Atsuko Takano en el Echevarría, Carlo María Barile en el del Emperador, Pablo Márquez en el Berdalonga y Juan José Montero en el del Sagrario
Atsuko Takano en el Echevarría, Carlo María Barile en el del Emperador, Pablo Márquez en el Berdalonga y Juan José Montero en el del Sagrario - IKO

Las batallas de órganos en la Catedral de Toledo siguen asombrando

Es la undécima edición que se celebra desde que se resucitase este género en el año de la conmemoración del Cuarto Centenario de la Muerte del Greco

TOLEDOActualizado:

El segundo concierto del Festival de Música El Greco en Toledo de la presente edición ha sido una nueva batalla de órganos en la Catedral de Toledo. Es la undécima que se celebra desde que se resucitase este género en el año de la conmemoración del Cuarto Centenario de la Muerte del Greco. Los tres órganos grandes: el del Emperador, el Berdalonga y el Echevarría, más los realejos y el del Sagrario conforman una masa musical que lo invade todo. Uno no sabe, cuando el del Emperador suena a toda pastilla, si son las trompetas de Apocalipsis o un Dios tronante y tonante que desde allá arriba nos mira con todo su poder y nos habla con voz de Dios. Luego los realejos y del Sagrario se convierten en bálsamo que suaviza y equilibra.

En los preliminares, tras las palabras de presentación de Juan José Montero, tomó la palabra, como viene siendo habitual, el deán de la Catedral, a quien da gusto oírlo hablar, que hiló un sabroso discurso sobre el poder de la música para ser interiorizada y sentir la emoción de Dios o la excelsitud de la belleza.

Y tras las palabras, el potente inicio con el «Tiento lleno de 2º tono» de Juan Bautista José Cabanilles (1644-1712). Atsuko Takano en el Echevarría, Carlo María Barile en el del Emperador, Pablo Márquez en el Berdalonga y Juan José Montero en el del Sagrario abrieron las puertas con sus dedos sobre las teclas para que las múltiples sonoridades invadiesen, como una turbamulta de visigodos, todos los rincones del inmenso templo toledano.

Las batallas de órganos, o mejor, como dijo el deán, los diálogos entre órganos, son así, conversaciones fuertes y bien argumentadas, coordinadas a distancia para que todo suene en consonancia y el equilibrio se mantenga. No hay enfrentamiento ni entre instrumentos ni entre los organistas que atacan los registros y los teclados de los históricos siete órganos toledanos que se utilizan de entre los diez que la catedral posee, lo que sí hay es un alto nivel de ejecución.

El resto de las obras de autor que se escucharon en el concierto fueron una moderna «Japanese miniature» de P. Márquez, un siempre agradecidísimo «Concierto en sol menor» de G. F. Haendel, cuya música siempre llega envuelta en esperanza y alegría, el «Concierto BWV 1058» de J. S. Bach, que forma parte de ese patrimonio inmaterial que habría que salvar si el mundo se destruyera, un «Tiento y Discurso de VI tono» de F. Correa de Arauxo y una «Batalla de VI tono» de J. Ximénez.

Entretejiéndose con las obras de autor, se ejecutaron cuatro improvisaciones (cinco, si contamos la propina), en donde el acto creativo del momento tiene la fuerza y la sensibilidad del mensaje que se quiere trasmitir y la capacidad de sorpresa que provoca lo que necesariamente se está escuchado por primera vez. He de decir que las improvisaciones, con mayor o menor intensidad, siempre me sorprenden y asombra. Potente fue la denominada «Entrada de Recaredo» por Carlo María Barile en el imponente órgano del Emperador; emocionante y sensitiva resultó la de Pablo Márquez en el Berdalonga sobre el «Milagro de la Virgen: Imposición de la casulla a San Ildefonso»; misteriosa y gratificante la realizada sobre el tema «La mesa de Salomón y el tesoro de Guarrazar» por Carlo María Barile y Juan José Montero; y muy agitada y pasional la dedicada a la «Batalla de Gudalete», en la que intervinieron los cuatro organistas.

Estas batallas de órganos concitan un público entregado que gusta de la originalidad de la propuesta y que se ha convertido en entusiasta difusor de algo que se inició como novedad y se ha convertido en tradición. Es lo que tiene la cultura esencial, frente a la de cartón piedra, que, si se sostiene en el tiempo, no solo gusta, sino que forma y educa la sensibilidad.

Los merecidos aplausos del público que colmaba el templo lo fueron de agradecimiento a los intérpretes y de expresión del deseo de que lo que se hace bien se mantenga y se aumente, se mejore y se extienda.