Hastío ante el enésimo partido del siglo

El primer discurso de Torrent no sugirió una voluntad de retorno a la actitud insurreccional

David Gistau
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Desde primera hora, unos voluntarios de la ANC ataban lazos amarillos de plástico por toda la valla que circunda el parque de la Ciudadela. Parecía que el recinto parlamentario iba a quedar envuelto en papel de regalo. La elección de un color tan agresivo para los supersticiosos como el amarillo tal vez se deba a que los colores están ya todos tomados por las innumerables causas que se hicieron lacito desde que apareció el primero, que creo que fue el del sida.

En la avenida Luis Companys, la gente congregada para seguir a pie de verja este enésimo partido del siglo catalán era escasa y desabrida, reveladora de una pérdida de tensión militante. También era vieja en su media de edad, como si solo los jubilados hubieran dispuesto de tiempo que dedicar a hacer de atrezo humano en una jornada laborable en la que toda Barcelona estaba a lo suyo sin que pareciera importarle demasiado la sesión constitutiva. El parque estaba sellado por los mozos. Me pregunto cómo irá llevando el parque zoológico esta sucesión de momentos históricos en los que no puede abrir una de sus dos puertas por hallarse dentro del perímetro patriótico. Al pasar por delante, era posible escuchar graznidos exóticos y horrísonos que competían con los que a veces resuenan en los hemiciclos.

En la cola de ingreso había militantes con bufandas amarillas, de aspecto patotero, que recordaban las milicias de ediles con vara que no hace mucho escenificaron el asalto a la ley y la Constitución. Dentro, sin embargo, el ambiente era educado, y el palacio, precioso, pulido, aterciopelado, hay partes en las que parece un hotel habanero trasladado piedra a piedra.

Rull y Turull; Tip y Coll

Pasaron Rull y Turull, cada vez más fusionados como dúo estable, a lo Tip y Coll, y no recordé cuál de los dos era el flatulento, ni tampoco había olores indicativos. Dentro del hemiciclo había más lazos amarillos colocados en los escaños en representación de los ausentes.

Si alguien les hubiera agregado unos bracitos, podrían haber recordado los dibujos esquemáticos de una persona que hacen los niños pequeños. O unos índalos como los almerienses. Ser gobernados los catalanes por un índalo podría llegar a ser incluso más divertido que serlo por una proyección holográfica o por políticos instrumentales manejados como por un ventrílocuo fugado.

Al independentismo hay que reconocerle la capacidad de fabricar nuevos políticos de paja según se le van abrasando los anteriores. Puigdemont, en su aparición en la vida pública, fue también un hombre instrumental a quien solo habían encomendado llenar el espacio físico anteriormente ocupado por Mas. Pero Puigdemont cobró vida propia, se sintió ante la oportunidad de ser estatua de la patria y, ahora, embadurnado de exilio, le es llegado el momento de fabricar su propio pato Rockefeller: el nuevo presidente del parlamento, Roger Torrent, que recorre los pasillos poniendo cara de Ben Affleck pasado por la barba de tres días guardiolesca y a quien habrá que observar para averiguar si se conforma con ser la delegación de un ausente o si él también se disparata al sentir que solo con alargar la mano tocará posteridad.

Los encarcelados y los huidos son un recuerdo admonitorio que no tenían los anteriores. Tal vez por eso, su primer discurso, el de un activista de perfil duro, no lo olvidemos, no sugirió una voluntad de retorno a la actitud insurreccional. Evitó las referencias directas a la «república catalana».

Fingió tener una consideración transversal de su sociedad que no niega la existencia de catalanes no independentistas que no por ello son peores catalanes. Deslizó incluso conceptos como feminismo y justicia social que amplían el monotema obsesivo, fanático, que ha cohesionado hasta ahora a siglas políticas incompatibles en cualquier otra visión de la vida, la moral y la economía. Luego habrá que ver si se concede el derecho a quebrar la ley en función de una razón superior ideológica como hizo Forcadell. Y todavía ayer Ernest Maragall al conceder el voto delegado de los encarcelados ignorando las peticiones de Arrimadas de recapacitar como si le pareciera absurdo admitir que un reglamento puede impedir el cumplimiento de una necesidad táctica. Un poco más y también Maragall envía a Arrimadas de vuelta a Cádiz, como excrecencia charnega sin legitimidad dinástica. Cómo se apresuró, por cierto, Iceta en elogiar a Maragall con un tono servil que ni López Vázquez en «Atraco a las tres». Cómo dejó solos a los «constis».

El discurso de Maragall sí estuvo lleno de las escatologías mesiánicas que crepitaban en lo más ardiente de la sublevación. El Estado como un antagonista de guerra, el sentido patrimonial del independentismo respecto de la pertenencia a Cataluña: «Es nuestra». Se notaba que su presencia en el atril, debida solo a ser un hombre de 75 años que todavía no se ha jubilado ni fallecido, lo emborrachó de micrófono y no quiso desperdiciar sus quince minutos de Warhol limitándolos a una conducción ordenancista.

La incógnita de Puigdemont

Uno recorría los pasillos con la esperanza de que algún policía en uniforme de gala pudiera de pronto retirarse una careta, como en «Misión imposible», para revelarse Puigdemont. La incertidumbre acerca de su posible regreso seguirá, posiblemente hasta primavera, cuando se cumpla el plazo máximo para lograr la investidura. Mientras, los ausentes, tanto los encarcelados como los fugados, se han convertido para los indepes en héroes que irradian épica y sacrificio. Esto se percibía por el estruendo de los aplausos cada vez que eran llamados a votar por Maragall. Sobre todo Puigdemont y Junqueras, por quien votó Rovira, de igual forma que Turull -¿o Rull?, uno de los siameses- salió varias veces para votar en representación de los encarcelados.

El resultado, como ya es sabido, fue de 65 votos para Torrent y 56 para Espejo-Saavedra, de Ciudadanos, que no logró más porque le salió un voto en blanco imprevisto y contestatario que redujo la importancia de la neutralidad podemita, eterno escaqueo que lo va convirtiendo en un actor intrascendente. Resultó curioso que los indepentistas, en particular Torrent, plantearan la jornada constitutiva de ayer como una derrota del 155 y una recuperación de un parlamento profanado. Porque precisamente el 155 se impuso a sí mismo una caducidad operativa relacionada con la puesta a andar de una nueva legislatura.

No lo derrota nadie. No lo expulsa nadie. Dará por cumplido su cometido y, ahora que se ha descubierto hasta qué punto su aplicación no es tan catastrófica como se creía, permanecerá agazapado a la espera de por dónde respiran ahora estos insurrectos a los que aún no se les ha pasado la impresión del furgón celular. Arranca el parlamento con una extensión paralela, la jurídica, aquella donde aún habría de dilucidarse mediante juicio la carga penal de los índalos del golpe.

David GistauDavid GistauArticulista de OpiniónDavid Gistau