

Antón Llamazares en la Fundación Antonio Pérez de Cuenca
POR JOSÉ ÁNGEL GARCÍA - Actualizado: Guardado en:

Hasta el 30 del entrante mes de octubre la Fundación Antonio Pérez de Cuenca alberga una impactante muestra del pintor gallego Antón Lamazares, uno de los grandes nombres, junto a Miquel Barceló, José María Sicilia o Víctor Mira, de la llamada generación de los 80, presente en espacios museísticos tan significativos como el Reina Sofía, el Centro Galego de Arte Contemporánea, el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid o el Marugame Hirai japonés

Los algo más de veintiséis metros cuadrados de verdes del monumental díptico «Eidos de Bama 23» (técnica mixta sobre madera, 523x500 cm. 1996) presiden, soberbios y rotundos, desde su privilegiada ubicación en la cabecera de la otrora iglesia del antiguo convento conquense de las Carmelitas Descalzas, hoy sala expositiva principal de la Fundación Antonio Pérez, esta exposición compuesta por tan sólo siete obras pero más que representativa de la producción desde mediados de los noventa del pasado siglo hasta prácticamente hoy –la realización más reciente, «Flor de San Bernardo 1», es de 2015– del poeta y pintor lalinense. Siete cuadros – entre ellos el políptico «Titania e Brao» que hace especial referencia a los paisajes castellanos –de también grandes dimensiones aunque sensiblemente menores que el ya reseñado, con el rojo y el negro como principales relevos tonales, donde con el cartón y la madera, tan caros a este artista, como soportes, la pintura industrial y el barniz– siempre el barniz tan esencial en su trayectoria –despliegan un universo donde materia y gesto, conflicto y aceptación configuran lo que, en a mi juicio espléndida calificación, denominara en su día Fernando Castro Flórez en las páginas del ABC Cultural, al hablar de los trabajos del artista gallego, como «territorios de la emoción», unos territorios de la emoción fruto de un hacer – también son palabras

de Castro Flórez – a la vez «lujoso y ascético».

Unos cuadros donde la radicalidad gestual de su autor se alía, sorprendentemente, con una actitud que podría calificarse de contemplativa en una sorprendente trabazón armónica nacida de la que en principio parecería contradictoria no sólo avenencia sino incluso colaboración de contrarios, en un ejercicio que participa, lo ha dicho el propio Lamazares, «de la emoción y la fuerza«, una emoción y una fuerza que deben ser equilibradas –he ahí quizá el misterio del milagro– por el artista «porque en eso consiste pintar un cuadro». Porque para Lamazares, sigamos citándole textualmente, «el pintor no es quien expresa su potencia sobre una superficie, sino quien consigue entablar una relación de conflicto y de respeto con el mundo que le rodea», una concepción nacida a la par del sentimiento y de la sabiduría ya que no hay que olvidar que, en contra de lo que a primera, apresurada y poco atenta visión quizá se pudiera pensar, el pintor gallego es, como bien precisara Francisco Cal

vo Serraller, «un artista mental y técnicamente muy complejo».

Un hacer esencialista

Así cabría decir que tras su expresionismo inicial, tras sus posteriores etapas informalista y abstracta, y sin olvidar su también en un momento dado deriva minimalista, la obra de Antón Lamazares, en la que lo local –¿cómo no detectar en el universo de verdes de «Eidos de Bama» el latir profundo del paisaje rural de su tierra natal?– se torna universal y en la que la emoción convive con la racionalidad, con la poesía, tanto en textos propios como ajenos (y buenos ejemplos de ello son en la propia muestra conquense realizaciones como «Oh sendero de caballos…» o la ya mencionada «Flor de San Bernardo») y con la insinuante y mistérica grafía del por él inventado Alfabeto Delfín para «conquistar un espacio poético de misterio y belleza» que amplíe su «mensaje estético y pictórico», esa obra, repito, se ha ido decantando en un decir, ya presente en realidad a lo largo de su trayectoria pero tal vez ahora más directo y notorio, que quizá habría que intentar describir si no como directamente religioso sí, desde luego, esencialista (en su sentido de defensor de valores y creencias esenciales) en el que razón y sensación se retan y complementan sobre esa armazón lírica sin la cual también el propio Lamazares ha mantenido siempre que no se podría comprender su trabajo. Ése es el Lamazares, el impactante Lamazares, que hasta finales de octubre sienta sus reales en la Antonio Pérez conquense en una muestra que nadie que tenga a su alcance el visitarla debería perderse.

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