Pedro A. González Moreno - OPINIÓN

Aforados y otros despropósitos Pedro A. González Moreno

«De lo que padece el aforado ya se mofó Cervantes en una de sus más famosas novelas ejemplares: el síndrome del licenciado Vidriera»

POR PEDRO ANTONIO GONZÁLEZ MORENO - Actualizado: Guardado en:
El aforado es una singular especie ibérica que ramonea a sus anchas al abrigo del poder. O dicho de otro modo, el aforamiento es como una madriguera que sirve de refugio contra los hurones de los tribunales ordinarios de justicia.

Entre las acepciones que el diccionario recoge de la palabra «fuero» se encuentran las de «jurisdicción, poder. Cada uno de los privilegios o exenciones que se conceden a una provincia, ciudad o persona». Acepciones que son suficientes para comprender qué significa hoy en día el estatus de aforado. Antaño se concedían fueros a los reinos y a las ciudades, y aún hoy esa rancia costumbre feudal se sigue manteniendo con determinadas personas cuyos méritos sólo consisten en ostentar ciertos cargos relevantes. Es decir, en un bucle que parece retroalimentarse, se conceden privilegios a un cuerpo social que ya es, de por sí, privilegiado. Y entre esos privilegios está el de gozar de inmunidad judicial, una condición de la que disfrutan los parlamentarios y muchos otros cargos públicos.

Se trata, en definitiva, de poner las posaderas a salvo ante las acechanzas de la Justicia. Y para ello no hay nada mejor que un buen escaño o un lujoso asiento revestido de piel protectora, que ofrezcan el blindaje necesario para andar por la vida con las espaldas bien cubiertas. Pero el aforamiento corre el riesgo de convertirse también en una peligrosa salvaguarda, en una cápsula aislante bajo la que pueden ocultarse oscuras actividades delictivas.

Los aforados van y vienen orgullosos con sus maletines llenos de documentos donde quizás se acredita su condición de intocables. Son los representantes de una nueva clase que ha sabido reverdecer, para su propio provecho, los rancios privilegios de la nobleza feudal. Se trata de una especie muy prolífica, que se ha adaptado con gran habilidad al ecosistema político-administrativo, y en España se cuentan por miles el número de sus especímenes. Resulta sorprendente que siendo escasísimos en la mayoría de los países civilizados (hasta el punto de que aparece ya como una especie en vías de extinción), aquí su abundancia es tan escandalosa, que casi podría considerarse una plaga, una plaga que no ve amenazada su supervivencia debido a la ausencia de depredadores naturales (o de leyes) que regulen su expansión.

Por una inexplicable paradoja, se diría que el aforado, pese a ser poderoso por naturaleza, es una criatura frágil y desvalida que necesita de una protección constante; y de hecho muchos de ellos disponen de guardaespaldas a su servicio, que es otro privilegio imprescindible para que la especie sobreviva y goce de buena salud. El aforado viene a ser como el niño pequeño y mimado de la familia, ése al que siempre se le perdona todo y que, por muchas trastadas que haga, siempre se acaba librando del castigo.

Tal vez no fuera descabellado estudiar, desde el punto de vista freudiano, si lo que padece el aforado es un síndrome del que ya se mofó Cervantes en una de sus más famosas novelas ejemplares: el síndrome del licenciado Vidriera, o expresado de otro modo, el complejo de Tomás Rodaja: es decir, una criatura que a cada instante teme ser apedreado por los demás, porque su condición de vidrio le hace demasiado vulnerable a las pedradas ajenas. O ahondando más aún en las tripas de las dolencias psicoanalíticas, quizás fuera oportuno estudiar si el aforamiento no será una especie de prolongación de la placenta materna, una cápsula protectora que frente a los males del mundo, mantiene indemne al afectado entre el líquido amniótico de sus privilegios.

Pero de una u otra forma, el aforado arrastra ufanamente su caparazón quitinoso, mientras que el resto de los mortales caminan literalmente con el culo al aire, y expuestos a la intemperie de los juzgados. Y algo sucede en un país donde las cúpulas dirigentes (que son las que deberían actuar con mayor transparencia) han decidido blindarse, un blindaje que en algunos casos sólo sirve para camuflar ciertas conductas depravadas.

Siempre se ha dicho que la Justicia es igual para todos y nunca se ha desmentido lo suficiente semejante patraña, porque esa deidad –a la que no en vano se representa con los ojos vendados- suele ser fuerte e implacable con los débiles pero a menudo le tiemblan las ingles con los fuertes. Cuando la toga y el birrete, sobre todo en sus más altas instancias, se encuentran sometidos a los arbitrios del poder, entonces la balanza de la diosa ciega, tan humana sin embargo, tiende a inclinarse sospechosamente siempre hacia el mismo lado.

Es sabido que algunos poetas se aislaban en metafóricas torres de marfil para evitar los males contagiosos de la prosaica realidad cotidiana, y que los viejos combatientes urbanos se parapetaban tras las barricadas para luchar por unos ideales; pero estos nuevos protegidos, que jamás han escrito un verso ni han luchado por ninguna idea, se han enrocado en una burbuja de inmunidad y desde allí miran compasivamente a todos los pobres indefensos de la tierra.

Mientras tanto los otros, los que van por la calle sin armadura y sin guardaespaldas, los que se enfrentan inermes al kafkiano castillo de la realidad cotidiana, los que bíblicamente tienen hambre y sed de justicia, todos esos avanzan desprotegidos por el mundo y tal vez se preguntan de cuando en cuando, como aquel poeta gallego llamado Celso Emilio: «Hombre, que inventaste la lógica, / qué lógica es esta?».

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