Antonio Illán Illán - Crítica

Me gustan las patatas con tocino

El teatro del absurdo concita en Toledo más espectadores que cualquier otra obra de su programación

Antonio Illán Illán
TOLEDOActualizado:

La obra prototípica del teatro del absurdo, La cantante calva, no ha muerto nunca. Estrenado en el Théâtre de Noctambules en 1950, se representó después en el minúsculo y en apariencia desvencijado Théâtre de la Huchette, en pleno Barrio Latino de París, donde lleva en programación ininterrumpida la friolera de 61 años, desde el 16 de febrero de 1957. Pueden verla cada noche hasta noventa personas, excepto los domingos, en ese teatro parisino. Allí tuve la ocasión de admirar por primera vez una obra que me sigue encantando, sea cual sea su propuesta escénica.

En el auditorio del Palacio de Congresos El Greco, en Toledo, la obra de Ionesco, llevada a la escena por Pentación, ha concitado la presencia de unos 700 espectadores. Que el teatro del absurdo tenga tal poder de atracción no sé si es por su propia esencia o por el indiscutible tirón de un elenco de actores superconocidos por su presencia en televisión en formatos diversos de audiencia masiva. Sea como fuere, agradezcamos esta apuesta cultural que tiene mucho meollo, mucha enseñanza y mucha crítica a una sociedad palurda que se desmorona sumando incongruencias. Hoy, como hace sesenta años, también es muy válida la puesta en escena de La cantante calva.

Desde que se comienza a hablar con el famoso texto que dice: «¡Vaya, son las nueve! Hemos comido sopa, pescado, patatas con tocino y ensalada inglesa. Los niños han bebido agua inglesa. Hemos comido bien esta noche. Eso es porque vivimos en los suburbios de Londres y nos apellidamos Smith», hasta el final con el mismo texto como en un bucle vital que nunca acabara, todo es incongruencia de la lógica. El absurdo no es una degradación, es una clara intención del autor de construir un texto que desmonte los mecanismos y rutinas del lenguaje, reírse de su uso y abuso. Las palabras, en vez de desvelar y facilitar la comunicación, oscurecen y enturbian; y las personas dan la sensación de ser seres incomprendidos e incomprensibles. Y, partiendo del lenguaje, destruir las inercias y convencionalismos puestos en marcha cada día por el ser humano. Parece que pasa algo y no pasa nada, hablan pero como si no dialogasen. Por no haber no hay ni cantante ni calva. Lo que sí encontramos es una mezcla de angustia, de risa y de sinsentido para contar una verdad como un templo, de siempre y de ahora: la soledad del ser humano y la insignificancia de su existencia. Ahí están para encarnar esos conceptos dos parejas, una sirvienta algo exaltada y un bombero en busca de un fuego inexistente.

Al ser La cantante calva un texto poco cartesiano, el absurdo que se sirve en cada representación es abierto y cada compañía puede poner el punto sobre la i que más le convenga. Y no hay que olvidar que el teatro tiene un componente de diversión imprescindible.

La puesta en escena de Pentación es equilibrada, ni lenta ni rápida, sin exageraciones ni sobreactuaciones; es, digamos, la presentación de un absurdo contenido, construido sobre una versión muy canónica de Natalia Menéndez y una dirección de actores de Luis Luque que sí parece tener en cuenta ese viento de libertad que aporta el teatro de Ionesco y que permite escapar un poquito de los habituales códigos del género. Se busca la sonrisa y no la carcajada y lo logran.

En una escenografía con la frialdad propia de la soledad y muy adecuada al asunto de la obra (aunque no se aprecie bien el interior burgués inglés que acotaba el autor), los actores han resuelto su trabajo con contenida soltura, rota siempre por las intervenciones de la muy movida sirvienta y la presencia del bombero. Adriana Ozores, Joaquín Climent, Fernando Tejero, Helena Lanza, Carmen Ruiz y Javier Pereira (señora Smith, señor Smith, señor Martin, señora Martin, Mary –la sirvienta- y el capitán de los bomberos) han desarrollado un buen trabajo de gesto y texto.

Un elemento que aporta personalidad a la propuesta escénica de Luis Luque (guste a uno y no guste a otros) es la presencia de la música o de sonidos o de ruidos o de lo que sea, pero que ayuda a contextualizar lo absurdo de la acción sin acción y del texto sin sentido.

En suma, una acierto de Pentación el traer a la escena La cantante calva, una obra que nos acerca al meollo de una sociedad cada vez más incomunicada de tanta comunicación virtual como consume y en la que tanto se parlotea sin decir nada con sustancia.

El público asistente, muy numeroso, aplaudió con ganas al finalizar la representación.

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