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«La gran vía» de Cachivaches llena el Teatro de Rojas

Es una reescritura de un libreto que ahora se contextualiza a pasos de saltimbanqui desde la época de la república a la actualidad

TOLEDOActualizado:

«La gran vía», zarzuela de Félix Pérez González, con música de Federico Chueca y Joaquín Valverde fue estrenada en Madrid en 1886. El asunto tenía relación con una propuesta del departamento de arquitectos municipales de Madrid en sobre el proyecto de creación de una gran avenida que atravesase la ciudad de un extremo a otro. En el libreto original se trata de este asunto con alusiones a las calles madrileñas y los consabidos motivos comunes a los espectáculos del género zarzulero: caricaturas, sátiras contra la policía y las costumbres, etc. Chueca y Valverde compusieron la música con aires populares de efecto electrizante que llegaron en seguida a la gente y han perdurado en la conciencia colectiva hasta hoy.

«La gran vía» que nos ha ofrecido Cachivaches es una reescritura de un libreto que ahora se contextualiza a pasos de saltimbanqui desde la época de la república a la actualidad, con abundantes morcillas, venga a cuento o no, referidas a temas tan de actualidad, como el mismísimo personaje de moda: Puigdemont. La dramaturgia que nos ofrece José María López Ariza es muy deudora, salvando las abismales distancias existentes, de la imaginativa «¡Cómo está Madriz!» de Miguel del Arco, que se puso la temporada pasada en el teatro de la Zarzuela, que, lo mismo que hace Cachivaches, también añadió números de otra zarzuela, «El año pasado por agua».

López Ariza al hilo de la historia politiza algunas cuestiones de manera superficial, un tanto populista, sin entrar en la crítica mordaz; y no está mal ni sorprende esa politización, puesto que el género chico siempre la tuvo presente y en los tiempos que corren no andamos tan alejados de aquellos de Cánovas y Sagasta, en los que se compuso esta obra. Las alusiones fáciles a la actualidad, como las de Rato o Pujol en el número de «los ratas» no aportan gran cosa. Y retratar a Enrique Tierno como un frívolo, a Esperanza Aguirre como una borracha o lo de Mario Cabré y Ava Gadner, que no sé cómo calificar, quizá fue pasarse un poco, pues eso ni es crítica ni es caricatura como tal. Así como increíblemente fría quedó la escena del miliciano y la miliciana del Museo del Prado, que concluye con el conocido número de «pobre chica, la que tiene que servir».

En esta parte dramática el que mantiene el tipo es Mariano, el guardia urbano, que es el guía del espectáculo y quien va engarzado de aquella manera los números musicales que se suceden.

Si la historia carece de ritmo adecuado y los vacíos y tiempos muertos en el escenario son frecuentes, haciendo de lo teatral algo francamente mejorable, la magistral música de Chueca y Valverde siempre volvía a suscitar el entusiasmo en el suceder de los números, ya fueran de coro o de solistas. La música y sus intérpretes mantienen el espectáculo, aunque en muchas ocasiones no se entendieran las letras de lo que se estaba cantando, algo que es esencial, pues están llenas de chispa y de un gracejo especial. Y es muy interesantes esto de oír bien los textos, puesto que se han respetado los números musicales y buena parte de los textos originales, pero en cambio algunos se ha modificado para contextualizarlos al mundo que nos rodea.

En una escenografía de escenario vacío, con el solo elemento de unas proyecciones permanentes en el telón de fondo con imágenes repetitivas y poco variadas, el reparto canoro funciona mejor que el actoral o lo coreográfico.

En suma, hay que destacar positivamente que, en este primer espectáculo de la temporada, «La gran vía» de Cachivaches, el Teatro de Rojas haya completado el aforo. La propuesta era adecuada para un público muy determinado, que sí va al teatro a estas cosas, pero que difícilmente se le verá en propuestas más actuales.

Antonio Illán, escritor
Antonio Illán, escritor